¿Se entiende ahora el silencio sepulcral del presidente del Gobierno alemán, sentado junto a Trump en la Casa Blanca, cuando este amenazaba a Europa?
Llevamos un tiempo en que un buen puñado de Estados argumenta que es necesario armarse para defenderse; algunos, incluso, ofrecen su industria armamentista. Sin embargo, no especifican claramente en qué consiste esa defensa. Resulta paradójico el caso de los Gobiernos europeos frente a Rusia, pues la castigan, pero siguen casi acaparando su gas. Hay más ejemplos como ese.
En cualquier caso, las armas suelen «desembocan» en guerras. ¿No será el objetivo último que nuestros impuestos paguen unas armas que enriquecen a sus fabricantes? ¿Por qué nos dejamos engañar por nuestros Gobiernos, que nos sugieren comprar armas para defendernos? ¿Está la industria armamentista exigiendo su «derecho de pernada» capitalista? ¿Quieren equipararse en riqueza a los señores «tecnofeudales»?
Emoción versus razón
El cartesianismo nos impuso que la razón es superior a las emociones. Sin embargo, nos sentimos muy atraídos por lo incierto, porque el espíritu utiliza la imaginación para jugar con el azar y el destino.
En el caso de la guerra, esta se ocupa de fuerzas materiales y morales que le permiten actuar en el ámbito de lo desconocido, llenándolo de un valor y una confianza esenciales para conseguir la eclosión de la guerra.
La guerra es un medio arduo para llegar a un fin —la política— también arduo
A la guerra le gusta lo azaroso, pero no es un juego de azar, sino un medio que pretende conseguir un fin intrincado, y «salta a la palestra» cuando se presenta una situación política apta basada en intereses económicos que necesitan la política como «brazo ejecutor» para conseguir sus objetivos.
Tras los múltiples y variados conflictos políticos que se desarrollan en el mundo, la imposición de la voluntad de uno de los bandos requiere de una industria armamentista que respalde a atacante y resistente. Pero la guerra no es una acción entre fuerzas distintas que se resuelve en un solo acto ni tampoco se desarrolla regular y uniformemente, porque quien declara la guerra pretende vencer la resistencia del oponente, que utiliza la inercia y las fricciones para debilitar al atacante. Por tanto, la fuerza que aplique el atacante impulsará un gasto energético que incidirá en su agotamiento más o menos rápidamente. En cualquier caso, la duración en una guerra está asegurada y depende del ataque y la resistencia que apliquen sus protagonistas.
Con todo, si bien la guerra es un medio al servicio de un fin político, este está obligado a adaptarse a los medios bélicos con los que cuenta. Recordemos que Trump ha tenido que interrumpir varias veces sus ataques a Irán porque se ha quedado sin un tipo de armas necesarias para castigar a su enemigo. Asimismo, la naturaleza política de una guerra puede alterarse y ejercer su influencia sobre los conflictos bélicos.
Conviene insistir, pues, en la naturaleza instrumental —no política— de la guerra y en compartir con otros instrumentos la gestión de las relaciones políticas.
La diversidad bélica
Depende de la naturaleza de las circunstancias políticas, que, a su vez, dependen del sistema económico en que se producen.
Cuanto más importantes y de mayor entidad sean los motivos bélicos, cuanto más afecten a los intereses vitales de los pueblos, cuanto mayor sea la tensión que preceda a la guerra, con más empeño se tratará de derribar al adversario. Por eso tienden a confundirse el objetivo bélico y el fin político, pero la guerra es un instrumento político, no un acto independiente.
¿Cómo es posible que, en un hecho bélico, de repente y solo en apariencia, se combinen una serie de elementos para estallar a continuación? Ocurrió en Yugoslavia tras la muerte de su presidente, Tito. Para comprenderlo, debemos tener claro que toda guerra es una combinación del poder primordial de sus elementos, del odio y la enemistad que pueden mirarse como un ciego impulso de la naturaleza, de la caprichosa influencia de la probabilidad y el azar, y de la subordinada naturaleza de un instrumento político.
¿Cuál es el fin de la guerra y con qué medios cuenta?
La naturaleza de una guerra y su mutabilidad dependen de las fuerzas militares, el país y la voluntad del enemigo. No obstante, una guerra no implica una solución completa y definitiva ni un final seguro. Paradójicamente, es la paz la única que puede consumar el objetivo político y cerrar el conflicto bélico.
El aniquilamiento de las fuerzas contrarias, finalidad primordial de toda guerra, es progresivo; también la conquista del territorio. Sin embargo, dejar inerme al adversario no es lo habitual ni tampoco la condición necesaria para la paz. De hecho, incluso la desigualdad de fuerzas físicas entre oponentes podría alcanzar una magnitud susceptible de ser compensada por fuerzas morales. Es lo que ocurre en Palestina: el genocidio israelí no consigue aniquilar la fuerza moral de los palestinos.
Los objetivos políticos pueden variar tanto a lo largo de una guerra que, al final, sean completamente distintos de los propuestos al principio, porque están determinados por los resultados y por la probabilidad de los acontecimientos.
Tampoco debemos obviar que un atacante, frente a los cambios que se producen a lo largo de una guerra, aunque tenga como objetivo derrotar al adversario, termine convirtiéndose en derrotado si no lo aniquila ni conquista sus territorios. Les ocurrió a Napoleón y Hitler en Rusia.
El poder de la resistencia
El desgaste del contrario es fundamental, pero requiere de una acción constante para agotar las fuerzas físicas y la voluntad del enemigo. Conseguirlo depende del despliegue de fuerzas y de la capacidad de resistencia del atacado. En Vietnam y Afganistán, por ejemplo, al agresor le costó someter al agredido porque presentaron una resistencia que restó fuerzas al contrario y lo obligó a desistir de su intento. Se está repitiendo en Irán. Por tanto, las actitudes ofensiva y defensiva son fundamentales en un conflicto bélico.
Todo propósito bélico basado en la resistencia implica la reunión de todos los medios que la favorezcan para conseguir ser superiores a la acción ofensiva del enemigo. Si acumulan la suficiente energía, la lucha se dilatará en el tiempo y mermará las fuerzas del atacante hasta llevarlo a un punto tal de desgaste que, al final, abandonará la empresa.
Dentro de la resistencia, la personalidad y las fuerzas moral e ideológica del líder juegan un papel importantísimo, porque acaban impresas en los soldados.
La lucha bélica
Es una estructura organizada de forma compleja y a distintos niveles: como objeto y sujeto, como determinación y ordenamiento de combates, como creación del ejército, como utilización del armamento adecuado…
La lucha bélica se encamina al aniquilamiento del contrario y de su capacidad de combatir, y la destrucción de las fuerzas enemigas es la finalidad del combate, que puede ser muy variada: destrucción de los medios del enemigo, ocupación de su territorio, usurpación de sus riquezas… No solo se enfrentan dos ejércitos, sino también dos Estados, dos pueblos, dos países… O dos grupos formados por varios ejércitos, Estados, pueblos y países…
Sin embargo, el aniquilamiento de las fuerzas contrarias no tiene por qué ser un fin; también puede ser un medio. Asimismo, destruir las fuerzas enemigas no tiene por qué referirse a un aniquilamiento físico; puede ser moral y, por tanto, más profundo. Ahora bien, este último puede resultar tan costoso que fracase el objetivo general y, por tanto, le ocasione al agresor mayores perjuicios que beneficios. Este último caso me recuerda las guerras del opio entre la Gran Bretaña colonizadora y el Imperio chino. Los británicos consiguieron vencerlo gracias a su superioridad técnica y hundirlo durante casi un siglo. Sin embargo, ha renacido de forma brillante y se ha convertido en la máxima potencia mundial.
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1Tomado literalmente de Le Monde Diplomatique en español.
Pepa Úbeda

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