No me llames extranjero
porque fue distinto el seno,
o porque acunó mi infancia
otro idioma de los cuentos.
Hay palabras que revelan menos sobre aquel a quien nombran que sobre quien las pronuncia. “Extranjero” es una de ellas. Parece describir una procedencia, pero con frecuencia establece una distancia. Dice que alguien nació en otra parte, aunque secretamente pretende decir algo más: que no pertenece del todo a nuestro mundo. La geografía termina convertida en una categoría moral. Una línea trazada sobre un mapa se transforma en una frontera entre quienes pueden decir “nosotros” y aquellos a quienes reservamos el incómodo lugar de “ellos”. Y quizá sea ese uno de los grandes extravíos de nuestro tiempo: hemos terminado creyendo que las fronteras que inventamos para organizar los Estados existen también en la naturaleza.
Uslar Pietri nos recuerda que la Tierra no conoce de extranjeros. Los conocen los hombres. Los ríos atraviesan las fronteras sin presentar pasaporte; las aves recorren continentes ignorando las oficinas de inmigración; los vientos transportan semillas de un territorio a otro sin que nadie les pregunte por su nacionalidad. Solamente el ser humano, que durante cientos de miles de años sobrevivió gracias a su capacidad para desplazarse, terminó construyendo un mundo en el que desplazarse puede convertirse en sospecha. Somos hijos de migrantes remotos y, paradójicamente, hemos hecho del migrante contemporáneo una anomalía.
La historia de la humanidad podría escribirse como una larga historia de desplazamientos. Nos hemos movido buscando agua, alimentos, tierras fértiles, comercio, conocimiento, refugio, trabajo, libertad. Las ciudades que hoy consideramos nuestras son el resultado de innumerables llegadas. Las lenguas que creemos propias contienen palabras extranjeras. Las comidas nacionales están hechas de ingredientes viajeros. Las religiones cruzaron continentes. Las matemáticas, la astronomía, la medicina y la filosofía avanzaron porque las ideas emigraron con los hombres. Incluso aquello que llamamos identidad suele ser el sedimento de antiguas migraciones que hemos olvidado.
Por eso resulta extraño que en pleno siglo XXI el extranjero vuelva a ser presentado como amenaza. Estados Unidos, algunas sociedades europeas, Turquía y los Emiratos Árabes Unidos ofrecen, con diferencias importantes entre ellos, distintas expresiones de una misma paradoja: las economías necesitan trabajadores migrantes al mismo tiempo que determinados discursos políticos necesitan convertirlos en problema. Se requieren sus brazos, pero incomoda su presencia. Se celebra el producto de su trabajo mientras se sospecha de quien lo realiza.
La Organización Internacional del Trabajo calculó que en 2022 había 167,7 millones de migrantes integrados a las fuerzas laborales de los países de destino. No son una población situada al margen de la economía mundial. Son parte de su funcionamiento cotidiano. Construyen, conducen, cosechan, limpian, cocinan, programan, investigan, curan enfermos, cuidan ancianos y niños. Unos llegan con títulos universitarios; otros con la única riqueza inmediatamente disponible para quien ha tenido que abandonar casi todo: su capacidad de trabajar. La economía mundial se beneficia de ambos.
Pero la economía tiene una curiosa capacidad para abstraer. Ve trabajo donde debería ver también trabajadores. Registra productividad, salarios y crecimiento, pero no siempre sabe contabilizar la nostalgia. Ninguna estadística del producto interno bruto registra cuánto cuesta despedirse de un hijo. Ninguna cuenta nacional incorpora las noches de quien duerme en una habitación compartida para ahorrar lo suficiente y enviar dinero a su familia. Sabemos cuánto produce el migrante, pero sabemos mucho menos sobre cuánto le cuesta producirlo.
Estados Unidos ofrece hoy una de las manifestaciones más insultante de esa contradicción. El endurecimiento de las políticas migratorias ha venido acompañado de un crecimiento extraordinario de la detención, de procedimientos acelerados de deportación y de denuncias de organizaciones defensoras de derechos humanos sobre hacinamiento, deficiente atención médica, dificultades de acceso a abogados y condiciones incompatibles con la dignidad que una democracia debería garantizar a cualquier persona bajo custodia estatal.
Las instituciones democráticas se reconocen precisamente allí donde sería más fácil prescindir de ellas. El debido proceso tiene poco mérito cuando protege a quien todos desean proteger. Su verdadero valor aparece cuando protege al impopular, al extranjero, al acusado, al que carece de poder. El derecho fue inventado, entre otras cosas, para introducir una distancia entre la fuerza y su ejercicio. Cuando esa distancia desaparece, la administración puede seguir siendo eficaz, pero empieza a dejar de ser justa.
Hay algo todavía más paradójico en la persecución del trabajador migrante. Muchos de aquellos cuya permanencia se cuestiona trabajan, consumen, pagan alquileres, compran alimentos y contribuyen directa o indirectamente al sostenimiento de la economía. El extranjero puede resultar sospechoso ante la política y necesario para la economía. Durante el día se necesitan sus manos; durante la campaña electoral se teme su presencia. Es una contradicción que dice mucho sobre nuestro tiempo: aceptamos con facilidad el trabajo del extranjero y con mayor dificultad al extranjero que trabaja.
Dubái lleva esta paradoja hasta una escala casi arquitectónica. Pocas ciudades contemporáneas representan mejor la fascinación por la riqueza, la velocidad y la monumentalidad. Torres que parecen desafiar la gravedad, islas transformadas por la ingeniería, hoteles extraordinarios, avenidas impecables y centros comerciales convertidos en ciudades interiores. Pero detrás de esa escenografía del futuro aparece una pregunta antigua: ¿quién puso los ladrillos?
Los extranjeros constituyen alrededor del 88 % de la población de los Emiratos Árabes Unidos. La extraordinaria transformación material del país fue realizada por trabajadores procedentes de India, Pakistán, Bangladesh, Nepal, Filipinas, Egipto, Etiopía, Kenia y muchos otros lugares. La ciudad que maravilla al visitante fue levantada, limpiada, atendida y sostenida diariamente por una población que, en una proporción abrumadora, nació fuera de ella.
Y, sin embargo, organizaciones internacionales han documentado durante años problemas relacionados con el sistema de patrocinio laboral, las dificultades de movilidad de algunos trabajadores, abusos salariales, endeudamiento asociado a procesos de contratación, jornadas excesivas, retención de pasaportes e inexistencia de organización sindical. La paradoja vuelve a aparecer: quienes levantaron una de las grandes capitales del capitalismo contemporáneo disfrutan de libertades laborales considerablemente menores que las que ese mismo capitalismo proclama para las mercancías y los capitales.
El dinero atraviesa fronteras con una libertad que el trabajador que lo produce no siempre posee.
Quizá pocas imágenes expliquen mejor nuestro mundo. El capital puede desplazarse electrónicamente en una fracción de segundo. Una inversión cruza continentes pulsando una tecla. Una mercancía producida en Asia puede venderse en América y financiarse desde Europa. Pero el hombre que construyó el edificio, recogió el alimento o fabricó la mercancía encuentra delante de sí muros, permisos, controles y sospechas. Hemos conseguido una globalización extraordinariamente eficiente para las cosas y todavía profundamente desconfiada respecto de las personas.
Europa vive su propia versión de esta contradicción. Es un continente que envejece y necesita trabajadores, pero donde prosperan movimientos que presentan la inmigración como origen de inseguridades cuya explicación suele encontrarse también en problemas internos: vivienda insuficiente, precarización laboral, deterioro de servicios públicos, desigualdad y pérdida de expectativas. El extranjero ofrece una ventaja política irresistible: tiene rostro. Es mucho más sencillo señalar a una persona que explicar una estructura económica.
Ceuta y Melilla muestran una perversión todavía más inquietante de la frontera: allí el migrante puede dejar de ser visto solamente como extranjero para convertirse en instrumento de una disputa entre Estados. La literatura sobre seguridad ha denominado “instrumentalización de la migración” al uso deliberado o tolerado de flujos humanos para presionar políticamente a otro país, fenómeno que ha sido incorporado al debate más amplio sobre las llamadas amenazas o guerras híbridas. En mayo de 2021, Marruecos relajó sus controles fronterizos y cerca de 9.000 personas entraron en Ceuta, entre ellas al menos 1.200 menores no acompañados, en medio de una grave crisis diplomática con España; el Parlamento Europeo condenó expresamente el uso de la migración y, en particular, de menores como instrumento de presión política. El fenómeno ha vuelto a adquirir dramática actualidad en Ceuta en 2026, aunque debe hablarse con cautela sobre sus responsables: mientras informes policiales y una investigación de la Audiencia Nacional examinan la hipótesis de una operación organizada o facilitada desde Marruecos, el Gobierno español sostiene que todavía no existen pruebas concluyentes de que Rabat haya orquestado deliberadamente los acontecimientos. La precisión importa porque “guerra híbrida” no debería convertirse en una expresión que transforme automáticamente a una multitud desesperada en un ejército enemigo. El migrante, incluso cuando alguien pretende utilizar su movimiento con fines geopolíticos, no es el arma: es la persona convertida en instrumento, y con frecuencia la primera víctima de quien decide servirse de su necesidad.
Ahí reside la dimensión moral más perturbadora de Ceuta y Melilla. En la guerra convencional el instrumento de presión es material; en esta forma de coerción política lo que se explota es algo mucho más íntimo: la esperanza humana de llegar al otro lado. La vulnerabilidad se convierte en palanca diplomática, y el hambre, el desempleo, la persecución o el deseo de una vida mejor adquieren inesperadamente valor estratégico. Y acaso sea esta última la más alarmante, porque cuando una persona puede ser tratada como instrumento de presión entre gobiernos, la primera derrota no es territorial ni diplomática: es la derrota de aquella vieja idea de civilización según la cual ningún interés del Estado debería despojarnos de la capacidad de reconocer en el extranjero a un semejante.
Los derechos del migrante y los derechos del trabajador local no son enemigos. Con frecuencia son la misma causa. Si se permite pagar menos al extranjero, mañana habrá presión para pagar menos al nacional. Si el migrante carece de derecho efectivo a organizarse, se debilita la capacidad colectiva de todos los trabajadores. La precariedad es contagiosa. También debería serlo la solidaridad.
Colombia tendría razones particularmente poderosas para comprenderlo. Durante generaciones fuimos nosotros quienes partimos. Hay colombianos en Nueva York, Madrid, Miami, Londres, Toronto, Caracas, Ciudad de Panamá y centenares de ciudades más. Algunos llegaron con documentos; otros tuvieron períodos de irregularidad. Muchos aceptaron trabajos inferiores a su preparación. Miles soportaron que su acento fuera convertido en estereotipo. Millones enviaron y siguen enviando dinero a sus familias.
Por eso preocupan las recientes declaraciones del presidente Abelardo de la Espriella sobre la población migrante venezolana y la política de deportaciones anunciada por su Gobierno. Un Estado puede y debe enfrentar la criminalidad, con independencia de la nacionalidad de quien delinque. Pero una democracia debería resistir la tentación de convertir el origen nacional en una categoría de sospecha. El delito pertenece al delincuente, no a su pasaporte. El prejuicio realiza una operación intelectualmente rudimentaria pero políticamente poderosa: toma la conducta de uno y la distribuye entre millones.
Hay además algo especialmente doloroso cuando esto ocurre entre colombianos y venezolanos. Durante décadas, Venezuela recibió a centenares de miles de colombianos. Familias enteras encontraron allí empleo y refugio. Luego la historia invirtió la dirección del camino y millones de venezolanos cruzaron hacia Colombia. La frontera permaneció en el mismo lugar; quienes cambiaron de dirección fueron los necesitados.
Quizá por eso las fronteras deberían enseñarnos humildad. Nadie sabe de qué lado de ellas necesitará estar mañana.
Por su parte la economía ofrece una respuesta contundente a quienes imaginan al migrante exclusivamente como una carga. Los migrantes producen, consumen, pagan alquileres, crean negocios y cubren necesidades laborales. Pero existe una cifra que muestra con especial claridad la dimensión de su esfuerzo. Según el Banco Mundial, las remesas oficialmente registradas enviadas hacia países de ingresos bajos y medios alcanzaron alrededor de 685.000 millones de dólares en 2024, una suma superior a la inversión extranjera directa y a la ayuda oficial al desarrollo combinadas.
Pero decir “685.000 millones de dólares” es quizá la manera menos adecuada de explicar las remesas. Una remesa no es fundamentalmente dinero. Es tiempo transformado en dinero. Son horas limpiando habitaciones, construyendo edificios, conduciendo vehículos, cuidando ancianos, atendiendo restaurantes o trabajando frente a una computadora. Una parte de ese tiempo se convierte en alimentos para alguien situado a cinco mil kilómetros. Otra paga una matrícula. Otra compra medicamentos. Otra termina de construir una casa que quien envía el dinero quizá sólo pueda visitar cada varios años.
Hay una forma silenciosa de heroísmo en esa economía doméstica. El migrante acepta vivir con menos para que alguien lejano pueda vivir un poco mejor. Mientras algunos discursos lo describen como alguien que viene a quitar, millones de migrantes realizan todos los meses exactamente la operación contraria: dan.
Las remesas constituyen así una de las mayores redes privadas de solidaridad del planeta. No fueron creadas por Naciones Unidas ni diseñadas por economistas. Surgieron de algo mucho más antiguo: el vínculo entre seres humanos. El hijo recuerda a la madre. La madre recuerda al hijo. El hermano no olvida al hermano. La distancia geográfica no consigue cancelar la obligación afectiva.
Y quizá sea precisamente ahí donde la economía necesita aprender algo de la filosofía. Hay cosas decisivas que no aparecen en las cuentas nacionales. El producto interno bruto puede registrar el dinero enviado, pero no el afecto que lo puso en movimiento. Puede medir el salario, pero no la ausencia. Puede calcular la productividad del trabajador, pero no el precio íntimo del desarraigo.
Hay algo conmovedor en descubrir que la obligación de proteger al extranjero no nació con nuestras modernas declaraciones de derechos. Desde las antiguas leyes de Mesopotamia, de las que el Código de Hammurabi es uno de los testimonios más remotos de la aspiración a contener la arbitrariedad mediante la justicia, ¡¡¡hasta la tradición del pueblo de Israel- Ay cómo me duele Gaza!!!, recogida en el Antiguo Testamento, atraviesa los siglos una preocupación por quien llega desde otra tierra y carece de las seguridades de quien está en casa. En la tradición bíblica esa obligación adquiere una profundidad singular: no oprimir al extranjero porque Israel también conoció la extranjería, recordar la propia vulnerabilidad para no reproducirla sobre el recién llegado, convertir la memoria del éxodo en hospitalidad. Desde las viejas ciudades de Mesopotamia hasta los caminos del Éxodo nos llega así una advertencia milenaria: la civilización no comienza cuando una comunidad aprende a levantar murallas, sino cuando, aun detrás de ellas, conserva un lugar para el que viene de lejos.
Las religiones hablaron de hospitalidad. Los estoicos imaginaron una comunidad humana superior a las ciudades particulares. El derecho natural afirmó una dignidad anterior al Estado. Las revoluciones modernas hablaron de derechos universales. Después de las catástrofes del siglo XX, la humanidad escribió solemnemente que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.
Tres milenios de civilización para llegar a una afirmación que un niño podría comprender. Y, sin embargo, seguimos olvidándola. Tal vez porque hemos confundido ciudadanía y humanidad. La ciudadanía concede determinados derechos políticos. La nacionalidad establece una relación jurídica con un Estado. La visa autoriza una permanencia. El permiso de trabajo habilita una actividad. Pero ninguno de esos documentos convierte a alguien en persona. La persona estaba antes del documento.
Primero fue el hombre. Después inventamos el pasaporte.
Recordarlo cambia nuestra manera de mirar las migraciones. No significa abolir las fronteras. Significa devolverlas a su lugar. Una frontera es una institución política, no una frontera moral. Puede establecer dónde termina la jurisdicción de un Estado, pero no dónde termina nuestra obligación de reconocer la dignidad del otro.
Alberto Cortez lo comprendió desde otro lenguaje, quizá más profundo porque no necesitaba estadísticas ni tratados. Su canción “No me llames extranjero” contiene una intuición que atraviesa toda reflexión seria sobre las migraciones: antes de las patrias existe una experiencia humana común. Todos llegamos al mundo sin haber elegido el sitio donde aparecer. Nadie obtuvo por mérito propio el privilegio de nacer en un país rico, del mismo modo que nadie cometió falta alguna por nacer donde había guerra, hambre o persecución.
El azar geográfico es probablemente la lotería más importante de nuestra existencia. Puede determinar la lengua que hablaremos, la escuela a la que asistiremos, nuestra expectativa de vida, el salario que recibiremos y hasta la facilidad con la que podremos atravesar una frontera. Después convertimos ese azar en identidad y, algunas veces, la identidad en superioridad.
De ahí la potencia moral de aquella canción. No necesitamos repetir sus versos. Basta conservar su pregunta. ¿En qué momento el lugar del nacimiento adquirió suficiente importancia para separar moralmente a dos seres humanos?
El migrante nos obliga a enfrentarnos con esa pregunta porque lleva la frontera consigo. Su presencia nos recuerda que aquello que considerábamos lejano está ahora sentado a nuestro lado en el autobús, trabajando en la obra, sirviendo una mesa, cuidando a nuestros padres o estudiando con nuestros hijos.
Quizá por eso provoca simultáneamente hospitalidad y miedo. Nos recuerda algo que preferimos olvidar: la estabilidad es provisional. La casa puede perderse. El trabajo puede desaparecer. Un régimen político puede derrumbarse. Una guerra puede comenzar. Una economía puede hundirse. El que hoy recibe mañana puede necesitar ser recibido.
Por eso el debate sobre las migraciones no puede reducirse a determinar cuánto aportan los migrantes al producto interno bruto, aunque aporten mucho; ni cuánto pagan en impuestos, aunque los paguen; ni cuánto dinero envían mediante remesas, aunque se cuente por cientos de miles de millones de dólares. Convertir la dignidad humana en un análisis de costo-beneficio sería aceptar, inadvertidamente, la lógica que pretendemos cuestionar.
El hecho de que, además, construya nuestras ciudades, cuide a nuestros ancianos, recoja nuestros alimentos, participe en nuestras empresas, pague impuestos, consuma en nuestros comercios y sostenga mediante remesas a millones de familias vuelve todavía más absurda la hostilidad que recibe.
Estados Unidos puede levantar muros. Europa puede endurecer fronteras. Dubái puede construir torres cada vez más altas. Colombia puede deportar a quien legalmente corresponda deportar. Todo Estado conservará sus leyes, sus fronteras y sus procedimientos.
Pero ninguna frontera puede modificar una verdad anterior a todas ellas. El extranjero tiene miedo como nosotros. Extraña como nosotros. Ama como nosotros. Quiere que sus hijos vivan mejor, como nosotros. Envejece como nosotros. Y algún día desaparecerá, como nosotros.
Tal vez la verdadera civilización consista simplemente en no olvidar esa semejanza. Después de Hammurabi, de los estoicos, de las grandes tradiciones religiosas, de las declaraciones de derechos y de las convenciones internacionales, resulta inquietante que todavía necesitemos recordarlo. Hemos aprendido a dividir el átomo, a explorar otros planetas y a construir máquinas capaces de conversar con nosotros. Pero seguimos teniendo dificultades con una idea muchísimo más sencilla: quien nació al otro lado de una frontera no nació al otro lado de la humanidad.
Ese podría ser el mensaje que atraviesa los siglos y que la canción de Alberto Cortez supo convertir en emoción: no hagamos del azar de haber nacido en lugares diferentes una razón para olvidarnos de que pertenecemos al mismo lugar esencial.
Porque, mirados desde el espacio, ningún ser humano es extranjero en la Tierra.
Y mirado suficientemente cerca, tampoco lo es.
No me llames extranjero
ni pienses de dónde vengo,
mejor saber dónde vamos,
adónde nos lleva el tiempo.
Carlos José Guarnizo
Foto tomada de: France 24

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