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Hay que replantear la política defensa nacional

18 mayo, 2026 By Carlos Jimenez Leave a Comment

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El mundo está en guerra. Se puede discutir si ya estamos en la Tercera Guerra Mundial o si todavía no, pero lo que no se puede discutir es el hecho incontestable de que actualmente hay más frentes de guerra abierta de los que ha habido durante décadas. Menciono los más candentes:  Níger, Somalia y Sudan y dos guerras que están a punto de convertirse en detonantes de una guerra nuclear generalizada: la de Ucrania y la del Medio Oriente, con sus escenarios bélicos: Irán, Arabia saudita, las monarquías del Golfo Pérsico, Líbano y Yemen.  El gasto militar en el mundo entero se ha disparado hasta niveles nunca antes vistos. Tal y lo confirman informes recientes del   Instituto Internacional de Estudios para la paz de Estocolmo. Hechos a los que hay que sumar el bombardeo mortífero de lanchas de presuntos narcotraficantes en el mar Caribe y en el océano Pacífico, el bloqueo naval de Cuba y Venezuela y el recrudecimiento de la lucha del gobierno nacional contra los movimientos insurgentes todavía actuantes.

Esta ominosa coyuntura bélica impacta, como no podía ser de otra manera, a nuestro país. Obliga a un replanteamiento, entre otras cosas, de nuestra política internacional y específicamente de nuestra política de defensa nacional. Puesta en cuestión incluso desde su misma base material: el gasto militar. Que hasta la fecha ha absorbido en promedio la quinta parte del presupuesto nacional debió al sangriento conflicto interno que asola al país desde hace décadas y que todavía, para nuestra desgracia, pega coletazos. Un gasto militar que, con independencia del signo político del próximo gobierno, tendrá que ser revisado en el contexto del estrés que seguramente producirá la recesión de la economía mundial, generada o desencadenada por el desplome de la producción de hidrocarburos en el Medio Oriente. Es prácticamente inevitable que dicho gobierno se vea obligado a adoptar medidas monetarias, crediticias y fiscales extraordinarias para enfrentar los efectos negativos de tal recesión. Medidas que serían aún más onerosas si la recesión anunciada se convierte en abierta depresión mundial, como anticipan diversos analistas internacionales, entre ellos el muy respetado economista Michael Hudson.

Es necesario advertir que los beneficios extraordinarios que cabría esperar de la subida espectacular del precio del barril de petróleo podrían ser neutralizados o minimizados por el aumento de los precios de la gasolina, el gas y los fertilizantes en el mercado nacional. Y al límite por una reducción de la demanda de hidrocarburos derivada de una eventual depresión económica mundial. Aviso para navegantes: la insurrección popular que, en Bolivia ha puesto al gobierno del presidente Rodrigo Paz contra las cuerdas, fue detonada por un alza del 83% del precio de la gasolina y del 103% en el precio del gas.

Es igualmente previsible que, en dicho escenario regresivo, el debate nacional en torno al abultado monto del gasto militar enfrente a quienes aboguen por la reducción o al menos el congelamiento del mismo y quienes, argumentando el incremento mayúsculo de las tensiones geopolíticas a escala planetaria pidan, por el contrario, su incremento.

Yo pienso que dicho debate no debe ni puede limitarse al plano estrictamente presupuestario. Que es indispensable adelantarlo en el marco de un debate sobre la política nacional que es la que en definitiva decide por qué, en qué hay y cuanto hay que gastar en nuestras fuerzas armadas.  Y que hasta la fecha ha estado indisolublemente ligada a los intereses estratégicos de Washington. Con consecuencias que, si hasta ayer pudieron ser positivas, hoy parecen francamente negativas.

Menciono, para empezar, nuestro alineamiento por décadas con la doctrina de “Defensa hemisférica”, que, según la interpretación que hace del mismo la actual interpretación de la administración Trump, implica que nuestras fuerzas armadas respalden la política de expulsión de las empresas, las inversiones y los proyectos de desarrollo chinos de América Latina. Y por ende de nuestro país. Una política que responde a la política fieramente proteccionista del presidente Trump, pero que va en contra de nuestro interés de utilizar la libre competencia entre las grandes potencias económicas del mundo en beneficio de nuestro desarrollo económico y social. El régimen de monopolio económico que Washington pretende imponer en nuestro continente nos retrotrae a la época en la que éramos una colonia de la Corona española. Ese monopolio es contrario por lo tanto a nuestra independencia y soberanía nacionales.

También hay que contar con el hecho de que el desencadenamiento de una guerra abierta contra la República Popular China es el objetivo defendido abiertamente en Washington por muy influyentes poderes económicos y financieros y por notables líderes políticos y mediáticos estadounidenses.

¿Qué sentido tiene entonces que nuestras fuerzas armadas sigan participando en ejercicios militares conjuntos con las fuerzas armadas estadounidenses en el marco de la doctrina de la defensa hemisférica? ¿Se trata de prepararnos para combatir en dicha guerra, como combatimos bajo la bandera de las barras y las estrellas en la guerra de Corea librada entre 1950 y 1953, de la que aún quedan secuelas? En la que pusimos los muertos, los mutilados y los heridos y de la que no obtuvimos ningún beneficio.

Como lo ha recordado el presidente Petro, Corea del Sur, que entonces era un país empobrecido por medio siglo de guerra y saqueo colonial japonés, es hoy un país que se sitúa entre los primeros del mundo por su impresionante desarrollo tecnológico, mientras que nosotros seguimos siendo tan subdesarrollado como lo éramos entonces. Y Corea del Norte que, a las dolorosas secuelas del colonialismo japones, sumó los devastadores bombardeos aéreos de la USAir Force, hoy posee una notable infraestructura científico técnica y una potente industria militar de última generación, capaz de producir armas atómicas y misiles intercontinentales. En Colombia, siete décadas después del fin de aquella guerra y del inicio de nuestro interminable conflicto interno, seguimos careciendo de una infraestructura científico técnica que merezca su nombre y el mayor logro de nuestra incipiente industria militar es el inicio de la construcción de una fragata de diseño y construcción 100 % nacional, cuya entrega está prevista para 2030. Creo recordar que también hemos diseñado y estamos produciendo un proyectil de artillería.

La tutela que ha ejercido el Pentágono sobre nuestra política de defensa nacional ha tenido consecuencias negativas en el terreno del armamento militar específicamente. Entre las más recientes, el hecho de que un país, cuyo mayor desafío por décadas han sido insurgentes y paramilitares, se ha permitido el lujo de dejar en tierra por falta de repuestos y mantenimiento la flotilla de helicópteros de fabricación rusa, imprescindibles para la lucha contra dichas organizaciones armadas ilegales. ¿El motivo? El acatamiento por nuestras autoridades de las sanciones impuestas a la Federación Rusa por Washington, a raíz de la guerra en Ucrania. Esta noticia nos llegó al tiempo que la de que el gobierno nacional había aprobado la compra de 17 cazas Gripen, de diseño y producción suecas, ensamblados en Brasil por Embraer y con un costo de 3.600 millones de dólares. Está previsto que reemplacen a cazas Kfir, versión israelí de un modelo francés, comprados hace tres décadas o más.

Yo celebro la decisión del gobierno de Petro de decantarse por la opción sueca en desmedro de la estadounidense. Soy un firme partidario del principio de que “el camino de la independencia pasa por multiplicar las dependencias”. Pero esta decisión no corrige dos problemas de fondo. El primero, que con esta compra nos mantenemos en la política de matar moscas a cañonazos.  O sea: comprar costosos armamentos diseñados para librar la guerra entre naciones dotadas de fuerzas aéreas y de verdaderos ejércitos, para librar la guerra contra insurgentes que por no tener no han tenido siquiera el más mínimo armamento anti aéreo. Y si se diera el caso de que Estados Unidos, por las razones que sea, nos atacara, como atacó el 3 de febrero pasado a Venezuela, esos cazas no servirían de poco o de nada. A los venezolanos no les sirvieron.

Porque aquí está el verdadero problema. Al subordinar nuestra defensa nacional a la doctrina de la Defensa del hemisferio hemos terminado haciendo nuestra su política de producción y adquisición de armento. En Estados Unidos la industria militar es privada y por ser privada responde a la lógica de maximizar beneficios, que lleva a la producción de armamento cada vez más sofisticado y costoso. Aunque a la postre no resulta el más eficiente. Que yo recuerde ninguna de nuestras guerrillas ha derribado un caza de nuestras fuerzas aéreas. En cambio, los iraníes vienen de derribar un F-35, el caza estadounidense que, por ser el más avanzado tecnológicamente, se consideraba imbatible. Su derribo por los iraníes no solo demostró que no lo era. También sacó a la luz que por cada hora de vuelo necesita seis horas de mantenimiento. Costo inaceptable en el caso de una guerra prolongada.

Todos estos hechos y experiencias aconsejan que, a la hora de debatir nuestro gasto militar, tomemos muy en cuenta la experiencia de Irán. El país que ha podido resistir por dos veces las arremetidas de Estados Unidos cuyo presupuesto militar es cien veces superior al suyo. Si lo ha hecho es porque cuenta con una estrategia de defensa nacional estrictamente ajustada a sus fortalezas y debilidades. Irán no está comprometido con la defensa de ninguna potencia extranjera: está comprometido exclusivamente con su propia defensa.

Carlos Jiménez

Foto tomada de: CNN en español

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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