Ellos pretenden profundizar el neoliberalismo hasta convertirlo en ese anarcocapitalismo del que tanto se vanagloria Javier Milei, el presidente de Argentina. Ya han enviado las primeras advertencias de lo que nos espera: congelamiento del salario mínimo, recortes drásticos del gasto público, incluida la reducción del número ministerios, empleados públicos y subvenciones, acuerdos descarados con el Clan del Golfo, amenazas e intimidaciones a los campesinos beneficiados del reparto de tierras de narcotraficantes, prolongación sine die de la tan tramposa y como lucrativa “guerra” contra el narcotráfico, restablecimiento de las relaciones diplomáticas y militares con Israel, profundización del alineamiento de nuestras fuerzas armadas con la renovada estrategia de defensa continental dirigida por el Pentágono, etcétera.
Naomi Klein demostró, en su libro de 2007, La doctrina del shock, que el neoliberalismo para poder aplicar su programa de someter completamente al Estado y a la sociedad a los intereses del gran capital necesitaba de un gran shock. Tan súbito y potente que aterrorice a toda la sociedad y la obligue en su desesperación a aceptar lo inaceptable. Así fue como vino al mundo el neoliberalismo: con el sangriento golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile. Los anarcocapitalistas, sucesores legítimos y discípulos aventajados del neoliberalismo, ya cuentan con la inminencia de ese brutal golpe para sacar adelante sus fatídicos planes. Entre agosto y septiembre los efectos adversos producidos en la economía mundial por la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán se traducirán en una grave recesión, sin que pueda descartarse del todo algo todavía más grave: la depresión. La misma tendrá como efectos inmediatos más visibles: el incremento de la inflación, el quiebre de empresas, el aumento del desempleo, la subida de los tipos de interés y el aumento de la deuda pública y privada. El precio de los combustibles se pondrá por las nubes al igual que el de los alimentos y demás bienes de consumo doméstico.
Esa situación será utilizada por el gobierno para justificar la aplicación completa del plan de choque que ya está anunciando. Los medios se encargarán de ocultar la verdadera razón de una situación tan catastrófica. Con su capacidad de mentir sin ninguna vergüenza, dirán que la misma es el funesto legado que le dejó al país “la corrupta y desastrosa” presidencia de Gustavo Petro e intensificarán todavía más su campaña de desprestigio de la oposición democrática, la judicialización de las protestas populares y la represión callejera. Al que no quiere caldo, se le dan dos tazas.
Pero una cosa es lo que ellos piensan que pueden hacer y otra lo que nosotros le permitamos hacer. Ahora mismo están muy creciditos con su victoria electoral, pasando por alto que el hecho de que, haya o no haya sido legítima (hay motivos suficientes para dudar de su legitimidad), su victoria es una victoria pírrica. 12 millones 700 mil colombianos han depositado su voto en las urnas en contra de todo lo nefasto que ellos representan. Hoy por hoy el Pacto Histórico es el partido político más poderoso del país y nada podrá hacer el gobierno de Abelardo, y la coalición de fuerzas políticas que lo catapultó a la presidencia sin contar con la más firme oposición. En el parlamento, en los tribunales, en las organizaciones populares de todo tipo, en los sindicatos, en los medios de comunicación, etcétera. Es lo que tiene la compra de votos y la manipulación electrónica de los mismos: que su efecto político es duradero a condición de que la ciudadanía, después del fervor electoral, se hunda en la apatía y la desmovilización. Cuando la ciudadanía permanece activa, cuando hace suya la consigna de la desobediencia civil, el efecto político de esas victorias amañadas se desvanece en el aire como el puño en la mano abierta. Hemos perdido una batalla, pero no hemos perdido la guerra.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: Asuntos Legales

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