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La izquierda como fenómeno político sostenible

18 mayo, 2026 By Ricardo Garcia Duarte 1 Comment

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Uno de los fenómenos más destacados del proceso político en Colombia, quizá el principal, ha sido la emergencia de una vertiente de izquierda, influyente de veras, respaldada por segmentos significativos de la opinión pública. Con una vocación de poder, que no se cansa de estrenar en toda elección como si repitiera un ritual iniciático en cada comienzo de los tiempos; y de la que no piensa abdicar por lo pronto; algo que se ve en sus empeños durante los últimos desafíos competitivos. Con el impulso que se transparenta en su crecimiento a lo largo de este siglo XXI, un tiempo durante el cual pasó de contar apenas con el 6% de la votación en 2002 a conseguir el 40% en el 2022, un récord que por lo demás puede reeditar este 31 de mayo.

Todo lo cual, le abre la posibilidad – sólo la posibilidad – de repetir el triunfo en la segunda vuelta con un poco más del 50%, un “performance” impresionante que la deja como un factor de poder insoslayable en un orden democrático en el que por fin se ha inaugurado un sistema de alternabilidad ideológica entre “distintos” y además entre  “distanciados” ideológicamente, una lógica propia del pluralismo político; sin esa competencia disfrazada entre partidos iguales, más o menos “gemeliados”, como el liberal y el conservador, provenientes del siglo XIX.

Incrementos electorales

Es cierto que, desde la elección popular de alcaldes, comenzaron a aparecer franjas decisivas de electores, independientes del bipartidismo; y además animadas por el deseo de convertirse en mayorías, sin limitarse a la condición de minorías testimoniales; sólo que lo hacían en los marcos de la democracia local, ese nivel en el que pudieron llevar al poder a alcaldes, primero de centro y luego de izquierda. Es justamente lo que pudo verse en ciudades como Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla, experiencias estas en las que se fue formando un electorado independiente, una opinión flotante, con inclinaciones que escapaban a las disciplinas partidistas; de modo que las cosas parecieron tener un inicio en el caldo de cultivo de la democracia municipal.

Pero fue un tiempo después cuando el fenómeno irrumpió como un hecho nacional, como una pelea verosímil por el poder central; es decir, la circunstancia en la que se forjó el acontecimiento de una izquierda que se le medía creíblemente al reto de las candidaturas presidenciales, con ambiciones de hacer historia.

Pese a los consabidos altibajos que saltan a la vista, la tendencia de mediano plazo se configura como un crecimiento pronunciado de la izquierda. Por lo demás, entre 2014 y 2022 el salto fue casi espectacular, tratándose como se trató de una tasa incremental del 25% en 8 años, apenas en dos coyunturas electorales. Lo cual no deja de significar un desplazamiento manifiesto de los electores independientes hacia el “progresismo”, un extremo del arco político, no precisamente en la dirección del “centro”.

Es un fenómeno que se confirmaría con la volatilidad de los 3 millones 111 mil votos, ganados por Antanas Mockus en 2010, equivalentes al 21% comparado con el total, los mismos que luego dieron el paso a una estación intermedia, la candidatura de Sergio Fajardo en 2014, con sus 4 millones, antes de hacer el tránsito definitivo hacia la izquierda, representada en el Petro de 2018. Tal ha sido la tendencia predominante en el electorado más sensible, en materia de justicia social y democracia; claro: independientemente de los gustos o preferencias de los observadores políticos y los opinadores ilustrados.

Tres factores en los comportamientos electorales 

  1. Un primer factor fue haciendo su trabajo soterrado, anónimo e inconsciente en favor de los cambios electorales; se trató de la crisis de las lealtades partidistas, acaecida en el bipartidismo, lealtades “primarias” o también las amarradas por el clientelismo. El caso es que muchas de ellas resultaron erosionadas por el desarrollo económico y cultural de la sociedad, por la urbanización, la educación y la ampliación de las clases medias; lo cual provocó desde 1982 el desapego de los individuos frente a las identidades partidistas.
  1. Un segundo factor en el cambio de los comportamientos electorales, lo fue sin duda la evolución de la economía, con un crecimiento razonable de poco más del 4% anual durante los primeros tres lustros del siglo XXI, algo que representaba la propagación de los intercambios y el surgimiento de más unidades mercantiles y productivas, incluido un cierto aumento en los ingresos y en el bienestar general; progresos interrumpidos sin embargo, por algunas contracciones cíclicas, las mismas que traen el riesgo de pérdidas y castigos materiales para los agentes sociales. En otras palabras, se incubó una revolución de las expectativas entre los individuos por los avances paulatinos; claro está que invariablemente bajo la amenaza de retrocesos sociales; acompañados ellos por la sensación de vulnerabilidad. Fue todo un proceso contrastado que se tradujo, la inconformidad latente de por medio, en el estallido social de 2019, momento que entrañó un movimiento telúrico, un desplazamiento hacia la izquierda de una población juvenil, convertida en agente colectivo de las expectativas sociales de ascenso.
  1. Por último, un tercer factor fue el proceso de paz, el que terminó en un Acuerdo, el mismo que en 2016 patentó el abandono de las armas por parte de las FARC, una guerrilla campesina y comunista, la más grande del hemisferio occidental, cuya existencia alentaba, por reacción, el proyecto de la derecha y, al contrario, inhibía cualquier proyecto legal de la izquierda, razón por la que su extinción como agrupamiento armado debía dejar el camino despejado para que prosperara una alternativa distinta al orden tradicional.

La izquierda y sus retos 

El anudamiento de estos tres factores –crisis de las lealtades políticas, crecimiento económico con expectativas de mejoramiento, y proceso de paz– ha llegado a provocar durante 30 años la ampliación de una ciudadanía más activa y expectante, reconvertida en electorado independiente con una inclinación final hacia la izquierda, algo con un aliento duradero, verdadero fenómeno político, que contribuye al enriquecimiento de la democracia, en los términos de un mayor pluralismo y de una más flexible alternancia; así mismo, induce una re-orientación en la competencia política, con la ocupación del terreno por el eje derecha-izquierda. Además, lleva a un reordenamiento de la representación parlamentaria, en la que los sectores alternativos intervienen con bancadas poseedoras de una fuerza igual al 30% cuando antes eran marginales. La nueva situación obliga a otra repartición de las cartas, con incidencias en la gobernabilidad, en la relación gobierno-oposición y en la formación de coaliciones mayoritarias, como soporte de los gobiernos.

De aquellos tres factores, los mismos que aunados en la línea del tiempo empujan la ola de la izquierda, quizá el que termine por insuflarla con mayor energía, sea la revolución de las expectativas. Ciertamente perduran urticantes las carencias sociales, pues el indicador GINI de las desigualdades ha mejorado muy poco, casi nada; pero al mismo tiempo se han registrado avances en el empleo y en la disminución de la pobreza multi-dimensional. Entre esas dos tendencias contradictorias – desigualdad estructural y cierto bienestar multi-dimensional – se sostiene todavía el horizonte de las transformaciones, el imaginario del cambio que atrapa a un sector amplio de la masa ciudadana, base para que Iván Cepeda, el candidato que sabe cabalgar sobre la onda progresista, seguramente encabece los resultados de la primera vuelta presidencial, con cerca de un 40%, a la espera de ver quién gana en el campo de la derecha entre Abelardo y Paloma. Con todo, estará obligado a hacer prueba de una gran capacidad en la construcción de consensos; igualmente, a presentar una agenda seria de gobierno para atraer en la segunda vuelta a unos tres y medio millones de votantes, pertenecientes a las franjas flotantes, una misión nada fácil, tampoco imposible, por supuesto: ya algunas encuestas finales comienzan a concederle a Cepeda más del 40% en las intenciones de voto, lo que indicaría un avance importante en el terreno de los electores independientes, sobre todo, los del centro.

Ricardo García Duarte

Foto tomada de: Infobae

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

Comments

  1. Miguel Ángel herrera says

    22 mayo, 2026 at 9:07 am

    Ricardo advierte la novedad del triunfo de la tercera fuerza progresista, que tiene una genealogía de mediana duración con el triunfo de Anapo sobre el partido único estructurado como Frente Nacional que pactó la exclusión de terceras fuerzas.

    Éstas se enmascararon como pueblo bicolor, una suerte de Interpelación nacional popular en cabeza de un Caudillo militar pro-establecimiento en rebeldía contra la oligarquía.
    Un segundo Momento vino con el triunfo de una tercería compuesta por exguerrillera, movimientos cívicos y políticos que obtuvieron la segunda votación de una Constituyente afectada por la abstención electoral..

    Allí tuvo breve existencia la AD/M19, ahogada por el harakiri pactado por su principal dirigente, Antonio Navarro, que desarticuló al intelectual orgánico de esta fuerza subalterna en ciernes, cuando aceptó del bipartidismo en decadencia que prohibieran a los delegados ser electos congresistas.
    El tercer episodio de la nueva fuerza se nutre de la creación del Frente social que pronto devino en PDA, del que se proyecta la exitosa candidatura de Carlos Gaviria, y luego el desprendimiento del Progresismo con Petro, quien primero gana la alcaldía y luego se lanza a la presidencia, segundo, bajo la divisa nacional de Colombia Humana.
    Por lo pronto, dejemos por ahí.
    Felicitaciones por tu escrito, Ricardo.

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