Estos son los datos que la corroboran al momento de escribir este artículo. Los demócratas han obtenido en la Cámara de representantes entre 240 y 242 escaños. Los republicanos entre 147 y 151. Y estos son los resultados en el senado: los demócratas y algunos independientes 54 y los republicanos 44. Estos resultados permiten pronosticar dos acontecimientos. El primero que son suficientes para eventualmente bloquear todas las iniciativas legislativas de Trump o para legislar en contra de sus políticas. Por ejemplo, continuar la guerra contra Irán. Pero, en principio, no son suficientes para incoar un impeachment, un juicio político que eventualmente concluya con su destitución. Para que esto sea posible es necesaria una mayoría calificada de votos en la cámara de representantes y en el senado, que los demócratas no tienen. Aunque si tienen votos suficientes para abrir investigaciones por corrupción u otros delitos contra miembros destacados de la Administración Trump.
O simplemente por ineptitud o errores catastróficos, como podría ser el caso de Pete Hegseth, actual secretario de guerra de Trump, y partidario acérrimo de continuar la guerra contra Irán hasta su completa destrucción. Con lo que estarían de acuerdo hasta los congresistas republicanos partidarios del vicepresidente J. D. Vance. Su primera reacción pública a la debacle electoral republicana, abrió esa puerta. “Hemos perdido por la guerra de Irán y por la relación de Estados Unidos con Israel”. Convertir al evangelista fanático de Hegseth en chivo expiatorio podría resultar muy conveniente para Trump, pero sobre todo para el futuro político y las eventuales aspiraciones presidenciales de Vance. Y no tanto porque sea ahora conveniente sacrificar a Hegseth, sino porque en torno a la guerra contra Irán se ha librado una sorda batalla entre Vance y Marco Rubio. Vance, desde el momento en que quedó claro que la devastadora ofensiva militar de 40 días contra Irán había fracasado, apostó por una salida negociada del conflicto. Según distintas fuentes, él cumplió un papel decisivo en la decisión de Donald Trump de firmar, en el legendario palacio de Versalles, el Memorando de entendimiento que incluía los 11 puntos exigidos por Irán para iniciar las negociaciones destinadas a poner fin al conflicto. Aún no estaba seca la tinta de la ostentosa firma del presidente cuando Rubio tomó un avión rumbo a Beirut, con el propósito de forzar al frágil gobierno libanés de suscribir una declaración en contra de Hezbollah y ordenar la movilización de su Ejército en contra de sus milicias. La declaración en la que se apoyó Netanyahu para ordenar a sus fuerzas armadas continuar sus operaciones militares en el sur de Líbano, contrarias a la decisión de alto el fuego en todos los frentes de combate, incluido el libanés, que forma parte del citado Memorando de entendimiento.
En este contexto, Vance aparece como el representante de la tendencia más realista del partido republicano que quiere tanto la salida negociada de la guerra contra Irán como limitar la influencia ciertamente desmedida del lobby israelí en la política exterior de Estados Unidos. A él cabe atribuir la decisión tomada in extremis de suspender la ayuda anual a Israel valorada en 4.000 millones de dólares y que se ha venido proporcionando desde el siglo pasado. Parece pocos dólares si se comparan con el centenar de miles de millones de ayuda militar dada por Estados Unidos a Israel desde el 7 de octubre de 2023. Pero la decisión tiene una enorme importancia política. Supone la primera restricción al apoyo ciertamente irrestricto a Israel, que ha sido política de Estado de Estados Unidos durante décadas. Marco Rubio es partidario de perpetuarla e incluso de ampliarla, como pretende hacerlo uno de los artículos de la Ley de presupuesto del 2027, presentada por la Administración Trump, que de hecho fusiona a las fuerzas armadas israelíes con las de Estados Unidos en áreas claves de armamento avanzado, guerra electrónica e inteligencia. Y se comprende: Marco Rubio está ligado umbilicalmente con el estado de la Florida, la sede privilegiada de la alianza entre la ultraderecha latinoamericana de todos los pelambres y el sionismo. Es allí donde tiene su sede el Comando Sur y donde tiene su lujosa mansión y su club de golf Donald Trump. El futuro de lo que queda del gobierno de este último depende de quien logre imponerse: Rubio o Vance. Existe incluso la posibilidad de que no haya un vencedor claro en la lucha entre ambos, que agravaría aún más la confusión política que ya domina la conducta política de Trump.
Él sin embargo tuvo razón cuando convirtió estas elecciones de midterm en un referendo sobre su mandato. Lo fue y lo perdió por mediación sobre todo del partido demócrata. Que, aunque cuenta con un todo poderoso aparato de dirección, respaldado normalmente por los ex presidentes, permite la coexistencia de distintas tendencias en su seno. Algo que se transparenta en el carácter o la connotación específica de los candidatos vencedores que, a pesar de sus particularidades, se inscriben en los dos grandes campos políticos e ideológicos que de manera general coexisten al interior del partido demócrata. El primero lo definen grosso modo la lucha contra el racismo y las reivindicaciones identitarias de género y la defensa del medio ambiente. El segundo, él énfasis en las reivindicaciones económicas y sociales de la clase trabajadora y la orientación socialista. Aclaro que las fronteras entre ambos campos son porosas, sin que ese hecho anule el énfasis o el compromiso prioritario efectivo de cada candidato o cargo electo a nombre de partido.
Contando con esta perspectiva, cabe hacer el siguiente balance. El avance de la causa feminista lo cifran las 100 congresistas electas. La lucha contra la homofobia ha obtenido una victoria con la elección de Chris Pappas como senador de New Hampshire, quien no solo se ha opuesto a la discriminación por orientación sexual, sino que ha criticado las brutales actuaciones en contra de los migrantes latinos del ICE, el cuerpo paramilitar creado por la Administración Trump para perseguirlos y expulsarlos del país. El avance ciertamente imparable de la mayor de las minorías, la minoría latina, quedó reflejado en la elección como gobernador de California de Xavier Becerra y de Gina Hinojosa como gobernadora de Texas. Este último feudo del partido republicano, cuyas élites se distinguen por su agresivo racismo. La elección de Debb Haaland como gobernadora de Nuevo México supone una victoria de los nativos americanos. Ella ha sido una activista de la lucha contra el cambio climático, el cogobierno por los pueblos aborígenes de las tierras de las que fueron despojados y la investigación de las prácticas genocidas de los llamados “internados de reeducación” de los niños indios. El logro más importante de los afros en estas elecciones ha sido la elección como gobernadora de Georgia- otro bastión del racismo- de Keisha Lance Botton. Y la mejor demostración del notable avance de los musulmanes ha sido la elección de Abdul El Sayed como senador de Michigan. Su triunfo es un fracaso de la islamofobia, anunciado por la sorprendente elección del musulmán y socialista Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York.
El histórico resurgimiento del socialismo en un país, cuya burguesía lo arrojó a las tinieblas exteriores hace un siglo, está confirmado por los más de cincuenta congresistas elegidos por la agrupación Socialistas demócratas. En este resultado influyó ciertamente la campaña de casi de un año de duración emprendida por el senador Bernie Sander y la representante a la cámara, Alexandria Ocasio Cortez, quienes recorrieron el país entero realizando mítines con la contunde consigna de Tax the Rich, Impuesto a los ricos.
Este es el retrato robot de la mayoría demócrata. Queda esperar a las tomas de posesión de los electos para saber qué harán desde sus cargos en beneficio de los intereses vitales de quienes han votado por ellos.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: France 24

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