Las elecciones presidenciales de Brasil de 2022, que culminaron con el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva sobre Jair Bolsonaro, pusieron de manifiesto un fenómeno de extraordinaria importancia para comprender las transformaciones políticas y religiosas de América Latina: la creciente participación de las iglesias en las disputas por el poder político. Esa misma situación se puso de presente en las elecciones del 25 de octubre de 2026 entre Lula y Flavio Bolsonaro.
La confrontación electoral no se limitó a dos proyectos de gobierno. También expresó diferencias ideológicas, culturales y religiosas que atravesaron a la sociedad brasileña. Las iglesias católicas y evangélicas, lejos de permanecer al margen, participaron mediante sus dirigentes, organizaciones y comunidades de creyentes, aunque con posiciones diversas y, en ocasiones, contrapuestas.
Lo verdaderamente significativo es que una misma tradición religiosa, el cristianismo, sirvió como referencia para respaldar proyectos políticos enfrentados. Mientras importantes sectores evangélicos se identificaron con Bolsonaro, una parte considerable del electorado católico respaldó a Lula. Sin embargo, ninguna de estas comunidades actuó como un bloque homogéneo.
Esta realidad plantea un interrogante fundamental: ¿cómo puede una religión que predica principios de amor, justicia, solidaridad y fraternidad convertirse en fuente de legitimación de proyectos políticos tan diferentes?
Responder esta pregunta exige examinar las relaciones entre religión, poder, condiciones materiales de existencia y formación de la conciencia política.
- La religión como protagonista de la confrontación electoral
En las elecciones de 2026 la victoria de Lula no fue tan amplia: obtuvo el 51,79 % de los votos válidos frente al 48,21 % de Flavio Bolsonaro. Pero detrás de estos resultados se manifestó una importante diferenciación religiosa.
Los estudios de opinión realizados durante la campaña mostraron que Bolsonaro contaba con un respaldo especialmente elevado entre los evangélicos, mientras Lula mantenía una ventaja entre los católicos.
Estas diferencias no surgieron espontáneamente. Durante las últimas décadas, Brasil experimentó una profunda transformación de su composición religiosa, caracterizada por la disminución relativa del catolicismo y el crecimiento de las iglesias evangélicas, particularmente pentecostales y neopentecostales.
Este cambio no solamente modificó el panorama espiritual del país. También transformó las relaciones de poder, las formas de organización comunitaria y los mecanismos de influencia política.
Numerosas iglesias evangélicas desarrollaron redes territoriales, medios de comunicación, organizaciones asistenciales y estructuras de representación política. Algunas adquirieron una considerable capacidad para orientar debates públicos y movilizar electores.
Bolsonaro encontró respaldo en sectores de este universo religioso mediante un discurso centrado en la familia tradicional, los valores cristianos, la seguridad y la oposición a determinadas políticas sobre género y sexualidad.
Lula, por su parte, recibió apoyo de sectores católicos vinculados a la pastoral social, de cristianos progresistas y de creyentes que identificaban sus propuestas con la lucha contra el hambre, la pobreza y la desigualdad.
No se trataba, por tanto, de una confrontación entre creyentes y no creyentes, sino de una disputa entre distintas interpretaciones políticas y sociales del cristianismo.
- De la disputa por los creyentes a la disputa por los símbolos nacionales
Uno de los aspectos más reveladores de las tensiones religiosas brasileñas ha sido la controversia alrededor de Nuestra Señora de Aparecida, reconocida como patrona de Brasil y profundamente arraigada en la tradición católica.
En 2007, el diputado y pastor evangélico Victório Galli presentó una iniciativa legislativa para modificar ese reconocimiento, proponiendo que la Virgen fuera denominada patrona de los brasileños católicos, en lugar de patrona de toda la nación. La propuesta fue archivada en 2008.
Aunque este episodio fue anterior a las elecciones de 2022 y no constituye una propuesta atribuible directamente a Bolsonaro, permite comprender una tensión histórica que adquirió relevancia en el contexto de la creciente influencia política evangélica.
El problema trasciende la veneración de una imagen religiosa. Lo que está en discusión es quién posee la autoridad simbólica para representar la identidad espiritual de una nación.
Durante siglos, el catolicismo ocupó una posición predominante en la vida religiosa y cultural brasileña. El crecimiento evangélico ha cuestionado esa posición y ha impulsado nuevas disputas por el reconocimiento público y la influencia institucional.
Desde esta perspectiva, la confrontación religiosa no solamente expresa diferencias doctrinales. También revela una competencia por espacios de poder, legitimidad cultural y capacidad de representación social.
Sin embargo, esta controversia plantea igualmente un problema democrático: ¿hasta dónde puede el Estado reconocer símbolos de una tradición religiosa sin desconocer la diversidad de creencias de sus ciudadanos?
La respuesta exige distinguir entre el valor histórico y cultural de los símbolos religiosos y la obligación estatal de garantizar la libertad de conciencia y la igualdad religiosa.
- Las iglesias como espacios de solidaridad y estructuras de poder
Reducir la influencia política de las iglesias a la manipulación de sus fieles sería un error sociológico. Las organizaciones religiosas cumplen funciones mucho más complejas.
Para millones de personas, especialmente en sectores populares, las iglesias representan espacios de encuentro, solidaridad, reconocimiento y apoyo frente a las dificultades de la vida cotidiana.
En comunidades afectadas por la pobreza, el desempleo, la inseguridad y las limitaciones de los servicios públicos, las organizaciones religiosas pueden proporcionar alimentación, acompañamiento emocional, ayuda económica y redes de cooperación.
La religión se convierte así en un mecanismo de subsistencia material y espiritual.
Pero estas mismas relaciones pueden generar formas de autoridad y dependencia. Cuando el reconocimiento comunitario y la ayuda social se articulan con orientaciones políticas, la autoridad religiosa puede adquirir capacidad de influencia electoral.
Esto no significa que los creyentes carezcan de autonomía. Significa que sus decisiones políticas se construyen dentro de relaciones sociales donde intervienen la confianza, la identidad, las necesidades materiales y la autoridad simbólica.
Aquí encontramos una contradicción particularmente importante: personas pertenecientes a los mismos sectores sociales, que enfrentan dificultades económicas semejantes y comparten creencias cristianas, pueden respaldar proyectos políticos profundamente diferentes.
La explicación radica en que la conciencia política no depende exclusivamente de la posición económica. También intervienen las identidades culturales, los valores morales, las experiencias comunitarias y las interpretaciones religiosas de la realidad.
- Religión, ideología y hegemonía política
Las teorías de Karl Marx, Max Weber, Antonio Gramsci y Pierre Bourdieu ofrecen herramientas para interpretar esta realidad.
Marx permite relacionar las creencias religiosas con las condiciones materiales de existencia y las contradicciones sociales. Weber ayuda a comprender cómo la autoridad religiosa puede transformarse en una forma de legitimidad política.
Gramsci resulta especialmente pertinente porque considera que la lucha por el poder también se desarrolla en el terreno de la cultura, las ideas y la construcción del consentimiento social. Las iglesias, como organizaciones de la sociedad civil, pueden participar activamente en esa disputa por la hegemonía.
Bourdieu, por su parte, permite examinar cómo el prestigio, el reconocimiento y la autoridad espiritual constituyen formas de capital simbólico susceptibles de adquirir influencia política.
Desde estas perspectivas, las iglesias no son instituciones políticamente neutras por naturaleza, aunque tampoco poseen una orientación ideológica única.
Pueden contribuir a legitimar estructuras de poder, cuestionar injusticias sociales, promover la organización comunitaria o participar en proyectos de transformación política.
Lo determinante son las condiciones históricas y sociales en las que actúan, las relaciones que establecen con el poder y la capacidad de sus comunidades para deliberar y decidir autónomamente.
- Brasil y las transformaciones religiosas de América Latina
La experiencia brasileña no constituye un fenómeno aislado. En diferentes países latinoamericanos, el crecimiento de las iglesias evangélicas ha modificado las relaciones tradicionales entre religión y política.
Durante buena parte de la historia republicana, la Iglesia católica desempeñó un papel predominante en la educación, la moral pública, la organización social y las relaciones con el Estado.
La expansión evangélica introdujo nuevos actores religiosos que, además de disputar creyentes, comenzaron a participar en debates legislativos, organizaciones políticas y procesos electorales.
Colombia también experimenta estas transformaciones. En ciudades como Barranquilla, la expansión de comunidades religiosas y su presencia en sectores populares plantean interrogantes sobre las relaciones entre asistencia social, liderazgo espiritual, participación ciudadana y poder político.
Pero es indispensable evitar una interpretación uniforme: no todas las iglesias evangélicas sostienen las mismas posiciones, ni todos los católicos comparten idénticas orientaciones políticas.
El desafío consiste en investigar empíricamente cuándo las organizaciones religiosas amplían las capacidades de participación de sus miembros y cuándo determinadas prácticas pueden limitar su autonomía.
- Entre la libertad de conciencia y la disputa por el poder
Las elecciones brasileñas de 2026 demostraron que la religión continúa siendo un componente relevante de la vida política contemporánea, incluso en sociedades caracterizadas por procesos de secularización, pluralismo y modernización cultural.
La confrontación entre Lula y Bolsonaro evidenció que las creencias religiosas pueden ser interpretadas y movilizadas en función de proyectos políticos diferentes, sin que exista una correspondencia automática entre pertenencia religiosa y comportamiento electoral.
La disputa entre sectores católicos y evangélicos también refleja transformaciones más profundas: el debilitamiento relativo de antiguas hegemonías religiosas, la aparición de nuevos liderazgos y la creciente competencia por la legitimidad cultural y política.
Pero la cuestión fundamental no consiste en determinar cuál confesión religiosa debe ejercer mayor influencia sobre el Estado.
El verdadero problema democrático es establecer si las relaciones entre religión y política contribuyen a formar ciudadanos autónomos, capaces de deliberar y decidir libremente, o si determinadas estructuras de autoridad espiritual terminan convirtiéndose en mecanismos de subordinación ideológica y electoral.
En última instancia, la experiencia brasileña deja una pregunta abierta para toda América Latina:
¿La expansión de las organizaciones religiosas está contribuyendo a democratizar la participación política o está dando lugar a nuevas formas de concentración del poder simbólico y de influencia sobre la conciencia de los ciudadanos?
Responderla exige estudiar la religión no solamente como un sistema de creencias, sino como una realidad social atravesada por intereses, necesidades, solidaridades, contradicciones y relaciones de poder.
Fuentes documentales.
- Tribunal Superior Electoral de Brasil: resultados oficiales de 2026.
- José Eustáquio Diniz Alves: los votos de Lula y Bolsonaro por región y religión.
- Cámara de Diputados de Brasil: Proyecto de Ley 2623 de 2007 sobre Nuestra Señora de Aparecida.
José Camacho Gamero
Foto tomada de: TeleSol Diario

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