Presentación
Del escritor japonés Haruki Murakami (12 de enero de 1949) suele decirse que los japoneses lo consideran muy norteamericano y que estos lo califican, por supuesto muy japonés. Creemos, de entrada, que este texto (primera edición 1987 y Maxi Tusquets Editores. Bogotá 2025) y este novelista comparten las mejores características de oriente y de occidente, por lo cual se ha vuelto una figura contemporánea de la cultura universal. Muchos comentaristas caracterizan la obra como un texto propio de lo que le sucede a los adolescentes en su tránsito hacia la juventud y por ende, este proceso también está descrito y en parte analizado en “Tokio Blues”; pero además es una obra con un contexto histórico trascendental, una recreación de la mejor música, que muestra las influencias literarias occidentales en la formación de Murakami; los problemas de la salud mental hasta llegar al suicidio, el amor romántico y el erotismo, y la cultura gastronómica japonesa, más una serie de detalles de las mejores descripciones orientales acerca del paisaje y las emociones que este va produciendo en los seres humanos.
Haruki Murakami también ha escrito “Kafka en la orilla”, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “1Q84”, “La muerte del comendador”, “Música solo música”, “De que hablo, cuando hablo de escribir”, “De que hablo cuando hablo de correr”, “La ciudad y sus muros inciertos” y “Retratos del jazz”. En este artículo nos proponemos reseñar solamente la novela “Tokio Blues” aunque se hagan algunas referencias a otros escritos suyos.
Murakami el melómano.
Personajes como Watanabe, Naoko, “Tropa-de-Asalto”, Kizuki, Midori y Hatsumi conversan casi acerca de todo, principalmente de la vida cotidiana; pero también escuchan mucha música, como se verá.
El joven Watanabe es el personaje principal, un estudiante de teatro que en ocasiones trabaja como ayudante en una tienda de discos en Shinjuko (p.51, p.87, p.219 y p.259), lo que es perfectamente coincidente cuando se dice en las noticias biográficas del autor, que estuvo a cargo de un bar de jazz y de blues en Tokio, justamente antes de iniciarse como escritor profesional, lo que realizó cuando abandonó este oficio y se fue a vivir a las islas griegas Mykonos y Spetses a finales de 1980; donde evocaría el paisaje de las islas japonesas Symi y Kastelorizo para redactar su gran novela “Tokio Blues”.
Esta obra inicia con Wood de los Beatles y a lo largo del texto demuestra su admiración por esta banda, escuchando igualmente Here Comes the Sun; pues él pertenece como veremos a esta generación amante del rock, del blues y del jazz; herederos justamente del “Festival de Woodstock” (15 al 18 de agosto de 1969). Esta condición de melómano la va desplegar en el discurrir de la novela, en la cual se van a registrar una serie de piezas contemporáneas y clásicas. En ese contexto nos invitará a escuchar la pieza Michele, el cantante Billy Joel, el álbum Sargent Peppers Lonely y Hearst Club Band.
También se menciona Waltz for Debbie de Bill Evans (p.55), la que según palabras del personaje Watanaba le produce esta bella sensación: “La luz de la luna parecía temblar al compás de la música” (p.147), mostrando en muchas ocasiones su devoción por este maestro del jazz. Igualmente nos hablará de sus sesiones personales y grupales escuchando Dear Heart de Henry Mancini, Jim Morrison, Miles Davis; canciones de folk como Lemon Tree, Puff El Dragón Mágico, Fore Hundred Miles, Where Have All the Flowers Gomes, Michael y Row the Boat Ashore (p.104).
Igual que escucha al director Leonard Bernstein, se refiere a Marvin Gaye, los Bee Gees y Bossa Nova. Desafinado de Carlos Jobim, Garota de Ipanema, Burt Bacharatch, Tony Bennett, Jumpin Jack Flash de los Rolling Stones, Ornette Coleman, Bud Powell, Norwegiam Wood, Kind of Blue, Upm on the Roof de The Drifters. Todo lo que nos da a entender el gran universo musical que abarca su oído.
Como se puede apreciar su ambiente musical es muy norteamericano y muy europeo; es decir, perteneciente a la cultura occidental. En la novela aparece la Cuarta Sinfonía y el Segundo Concierto para piano de Brahms, Gustav Mahler, y su amiga Reiko da clases de piano a los médicos en el sanatorio y toca la guitarra, escuchan Fugas de Bach, Suite y una Invención, Ejercicios de Beyer, Sonatinas, conciertos de Mozart, Scarlatti, Pround Mary White Room de Cream, Scarboronugh Fair de Simon and Garfunkel, Honeysuckle Rose, un concierto para piano y orquesta de Thelonious Monk, Ravel y Debussy,
Pero, además, esta experiencia y otras posteriores como melómano lo llevaron escribir “Música, solo música” (Tusquets. 2020) en la cual conversa con su amigo Seiji Ozawa, antiguo director de la Boston Symphony Orchesta sobre Brahms, Beethoven, Bartók, Bernstein y Glenn Gould.
Justamente en su última obra “Retrataos del jazz” (Tusquets Editores. Bogotá. 2025) realiza el perfil de 65 músicos del jazz demostrando su admiración y su conocimiento del género y además agregando en su epílogo toda una discografía como banda sonora del texto.
El escritor y su personaje principal tienen una bella y profunda perspectiva como melómanos, la que declaran en la siguiente frase para referirse a los músicos y cantantes que suelen escuchar: “Ellos debían muy bien conocer la soledad y la dulzura humana” (p.375); ya que en la novela abundan momentos de soledad y desesperación, pero igualmente de una delicadeza al observar los paisajes japoneses y al acariciar la piel en los cortejos sexuales y amorosos.
Hay un concepto muy interesante acerca de la interpretación musical; pues la academia y el virtuosísimo son muy importantes en la ejecución de las piezas “pero cuando una llega a cierta edad, tiene que interpretar la música para sí misma. Ese es el poder de la música.” (p.164), según apunta Reiko al tocar piano y guitarra en el sanatorio.
Ahí es cuando nosotros pensamos que muchas ejecuciones de algunos estudiantes y profesores de conservatorio en ciertos festivales y eventos no dicen nada, es decir, “… sus interpretaciones raramente tienen contenido. Son vacías” (p.167) según la misma apreciación de Reiko.
Breve reseña de la cultura oriental
En lo referente a su propia cultura oriental y particularmente la japonesa, hace una serie de descripciones de muchos lugares de Tokio y de la república del Japón, ahondando en el gusto por sus comidas, bebidas, resaltando lugares importantes, haciendo referencia a las universidades públicas y privadas, mostrando las costumbres familiares y las relaciones juveniles de su generación en el Japón.
Sus gustos por la literatura oriental básicamente son Kazumi Takahashi, “Sei-teki Ningen” o “El Hombre Sexual” (1974) de Kensaburo Oe Premio Nobel de Literatura en 1994 y Yukio Mishima. Pero se nos hace raro que no mencione por ningún lado al clásico Yasunari Kawabata quien recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1968, autor de “La casa de las bellas durmientes” en la cual Gabriel García Márquez se inspirara para escribir su popular novela “Memoria de mis putas tristes” (2004).
Principales influencias literarias.
La formación del autor se puede apreciar en los gustos y lecturas de su personaje principal; las que inicialmente están relacionadas con la dramaturgia de los clásicos griegos y latinos; además de Racine, Ionesco, Shakespeare (p.24), Claude y Eisenstein (p.43). Se refiere con especial atención a “la función del deus ex machina” en el teatro de Eurípides y en particular su “Electra”, Esquilo y Sófocles. Estudiando a estos dramaturgos y escritores distinguía muy bien los panfletos universitarios, los discursos y el estilo simplista; por eso decía que tales escritos “carecían de poder de convicción. No inspiraban confianza ni movían los corazones”. Sentenciando que “El verdadero enemigo de estos tipos no es el poder estatal, es la falta de imaginación” (p.81).
Su amigo Nagasawa le dijo: “No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo” (p.45) y a continuación se refieren por ejemplo a los casos ya clásicos de Dante, Balzac, Joseph Conrad y Dickens entre otros.
Este es el criterio que muchos lectores de vieja data sostienen, lo que en parte puede ser muy cierto; pero que a su vez no permite la exploración de las nuevas voces. En mi caso personal me estaba demorando para leer este gran escritor japonés; pues casi todo ya lo habían dicho en las redes, la TV, los periódicos y las revistas; pero era mucho mejor adentrarme en su mundo como ahora lo trato de hacer.
La denominada “Generación Perdida” o la “Generación de la Postguerra” en los Estados Unidos de Norte América puede ser vista como muy sencilla y realista en sus relatos; lo que es difícil de atraer para una persona que le interese más la denominada “novela de tesis”, donde encuentre consideraciones profundas y extensas sobre el mundo y la humanidad. Sin embargo, este japonés hace un trabajo de combinación aparentemente muy sencillo, pero razonable y sensible.
Según se advierte leyendo “Tokio Blues” los autores norteamericanos favoritos y que han contribuido a su formación como escritor son Truman Capote, la novela “El Centauro” de John Updike, Scott Fitzgerald a quien admiraba demasiado y por lo tanto leía y releía con pasión y mucho cuidado su obra “El gran Gatsby”, Raymond Chandler (p.44), Tennessee Williams, “El Guardián entre el Senteno” obra del estadunidense J.D. Salinguer que menciona en varias oportunidades; “Luz de Agosto” de Faulkner, igual que los novelistas franceses contemporáneos. Sus lecturas incluyen además al ruso León Tolstoi, “Bajo las Ruedas” de Hermann Hesse, Georges Bataille y Boris Vian.
Pero la clave para la lectura de esta obra puede estar en la combinación subterránea de “La Montaña Mágica” del alemán Thomas Mann y “El Gran Gatsby” del norteamericano Scott Fitzgerald. Por un lado, las menciona permanentemente a través de su novela “Tokio Blues” y por otro puede leerse como una especie de palimpsesto de su construcción literaria, que al ser deconstruida en parte se puede afirmar que la similitud está en que la obra del alemán transcurre precisamente en un sanatorio para tuberculosos y la del japones en parte también sucede en un sitio para el cuidado mental.
Y es allí donde los personajes en medio del paisaje frío y una atmósfera de máximos cuidados para su mente y su cuerpo se dedican a conversaciones muy interesantes sobre el ser; en el caso de Mann son variadas y profundas dada su gran cultura universal; que también las pone a prueba en la desesperación de la postguerra de la Primera Guerra Mundial; Mientras Murakami que nace cuando ya ha terminado la II Guerra Mundial, su generación ha conocido el horror de la bomba atómica en su tierra, suceso que nunca mencionan los personajes de la novela, pero ve la decadencia de la generación de los sesentas y setentas; pero no solo esto, se dedica a mostrar en sus personajes la soledad y la búsqueda del sentido de la vida.
Su gusto por Fitzgerald lo acerca al estilo narrativo y al ambiente norteamericano de los que ya habían vivido la Primera Guerra Mundial y la “Gran Depresión”. Es de recordar que muchos escritores como Gabo también auscultaron en esa generación norteamericana para hallar las claves de una escritura que los encumbraría en el mundo de las letras; más allá de la literatura europea centrada en el pensamiento, como es el caso por ejemplo de Mann, Robert Musil, Herman Hesse y tantos otros.
Telón de fondo histórico
La novela tiene como telón de fondo histórico los años 1968, 1969 y 1970 y lo que sucedió en el mundo universitario en Tokio durante las revueltas estudiantiles que fueron más famosas en París, Alemania, EE. UU y México; mostrando así la mundialización de los problemas de una generación tan importante como fue la de la década del 60. Por supuesto que existen diferencias de acción y de apreciación entre la cultura oriental y la cultura occidental frente a la Revolución Estudiantil de mayo de 1968; pero todo hace parte de una oleada cultural cuyos efectos se sienten incluso ahora en los ámbitos de la libertad sexual, el desarrollo de ciertas músicas, el uso recreativo de las drogas, las preocupaciones ambientalistas y la lucha por la paz como verdaderas banderas internacionales de un movimiento ya global.
Sin embargo, existen varias lecturas y sensaciones de estos hechos; pues la recepción de los acontecimientos es muy diferente según las personas, las regiones y las culturas, por eso se presentan las siguientes declaraciones. “El único recuerdo que conservo de 1969 es un lodazal inmenso…Y yo lo cruzaba haciendo un esfuerzo sobrehumano” … “Sólo un cenagal de tintes oscuros extendiéndose hasta el infinito” (p.309) … “a mi alrededor el mundo estaba a punto de experimentar grandes transformaciones” … “Pero los acontecimientos que tuvieron lugar, todos y cada uno de ellos, no fueron más que pantomimas carentes de entidad y significado” (p.309). Ya que los sucesos políticos estudiantiles estuvieron también adheridos a una serie de hechos muy tristes de una generación que en parte entró en decadencia y francamente enloqueció,
Aquí es necesario establecer unas relaciones profundas en la búsqueda del sentido de la vida, las diferencias entre la revuelta estudiantil y la lucha revolucionaria como tal, así como lo señalaría Octavio Paz en “Postdata” refiriéndose al caso de la Matanza de Tlatelolco en México, por ejemplo. Y el impacto de los sucesos trágicos de una generación en la mentalidad y emocionalidad de los que sobrevivieron.
Algunos detalles son muy importantes para esta caracterización y se dan en el contexto de la vida universitaria privada japonesa: “El principio rector de la enseñanza consiste en la formación de hombres de talento para servir a la patria” (p.18), lo que advertía una lección muy antigua, pero en esta ocasión llena del nacionalismo que ha impregnado el Imperio Japonés, y lo que se saliera de este marco estaba fuera de foco.
Y en cuanto a la universidad pública la situación fue la siguiente: “A finales de mayo la universidad declaró una huelga. La llamaban “desarticulación de la universidad”. O sea que no se veía una transformación radical ni de la educación, ni de la cultura y menos de la sociedad.
Las impresiones del personaje principal acerca de esta huelga y sus resultados son las siguientes: “la universidad no fue desalojada ni desarticulada, había mucho capital invertido en la educación superior como para llegar a semejante atrocidad” … “Sólo pretendían cambiar el organigrama de la universidad, y a mí me tenía sin cuidado de que manos estaba el poder. Así que no me conmoví cuando aplastaron la huelga” (p.67)
Al referirse a los organizadores de la huelga, los que llamaban a su “desarticulación”, se refería posteriormente así: “Los muy miserables aullaban o susurraban según de qué lado soplara el viento” (p.68) y agregaba lo que ha sido una crítica generacional cuando estos revolucionarios ya han ascendido en la escala social, económica y política: “¡Ya ves que mierda de mundo! Los tipejos de esta calaña sacarán buenas notas, empezarán a trabajar e irán construyendo, ladrillo a ladrillo, una sociedad vil y mezquina” (p.6); criticando así cierto arribismo y aburguesamiento de los actores, pero también dando a entender esa tragedia necesaria de luchar, pero tener que ubicarse para sobrevivir como en efecto hemos visto después de esas revueltas y revoluciones. ¡Qué lástima!
En ese ambiente al comentar la lectura de “El Capital” de Carlos Marx (p.235 y p.342) se presentan dos líneas: una ortodoxa y exegética y otra de franco desdén. Crítica la explicación llena de categoría enredadas de parte de los lideres estudiantiles frente a los demás, llenas de palabras que nadie entendía y menos el pueblo. También se expresa de esta forma crítica en cuanto a los modismos: “Todos leen los mismos libros, dicen las mismas cosas, todos se emocionan escuchando a John Coltrane, viendo películas de Pasolini. ¿Es esto la revolución?” (p238)
En medio de dichas confusiones el autor por medio de las voces de sus personajes salva las banderas fundamentales de la revuelta estudiantil sin llegar a la felicidad total ni al igualitarismo, que son parte de la utopía, así “Es imposible que prevalezca la idea de justicia, que todos alcancen la felicidad. Y se produce el inevitable caos” … “Al final aparece un dios. Y controla el tráfico” (p. 252). “¡Sería como si existiera un deus ex machina en el mundo real!” … “un dios bajará deslizándose desde lo alto y lo resolverá todo” (p.253)
Pero el autor, además agrega unas palabras de desesperación en la boca de sus personajes: “Este mundo es injusto por naturaleza. Lo cual no es culpa mía. Ha sido así desde el principio.” (p. 268). Sin embargo, a tenor seguido, la ambivalencia juvenil también reconoce algo muy importante, en lo cual se muestra ese principio fundamental de la lucha por la vida y la esperanza que siempre ha de acompañar este cometido generacional y para la humanidad entera:
“Por supuesto, muchas veces la vida me da miedo. Como a todo el mundo. La diferencia está en que no lo admito como premisa. Quiero llegar hasta donde pueda empleando todas mis fuerzas tomando lo que quiero, dejando lo que no quiero” (p. 268).
Es decir, del nihilismo de un Nietzsche, del pesimismo de un Schopenhauer, rescata la voluntad de poder, la voluntad de saber y en general el vitalismo del ser, agregaríamos nosotros.
El autor y su personaje, dice de sus compañeros de generación: “Escuchando sus historias, da la impresión de que en el Japón no ha sucedido nada relevante durante los últimos cincuenta o sesenta años. Nada. Absolutamente nada ya se trate de la revuelta de los jóvenes oficiales en febrero de 1936 o de la Guerra del Pacífico”. A lo que indiscutiblemente cabría agregar que en la novela no hay ninguna mención a la bomba atómica arrojada por los gringos sobre Hiroshima y Nagasaki dejando una terrible huella de muerte no solo para el Japón sino para la humanidad entera, cuyos retos y amenazas se están sintiendo en la actualidad, como una eterna espada de Damocles para los pueblos que están implicados en los conflictos del momento
El, Wanatabe, el personaje principal, abandonó la universidad por un tiempo, llegando a la conclusión “que la educación universitaria no tenía ningún sentido” y decidió tomarse “un período de aprendizaje de tedio”. Al respecto recordemos entre nosotros el caso clásico de Estanislao Zuleta que abandonó sus estudios porque no le quedaba tiempo para leer a Thomás Mann y su Montaña Mágica, a Dostoievski, a Marx y a Freud entre otros escritores.
Murakami y sus personajes rematan las anteriores reflexiones con algo sencillo pero esencial a su vez: “En cuanto a la vida cotidiana, no hay tanta diferencia entre la derecha y la izquierda, o entre parecer mejor o peor de lo que uno es en realidad” (p.19). ¿Cabría preguntarse si esta lección es importante y pertinente para unas sociedades tan polarizadas en estos momentos de contiendas electorales en América y Europa?
Confusión mental y suicidio
Dentro de una institución de salud mental como sucede en la novela, salen a flote unas discusiones que trascienden ese ámbito y que se pueden extender para diálogos contemporáneos acerca de lo que pasa hoy en el mundo. “Para empezar, las chicas de mi edad no usan la palabra “justicia”: A ellas les resulta indiferente que las cosas sean justas o injustas…les preocupa que sean bonitas, o cómo ser felices… ¡Ah la “justicia”! tienen un carácter masculino”. Dado el avance del feminismo y sus reivindicaciones no solo de género, estas opiniones pueden ser exageradas, pero son comentarios de una época y de un circulo social, que el autor transcribe, emitidas por sus personajes. Sin embargo, este tratamiento vuelve a ser considerado en la escritura del narrador en los siguientes términos, que lo sitúan en una óptica utópica pero más contemporánea.
“En estos momentos “qué es bonito” o “cómo ser feliz” son proposiciones demasiado complicadas; prefiero aferrarme a otros criterios. Oír, por ejemplo, a si algo es justo, honesto o universal” (pgs.117-118)
Y al aterrizar el universalismo y las generalidades humanas al terreno personal, la novela nos introduce en las consideraciones de lo individual en las siguientes frases: “… en cuanto al ego como cado uno absorbía y compartía el del otro, no teníamos una conciencia muy fuerte de nosotros mismos.” (p.173)
El personaje Midori expresa que “la gente es extraña cuando uno es extraño” como dice una canción de Jim Morrison, para decir que esta condición no es particular de las personas que están recluidas por cualquier situación dentro de un sanatorio.
En cuanto al amor y la locura se expresa de la siguiente forma: “Naoko dice de Kizuki que, si viviera, seguiríamos juntos, amándonos y siendo cada vez más infelices” (p-173); lo que nos recuerda a propósito aquello de entregar plenamente el propio yo perdiendo la felicidad o la imposibilidad de la felicidad y el amor total.
Y en el siguiente apartado se va talvez a una remembranza de la cultura occidental primigenia: “Porque teníamos que pagar nuestra deuda al mundo. El sufrimiento de madurar, por ejemplo” (p.173). Al respecto agregamos que esta es talvez la única parte que se reseña para presentar la novela en las solapas; pero esta es mucho más que esta consideración generacional.
La locura del amor avanza entre los personajes que están dialogando dentro del sanatorio, mientras las huellas llegan al caos: “¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?” (p.16)
El remate de estas elucubraciones nos da pistas sobre el estilo de la novela y el porqué de la serie de reflexiones aparentemente sueltas entre la música, el amor, la política y la salud mental de toda una generación: “El mapa más detallado … este receptáculo imperfecto que es un texto son recueros imperfectos, pensamientos imperfectos.” (p.16)
La salud mental de muchas personas y en particular de los jóvenes, es un problema que el autor detecta en los inicios de la década de los 70s del siglo XX pero que es todo un problema tan antiguo como contemporáneo de la condición humana: “Quedé atrapado en ese círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción…Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte”. (p.38)
Un médico … “Me explicó que no estamos aquí para corregir nuestras deformaciones, sino para acostumbrarnos a ellas. Afirmó que uno de nuestros problemas es la incapacidad de reconocerlas y aceptarlas” (p.119)
“Talvez somos incapaces de adaptarnos a nuestras deformaciones. Pero en este pequeño mundo, la deformación es la premisa. La llevamos en nuestro cuerpo, al igual que los indios llevan en la cabeza las plumas que indican la tribu a la que pertenecía,” (p.120). Lo que es totalmente necesario para seguir viviendo una vida que no puede ser perfecta.
“No te compadezcas de ti mismo, eso sólo lo hacen los mediocres” como expresó el personaje Nagasawa (p.324). Lo que nos lleva a dejar el lloriqueo y la flagelación como excusas para no seguir viviendo en firma plena a pesar de ser seres deformados por naturaleza. Recordemos que desde el mito de Platón en su Banquete, en sus diálogos nacemos sin la otra mitad de la naranja o en la versión de la religión cristiana nacimos al mundo, pero fuimos echados del paraíso.
La principal base para el tratamiento mental y emocional es “… ser honesto. No mentir, no disfrazar la verdad, no añorar las cosas del modo que más te convenga. Nada más” (p.135). Justamente los que hemos pasado por tratamientos mentales podemos asumir estas premisas y en este sentido el libro y sus personajes es una especie de dialogo con el lector, como si estuviéramos frente al psicólogo, el psiquiatra o en el diván del psicoanalista.
Los siguientes términos nos recuerdan la tranquilidad de la visión oriental que invita a vivir de otra manera por encima del acelere occidental: “Todos nosotros somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto. Y no debemos vivir de una manera tan rígida…” (p.350). Además, agregando: “Si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida” (p.350)
En el libro aparecen una serie de suicidios, pero no a la manera del harakiri de su connacional Misihima (1925-1970); recordemos que Yukio lo hace como un rito continuado por sus seguidores y como protesta. No, estos casos de “Tokio Blues” son muertes emocionales, donde los personajes están dentro de un circulo vicioso de desesperación juvenil apenas sin encontrarle el sentido a la vida.
Consideraciones sobre la muerte
Una novela que se ocupa de tantas cuestiones tanto de la vida cotidiana como de las profundidades del alma, no podía dejar por fuera las disquisiciones acerca de la muerte; máxime cuando transcurre en gran parte dentro de un sanatorio; pero además cuando tiene por imagen de fondo la gran novela “La Montaña Mágica” de Thomas Mann. Por eso uno de sus personajes declara en forma sentenciosa que:
“La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella” (p.37) “La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio” (p.37) Es decir, preocupémonos por vivir, pues nadie ha dicho qué es la muerte o en concreto qué existe en un más allá. O en otros términos no se trata de dos cosas o situaciones antitéticas, pues no se conoce el otro término.
Y remata: “La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida” … Mientras vivimos vamos criando la muerte al mismo tiempo”.
Y con todo lo anterior contribuye a desmitificar la imagen obsesiva y temerosa de la muerte que existe en la cultura occidental; dejando de lado la mirada apocalíptica y teleológica, para centrarse en el ahora, en la vida.
Francisco A. Cifuentes S.
Foto tomada de: planetadelibros

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