– Presidente, nos esperan y vamos retrasados… (Dijo la mujer, casi suplicante).
– Eso me importa un bledo y dos palillos. Espere a que se lo diga.
El anciano de la guayabera arrugada está colérico, y se sienta en el banco de un paradero de bus empapelado con afiches electorales. Hace un solazo de 36 grados en la carretera, y se cubre la cabeza con un periódico de ayer que, el de Héctor Lavoe… no era.
La cándida-ta se cuela debajo de la gran sombrilla azul pastrana de un vendedor de raspados, que duerme la siesta de pie, a un poste recostado. Ella da la impresión de andar y hablar metida en un barril arropado – igual que Obélix el galo –, y después de recorrer seiscientos dos pueblos siente que su ánimo se marchita en lugar de sostenerse inmarcesible como la gloria en el himno nacional. Así lo habría escrito su pariente poeta, el de pésimas rimas de voltereta sin ton ni son, que Maluma y Bad Bunny han desaprovechado en su reguetón. Y calculando los miserables villorrios que aún deben andar hasta el 31 de mayo, comenta con desesperanza:
– Lo peor es que cada día se hace más grande la distancia.
– Ay, no mencione esa ranchera de José Alfredo que me recuerda a los Ochoa y a los Gallón en Medellín, y siento muchas nostalgias.
El anciano se pierde en remembranzas en las que hay pistas de caballos de paso fino colombiano, subastas de ganado para financiar sus campañas, y tardes de poncho y aguardiente con amigos que ya no nombra, y que las fiscalías de Martínez Neira y Barbosa mantuvieron a la sombra. Limpia la niebla de sus lentes con un pañuelo, y enjugándose el sudor descubre las sobras de un Milk Chocolate derretido a sus pies, y en el empaque los tres octaedros negros advirtiendo los excesos de azúcares, grasas saturadas y edulcorantes, y avivado repentinamente dice a su pupila:
– Vea Paloma. Ése es un ataque velado del neocomunismo a la libre empresa. En la pandemia, Duque y el ministro Ruiz impidieron con maña esos avisos, pero Petro y Carolina Corcho derrotaron a Jaime Alberto Cabal y a Bruce Mac Master. De nada sirvieron esos pendejos. Hay que echar patrás esa orden que redujo las ganancias del empresariado y la generación de empleos.
– Por supuesto, presidente. Yo repito que el Estado no puede violar la libertad del ciudadano de escoger lo que quiere comer.
– Cuando hable de libertad no se exceda… mire que el pueblo popular puede cogerle la caña y alborotarse otra vez. Recuerde la resistencia social del 2021 y “la primera línea” contra la reforma tributaria de Duque y el ministro Carrasquilla. Unos imbéciles. Por su culpa gobierna Petro.
– No lo vimos venir y en este cuatrienio hemos perdido demasiado.
– Aparte de nuestros negocios, perdimos el control sobre el electorado.
– Fallaron los vaticinios de Obdulio y las pitonisas del templo del Ubérrimo. (Se lamenta la cándida-ta)
– Fallamos todos. Y, ahora, la desagradecida de la Cabal se está llenando la boca anunciando que creará su partido libertario. (Una amargura cruza el ajado rostro)
– ¡No mencione esa traidora, presidente, que la sangre me hierve!
– Tenemos que aplastarla, o de lo contrario… nos va a joder esa trepanga aliada con Abelardo el bellaco. Si es que antes y por culpa de ese abogado bruto de Cadena, la justicia no me apaña.
– ¡Qué dolor de patria, presidente! Imaginarlo entre rejas me parte las entrañas. ¡Cuántas desgracias rondan y amenazan su augusta cabeza! ¿Qué hicimos mal para sufrir tanto desprecio y tanta bajeza?
– A ustedes se les fue la mano en el congreso atravesándose a todas las reformas, y el 31 de mayo el pueblito popular nos derrotará. Y para colmo de mis males, escogí a Miguel como sucesor de mi legado, pero todo se desfondó cuando tuve que aceptarla en remplazo del aguerrido joven malogrado.
– ¡El calor le nubla el juicio, presidente! Y tengo que decir que está muy equivocado.
– ¿Cómo puedo equivocarme, si usted no ha hecho nada por su cuenta?
– ¡No sea injusto, presidente! ¿Cómo explicar que voy perdiendo la carrera electoral con Abelardo, si él anda solo y usted conmigo? ¿No falló su poder cuando tenía que atajarlo?
– Dios sabe que lo intenté con ese renegado… sin lograrlo. (El anciano esconde el rostro entre las manos)
– La gente murmura que lo chantajea con un secreto…
– ¡No es cierto! (grita el hombre descompuesto)
El vendedor de raspado despierta sobresaltado. La cándida-ta le pide dos helados con señas.
– Qué sed la que siento.
– …Y para rematar, se le ocurre sentar a su lado un hermafrodita.
–¡Su memoria es traicionera, virgen bendita! Lo busqué por su consejo. ¿Cómo pudo olvidarlo?
–Entonces me arrepiento. ¿Cómo fui a equivocarme con un maricón desvalijado?
– Como sea, presidente. Poco perderé si Abelardo me derrota. Yo le garantizo perpetuar su liderazgo, mientras todo lo perderá con ese galafardo. El reino de Cepeda echará raíces y se cimentará – ¡dios no lo quiera! – y después no será fácil volver a disfrutar la dulce ambrosía del poder por varios años.
– No puedo seguir perdiendo. Necesito recobrar alientos para encarar esa turba de hijueputas, que dónde quiera voy me grita: “Uribe, paraco, el pueblo está berraco”.
– Son los perros del neocomunismo detrás de mis talones…
– Pero por culpa déllos podemos perder las elecciones.
– Es la chusma que tiene el cerebro lavado por el castrochavismo.
– Si nadie me los quita de encima, a mí me da lo mismo. (El anciano revira con amargura inconclusa)
– No se deje sacar la piedra, presidente, que son los rojos de Petro y de Cepeda.
– Los dos arruinan mi nombre: lo único que me queda. Si estuvieran disponibles Los Doce, les taparíamos la geta en una escombrera.
– No mencione su pasado, presidente, que yo estoy pagando los platos. Por su culpa me acusan de 6.402 cruces, y ahora dicen que son 7.837. ¿A qué hora se me ocurrió anunciar que lo nombraría ministro de guerra? ¡Qué momento desgraciado aquel en que se me ocurrió traerlo de la mano por todos los caminos! Este yerro me costará perder en primera vuelta. Si quiero ganar, tendré que renunciar a…
La mujer deja de escucharse, porque de improviso se impone un vocerío que llega gritando: “URIBE, PARACO, EL PUEBLO ESTÁ BERRACO”
– Son ellos, son los mismos, se visten lo mismo, y vienen de los barrios mismos; dijo la cándida-ta Paloma remedando a Borges sin saberlo. Y el anciano, que apenas leyó que hubo una Antioquia grande y poderosa en “siquiera se murieron los abuelos”, ganoso de ofender, responde:
– Déjelos llegar, que les voy a romper la cara a esos pajuelos.
Por el costado derecho del escenario rueda un buscaniguas encendido, señal de que comenzó la fiesta.
– ¡Ni lo intente, señor, son demasiados! Huir es lo más prudente. Puye el burro que la muchedumbre nos aplasta.
Y dicho esto último, la mujer arrancó a correr sin esperar al anciano que la siguió como pudo. El pavor puso alas en sus suelas. El clamor del insulto llena el escenario. El vendedor de raspados reclama sin fortuna a la mujer el precio de los helados que se largó sin pagar, y a la distancia grita:
– ¡PARA… PRESIDENTE… PARA… deja de correr ya! Para, para… al fin. (Se escucha mermando la voz, sin esperanza).
El silencio se va apropiando del escenario, y por el lado contrario del vocerío, cruza distraída, feliz y silenciosa una muchacha. Atado por un lazo a un aro de cobre que no se sabe cómo entró en el pescuezo, lleva detrás un avestruz obediente y desplumado que porta un cartel en el que puede leerse: “NO MÁS PARAS NI DISFRAZADOS DE GUERRILLOS EN ESTA MONDÁ”. El telón se cierra lentamente. Los actores no regresan a la boca del teatro para el aplauso del respetable, porque huyeron en tropel desesperado con destino desconocido).
FIN
Álvaro Hernández V
Foto tomada de: El País

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