Los documentos asociados al llamado “Proyecto 1980” (1980s Project), iniciativa de investigación estratégica impulsada en 1973 por el Council on Foreign Relations (CFR), buscaban analizar cómo debía reorganizarse el orden internacional frente a la crisis económica, energética y geopolítica de los años setenta. No se trató de un único documento, sino de una serie de estudios, informes y libros sobre crisis monetaria internacional, energía y petróleo, comercio mundial, relaciones Este-Oeste, gobernabilidad global, deuda externa y reestructuración del sistema económico internacional. Entre los textos más conocidos asociados a esta iniciativa se encuentra “Alternatives to Monetary Disorder”, escrito por Fred Hirsch y otros autores.
Estos planteamientos, junto con discusiones promovidas en espacios como la Comisión Trilateral, reflejaban una visión orientada hacia una “desintegración controlada” de la economía mundial, basada en políticas de austeridad, restricción monetaria y ajuste estructural, justificadas bajo argumentos malthusianos de contracción poblacional. En ese contexto suele citarse una conferencia pronunciada en Londres en 1978 por Paul Volcker, donde afirmó que “una desintegración controlada de la economía mundial es un objetivo legítimo para los años 80”[iii].
Para lograrlo, Volcker, ya como presidente de la Reserva Federal, elevó las tasas de interés hasta el 21,5 % en 1981, lo que desencadenó una crisis de deuda que obligó a decenas de países a someterse a las recetas del Fondo Monetario Internacional. Las consecuencias fueron recesión, ajustes estructurales, aumento de la pobreza, hambrunas y desindustrialización.
No fue un error técnico: fue una política deliberada de desintegración, coherente con la tradición malthusiana que concibe a la mayoría de la humanidad como una carga que debe eliminarse.
Detrás de los discursos actuales sobre “estabilidad financiera” o “seguridad nacional” se esconde una vieja doctrina imperial: la concepción del ser humano como ganado o animales cuyo crecimiento debe controlarse, supuestamente porque pone en riesgo la ecología y agota los recursos naturales, condenando así a las futuras generaciones a la escasez y la desaparición.
Pero lo cierto es exactamente lo contrario. El ser humano se diferencia del mundo animal precisamente por su poder creativo: la capacidad de transformar el territorio, incrementar la densidad relativa potencial de población (DRPP) mediante el descubrimiento de nuevos principios físicos y, al aplicarlos a los procesos económicos, elevar la productividad del trabajo, ampliar el espectro de los recursos disponibles y redefinir los límites mismos de lo que consideramos “natural”. Es decir, somos la única especie viviente con capacidad de transformar la llamada “capacidad de carga del planeta”.
No es el hombre quien agota el planeta, sino el sistema imperial malthusiano el que, al negar la creatividad humana, impone artificialmente la escasez como dogma y la guerra como política.
El escenario actual: guerra energética y bloqueos estratégicos
Esa misma política de “desintegración controlada” está en vigor hoy, con nuevos rostros, pero idéntica esencia: agresiones militares, guerra energética, bloqueos comerciales, inflación inducida y endurecimiento monetario.
Se manifiesta en la guerra contra Irán, los ataques al sector petrolero de Rusia y los asaltos a la soberanía de países iberoamericanos. Un elemento crítico es el bloqueo al estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial. La interrupción de los flujos comerciales ha disparado los precios de la energía, los fertilizantes y el transporte, afectando severamente a los países dependientes de importaciones.
A esto se suman los ataques a la infraestructura energética rusa en el mar Negro y el golfo de Finlandia. El encarecimiento de fertilizantes y combustibles amenaza con una nueva oleada inflacionaria y riesgos de inseguridad alimentaria en Asia, África y América Latina.
Una vez más, las cargas recaen sobre el mundo en desarrollo. El objetivo es doble:
- Coartar el ímpetu anticolonial que se expresó históricamente en la Conferencia de Bandung (1955) y que hoy se renueva en procesos como los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
- Generar mortalidad poblacional inducida mediante hambrunas, guerras, pandemias y muertes evitables, bajo el manto de una supuesta “estabilidad financiera” o “sostenibilidad ambiental”.
No se trata de efectos colaterales, sino de la lógica interna del sistema imperial: reducir la población del Sur global para mantener el dominio del Norte financiero.
El poder creativo de la mente humana: causa del proceso económico
Aquí debemos introducir la categoría adecuada, aquella que los economistas convencionales ignoran: la densidad de población relativa potencial[iv] (per cápita y por kilómetro cuadrado). Esta es la verdadera medida del progreso económico físico. No se trata de PIB nominal, sino de la capacidad de una sociedad para aumentar su productividad laboral mediante descubrimientos científicos y tecnológicos, elevando sostenidamente el nivel de vida de una población en crecimiento.
Cuando se bloquea el acceso a la energía o se encarecen los fertilizantes, no solo se contrae la producción: se destruye la base material para futuros descubrimientos y para la supervivencia misma de poblaciones enteras. La pregunta que eluden los estrategas de la “desintegración controlada” es: ¿cuántas vidas no se vivirán como consecuencia de estas políticas? ¿Cuántos niños morirán de hambre o enfermedades evitables para que los mercados financieros sigan “ordenados”?
Este colapso hacia la despoblación no es un accidente, sino la intención explícita del sistema imperial anglo – holandés que ha padecido el mundo durante más de 500 años. Desde el Zeus olímpico que castiga a Prometeo por dar el fuego a la humanidad, pasando por la oligarquía financiera veneciana, el Imperio Británico de la Compañía de las Indias Orientales, hasta el actual neoliberalismo anglo-holandés, la misma doctrina se repite: la mayoría de los seres humanos debe ser tratada como ganado, no como criatura hecha a imagen del Creador.
Esa capacidad creativa de la estamos dotados los seres humanos es la base de la economía y de la verdadera felicidad de las personas: vivir para servir a las generaciones actuales y futuras. El imperialismo es, en esencia, la negación sistemática de esa capacidad.
Ciertas medidas técnicas podrían retrasar el derrumbe: alivios de deuda, inyecciones de liquidez, acuerdos energéticos temporales. Pero no pueden detenerlo mientras se mantenga la misma lógica geopolítica de “todos contra todos” y la supremacía del capital financiero especulativo sobre la economía física real.
La única solución verdadera es sustituir por completo la perspectiva de geopolítica y guerra por una nueva arquitectura mundial de seguridad y desarrollo, basada en objetivos comunes de la humanidad. Esto implica rechazar la noción bestial de que hay “clases superiores” con derecho a gobernar sobre rebaños humanos.
Alternativas en construcción: BRICS, Franja y Ruta y el nuevo orden multipolar
A pesar del pesimismo inducido, el espíritu anticolonial no se ha rendido. Procesos como los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y la Iniciativa de Franja y la Ruta avanzan. Rusia no se derrumbó a causa de la guerra y el bloqueo; Irán resiste como pilar estratégico de un nuevo orden de justicia y equidad. India, China y Rusia conforman un triángulo geoeconómico que promueve un nuevo orden multipolar y cooperativo, basado en producción, ciencia, tecnología e infraestructura, no en la usura.
La gran ventaja de hoy —a pesar de que el sistema imperial cuenta con armas nucleares— es que, si las naciones del mundo se unen para aprovechar esta crisis y sustituir el sistema moribundo por una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo que tenga en cuenta los intereses y necesidades de todas las partes, podremos eliminar el sistema imperial para siempre, relegándolo a una era pasada de la civilización humana.
Una misión de tal envergadura debe basarse en el desarrollo como fundamento de una paz estable y duradera. Es la única forma de eliminar la causa perpetua de la guerra: la ridícula noción imperial de que el hombre es una bestia que debe ser gobernada con leyes de establo.
Tenemos que acabar con el acaparamiento geopolítico de las riquezas y construir un orden mundial de repúblicas soberanas, donde la creatividad de cada persona sea el verdadero motor de la historia.
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[i] La «desintegración controlada de la economía mundial» fue una estrategia debatida por el Council on Foreign Relations (CFR) y popularizada a mediados de los años 70 por Fred Hirsch, de The Economist. Su objetivo era gestionar el fin del crecimiento industrial ilimitado, al cual consideraban adverso para la naturaleza y la estabilidad social. A partir de 1973, el CFR institucionalizó esta visión mediante el «Proyecto 1980», un plan de transformación global que situó a la desintegración económica como su eje central. Esta gestión, en sintonía con los objetivos de la Comisión Trilateral, buscaba mitigar el impacto ecológico y promover la reducción de la población; una prioridad estratégica para los sectores malthusianos que operan dentro del sistema internacional.
[ii] Portavoz informal de las élites económicas británicas y transatlánticas.
[iii] https://newswithviews.com/socialism/socialism1.htm
[iv] Capacidad de una sociedad para aumentar la productividad laboral per cápita y por km² mediante el descubrimiento de nuevos principios físicos. A diferencia de la densidad bruta, mide progreso real, no hacinamiento. Su caída implica destrucción de población y retroceso civilizatorio.
Carlos Julio Diaz Lotero
Foto tomada de: La Vanguardia

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