“Lo hace igual en todas las guarniciones donde va”, agregó rencoroso. Percibí que menos le dolía el trote madrugón que el desayuno que había dejado servido. Yo imaginé a Uribe Vélez trotando en la oscuridad entre los barracones con veinte o más hombres para dar “ejemplo” de esfuerzo a su tropa. Ese día pensé, que al mandatario le faltaba entusiasmo por la cama, y quien le mermara esos bríos de macho trochador con “paso fino colombiano” que gustaba montar tomando tinto en las ferias de Antioquia, y que fascinan a los “caballistas” de este país, tengan sumario judicial o no.
Y me confidenció, que Uribe estaba insistiendo en que debían prepararse para entrar en guerra con Venezuela. ¿Y hay planes?, pregunté alarmado; y él contestó que había oído de algunos. Yo me di por suficientemente ilustrado. Deduje que mi general – porque es el de mi cuento –, no estaba de acuerdo con semejante plan. Un secreto muy guardado en sus detalles por él y los generales en retiro, o retirados, que en el caso da igual. Una tragedia nacional de la que nos libró, sin saberlo, la Corte Constitucional al negarle el tercer período que buscaba.
¿En qué estado de avance quedó ese proyecto militar? ¿Dónde andarán esos papeles? Ese hombre habló en serio, pero tal vez nunca tengamos respuestas.
Hoy, en cambio, al ver al gobernante De la Espriella trotando en la noche por algún lugar de Santa Marta asegurado militarmente de antemano, delante de las cámaras de Palacio y acompañado por medio pelotón de escoltas, es inevitable preguntarse cuánto de verdad o de pantomima hay en toda esa secuencia.
Transformarse en otro verazmente, adoptar una naturaleza distinta sin admitir dudas, es la obra suprema del engaño, y por ello mismo es una habilidad reservada al mundo de la imaginación y el mito narrados, no al de los hechos verdaderos o las imágenes.
En “La Odisea” de Homero (no en la película de Christopher Nolan, 2026), Zeus se transforma en animales y cosas para yacer con cuanta diosa y mujer lo antojó, sin que descreamos de esas mudanzas porque permanecemos en el campo de lo imaginado por nosotros, junto al autor. En “Las mil y una noches” hay hombres vueltos bestias y viceversa tan convincentes, que el Califa feminicida – dirán hoy – al que Sherezade engañaba, se lo creyó. Y como lectores lo creemos también.
Cosa distinta sucede cuando la transformación se pasa a la imagen, pues en cuanto el ojo descubre la impostura aquella se convierte en disfraz. Es decir, en lugar de uno en otro, el otro es el mismo. Es lo que vemos en el film “Shakespeare enamorado” (1998), con la joven que inspira en el guion al dramaturgo inglés, que se disfraza de hombre para ser admitida en el montaje de una obra, pero todos vemos a la muchacha debajo de los barnices. El disfraz es mera simulación, aunque pueda ser eficaz temporalmente. En el arte, pues en la política es farsa.
Y a nuestro nuevo gobernante se le vio usando una ajustada camiseta verdeolivo sin asolear, pantalón tubular y pistola al cinto – sin saberse si cuenta con licencia para su porte –; en plan de plantarle cara a la organización armada de Los Pachencas que, en desquite por la muerte de varios de sus hombres por el ejército, decretaron un paro armado en Santa Marta.
Y aquí vuelve el cotejo entre lo veraz y lo simulado, entre la imaginación y la realidad. Mientras aquél presidente trotaba en Apiay a oscuras y sin cámaras porque estaba trabajando, éste lo hace sólo porque hay cámaras, y está actuando, simulando que desafía personalmente a los bandidos, con desmedro de la majestad de su cargo. Porque así como debajo del disfraz de hombre seguimos viendo a la chica, debajo del disfraz de subteniente seguimos viendo a nuestro presidente. ¡Qué susto!, dirán los criminales que conocen cuánto duran esas puestas en escena de gobierno, aunque ahora tengan más cartón y luces. Falló la producción al no asperjar agua en el cuello y la espalda de la camiseta para fingir esfuerzo, como los galanes de gimnasio.
Porque si el esfuerzo del presidente hubiese sido veraz y efectivo para frustrar el paro armado de Los Pachencas, no hubiésemos visto las calles desoladas por completo. Porque los ciudadanos que votaron por él – y los que no lo votaron – se resguardaron en sus hogares, sabedores de que no hay tigre que muerda en serio cuando los tiros suenan en la calle. Y en la mañana se vieron hombres bajándose de motos y disparando de frente y sin miedo a los pequeños comerciantes que se atrevieron a abrir sus negocitos. Nuestro tigre está cerca, muy cerca de proteger a los Char, a los Daes y semejantes, pero muy lejos de los hogares y negocios a los que extorsiona y asesina durante 365 días al año esa banda de criminales y otras más.
Creo que las diez o doce camionetas de la caravana de nuestro gobernante, fueron las únicas que transitaron las calles para las tomas de video requeridas, antes de que Él regresara a casa a buscar un negroni acompañado con prosciutto y unas olivas sicilianas de Trapani. Afuera, la soledad y el silencio inusual en esa costa a los pies de la sierra sagrada, gritaban que reinaba un paro fantasma. Porque así aparece en los informes oficiales y en los boletines de la gran prensa cómplice, esa sí, visiblemente asustada.
Y al día siguiente, como ha ocurrido durante décadas a pesar de las declaraciones a muerte a los bandidos, Santa Marta regresó a la normalidad. Es decir, al control de los paras y narcos del agua, la electricidad, los gana gana, las chancerías, los pequeños hostales y moteles, los taxis, las ventas de empanadas y de cualquier cosa en el mercado. Porque, con respeto, señor presidente, esos tipos saben darse la vuelta y escurrir el bulto cuando llega la caballería, y a usted no le queda bien hacer tanta musaraña. Mire que estaban ahí antes que usted y yo, y ahí seguirán en cuatro años… palabra que sí.
Álvaro Hernández V.
Foto tomada de: El País

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