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Elecciones en Israel: la maquinaria del miedo y la memoria

2 noviembre, 2026 By Jaime Gómez Leave a Comment

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En la tierra donde las palabras suelen nacer con el filo gastado por tanta mentira, votar se ha convertido en un ritual extraño: el ejercicio de elegir el color del cerrojo de una celda ajena.

En Israel se abren las urnas mientras en Gaza la tierra sigue exhalando el humo blanco del fósforo y el polvo gris de las casas trituradas. Dicen los teletipos de las agencias que se trata de “la fiesta de la democracia de Oriente Medio”. Habría que preguntarles a los olivos milenarios arrancados de raíz si conocen esa palabra; habría que preguntarles a los niños bajo los escombros si alguna vez tuvieron derecho al voto en el parlamento que decide el calibre exacto de las bombas que caen sobre sus camas.

Como en el mundo al revés, donde el verdugo reclama la condición de víctima y el ocupado es juzgado por no dejarse estrangular en silencio, los comicios israelíes se presentan ante la opinión pública global como un debate sobre el porvenir. Pero convendría mirarlos sin maquillaje: no son un certamen sobre la paz, sino una disputa interna entre gerentes del despojo para decidir de qué modo y a qué velocidad debe continuar la ocupación.

El laberinto de una sociedad armada hasta el alma

Para entender lo que ocurre dentro de las fronteras invisibles y móviles de Israel, hay que comprender primero la anatomía de su parlamento, la Knesset. Los resultados electorales arrojan siempre una fragmentación feroz. El bloque de Benjamín Netanyahu oscila en la cuerda floja, disputándole cada escaño a una oposición militarista encabezada por exgenerales como Gadi Eizenkot. Pero el choque no es ideológico en términos humanos, sino corporativo.

En el tablero interno conviven fuerzas que hoy se devoran y se necesitan al mismo tiempo. Por un lado, avanza la derecha mesiánica y colonizadora, encarnada en Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, herederos del fundamentalismo de Meir Kahane. Para ellos no hay disimulo: su programa proclama la anexión total de Cisjordania, la expulsión definitiva de los palestinos y una supremacía teocrática sin filtros diplomáticos. Son el brazo armado del movimiento colono que acelera el despojo territorial a cielo abierto.

A su lado resiste el bloque del Likud y sus socios ultraortodoxos, una alianza tejida sobre el pragmatismo de la impunidad judicial y las exenciones militares para las escuelas talmúdicas. Es la maquinaria que convirtió el estado de guerra permanente en herramienta de supervivencia procesal, fragmentando la tierra de forma indefinida bajo una soberanía armada absoluta.

Frente a ellos se alza la oposición de los cuarteles, liderada por generales como Eisenkot o figuras de centroderecha como Naftali Bennett y Yair Lapid. Su queja contra Netanyahu rara vez roza el corazón del apartheid; le reprochan la mala gestión técnica, el desgaste institucional y el deterioro diplomático con Washington. Plantean una asfixia por control y repliegues tácticos, vendiendo en las capitales de Occidente una ocupación con modales cosméticos.

En los márgenes más estrechos quedan las listas árabes, criminalizadas por el consenso dominante por pedir lo elemental: el fin de la ocupación, autodeterminación e igualdad de derechos para quienes son tratados como forasteros en su propia tierra.

La consecuencia interna de estos comicios no es un giro hacia la reconciliación, sino el atrincheramiento en una paranoia vigilada. El ciudadano israelí medio ha sido educado en la certeza de que cada metro de tierra cedido equivale al suicidio colectivo. En consecuencia, la sociedad se militariza más, el disenso interno es calificado de traición y los ciudadanos palestinos de 1948 son tratados como una amenaza demográfica, voten o no voten.

El laberinto personal: el futuro público de Netanyahu

¿Quién es Benjamín Netanyahu sino el mago que convirtió la desgracia colectiva en su mejor escudo procesal?

Acusado de cohecho, fraude y abuso de confianza en los tribunales de Jerusalén mucho antes de que sonaran las sirenas de octubre, “Bibi” descubrió hace mucho que el único lugar seguro contra la cárcel es el sillón de mando. Por eso necesita la guerra; por eso prolonga la matanza. La paz traería consigo el despertar implacable de los jueces civiles preguntando por cajas de regalos y sobornos mediáticos, y el reclamo de las familias de los rehenes exigiendo explicaciones por el desastre militar y político que él mismo alimentó. Su destino público es ya el de un zombi político que se niega a soltar el timón. Incluso perdiendo la mayoría automática de 61 escaños en la Knesset, su táctica es conocida: dilatar plazos de investidura, sabotear rivales, atizar las llamas de un incendio regional y presentarse como el único muro frente a los qué el sionismo llama “bárbaros”.

Si logra armar gobierno comprando favores a los colonos más fanáticos, profundizará el fascismo explícito. Si es derrotado por la oposición de Eizenkot y Bennett, su herencia continuará intacta: habrá dejado un país moldeado a su imagen y semejanza, donde nadie a la derecha de la pared se atreve a pronunciar la autodeterminación palestina sin escupir al suelo. Netanyahu pasará a la historia no como el rey que soñó ser, sino como el carcelero que demolió el futuro de su pueblo para salvar su expediente penal.

Existe en las cancillerías europeas y en Washington un candor casi obsceno: la creencia de que cambiando el rostro del primer ministro se detendrá la picadora de carne. “Si cae Netanyahu, vendrá la moderación”, suspiran los diplomáticos. Olvidan la historia con entusiasmo. El genocidio de Israel contra el pueblo palestino no empezó con Netanyahu ni terminará con su partida. No es el fruto de un capricho individual ni de la maldad aislada de un gabinete; es la lógica funcional de un proyecto de sustitución colonial. Los aviones que lanzan bombas sobre Gaza y los buldóceres que arrancan olivares en Jenin o Hebrón no responden a una locura transitoria: responden a una estructura de despojo continuo. Si Gadi Eizenkot o Naftali Bennett asumen el poder, ¿qué cabe esperar?

Primero, la Doctrina Dahiya institucionalizada. Eizenkot conceptualizó esa doctrina durante la guerra del Líbano de 2006, consistente en aplicar una fuerza deliberadamente desproporcionada contra la infraestructura civil para infligir un dolor intolerable. Su mando sobre las tropas no será más suave; será más metódico, más “profesional” ante los ojos de los generales del Pentágono.

Segundo, una reorganización táctica, no una tregua real. Podrá haber pausas operativas calculadas para canjear prisioneros o aplacar las protestas en las universidades de Occidente, pero el objetivo estratégico perdura: el cerco militar permanente sobre la Franja y la segmentación cantonal de Cisjordania.

Tercero, una simple mudanza de modales. Smotrich y Ben-Gvir gritan sus crímenes a los cuatro vientos, felicitándose por no dejar entrar una gota de agua a dos millones de almas sitiadas. Un recambio “centrista” cometerá los mismos asedios en tono bajo, invocando el “derecho internacional humanitario” mientras firma las mismas órdenes de desalojo. La maquinaria bélica israelí es una industria económica, geopolítica y moral. No se detiene con papeletas porque no nació de las urnas, nació de la certeza de que el sometimiento del vecino es una necesidad de Estado.

Los asentamientos ilegales: la carcoma que devora la tierra

En los mapas oficiales se dibuja una Cisjordania con fronteras nítidas; sobre el terreno real, Cisjordania es un cuerpo desangrado por centenares de costuras de cemento y alambre de púas. Los asentamientos ilegales, esa palabra tan pulcra para nombrar el robo a mano armada de tierras campesinas, no son un apéndice molesto de la política israelí: son su columna vertebral. Hoy viven más de 700.000 colonos en el territorio ocupado, protegidos por el ejército, abastecidos por carreteras exclusivas donde no pueden circular los palestinos, regando sus jardines con agua confiscada de acuíferos subterráneos mientras en las aldeas vecinas la gente compra el agua en camiones cisterna a precios de oro.

Las elecciones nunca han puesto en duda las colonias. Las diferencias entre candidatos son de gramática, no de topografía. La ultraderecha exige la anexión inmediata, sin rodeos, demoliendo hasta el último corral palestino en el Área C. El centro político prefiere la expansión silenciosa: construir “por crecimiento natural”, tender autopistas subterráneas y legalizar puestos de avanzada con discreción para no irritar a los donantes de Londres o Washington. Ninguna coalición en la Knesset puede sostenerse desmantelando los asentamientos. El lobby colono ha colonizado al propio Estado. Tienen diputados, ministros, jueces y batallones en el ejército. Cada voto en Tel Aviv consolida las excavadoras en Masafer Yatta.

La política exterior y las grietas en el muro del sionismo internacional

Durante décadas, el relato oficial funcionó con precisión milimétrica. El sionismo internacional construyó un mito impecable: un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo, un oasis de florecimiento democrático rodeado de hostilidad bárbara. Quien osara señalar la expulsión de cientos de aldeas durante la Nakba de 1948, o las leyes de segregación que convierten a Israel en un apartheid, era sepultado de inmediato bajo la acusación de antisemitismo. La memoria sagrada del Holocausto fue confiscada y convertida en salvoconducto para cometer infamias.

Pero la geopolítica vive hoy un sismo que sacude las dos orillas del Atlántico. El reciente descalabro electoral de Donald Trump y su movimiento en Estados Unidos ha dejado huérfana a la internacional reaccionaria, propinando un golpe seco a los delirios de impunidad compartida. Netanyahu y los fanáticos del mesianismo israelí habían apostado todo su capital político al regreso triunfal del magnate del pelo teñido, esperando una carta blanca incondicional para consumar la anexión formal y el vaciamiento de la tierra palestina. Al derrumbarse esa franquicia trumpista en Washington, la ultraderecha en ambos países se mira al espejo y se descubre vulnerable: el trumpismo pierde su megáfono de intimidación global y los colonos de Tel Aviv pierden al padrino imperial que aplaudía sus excesos sin pedir siquiera la pantomima del decoro. Sin ese viento de cola fanático soplando desde Washington, los fundamentalistas de Ben-Gvir quedan a la intemperie diplomática, mientras la sociedad estadounidense empieza a cobrarle en las urnas a su propia clase política el costo inmoral de financiar un genocidio televisado.

Las imágenes de Gaza, madres acunando cuerpos envueltos en sábanas blancas, niños amputados sin anestesia en hospitales destruidos, multitudes hambrientas esperando harina bajo ráfagas de metralla, han quebrado el hechizo. El resultado de estas elecciones confirma ante el planeta lo evidente: el aparato estatal israelí ha optado por el etnonacionalismo más descarnado. Las consecuencias para el sionismo internacional son profundas:

Primero, el divorcio de las nuevas generaciones. En Estados Unidos y Europa, miles de jóvenes judíos encabezan las protestas frente a las embajadas y toman las universidades gritando: “¡No en nuestro nombre!”. El sionismo político ya no representa el consenso de la diáspora; amplios sectores juveniles lo denuncian como una ideología colonialista indefendible.

Segundo, el aislamiento de los cómplices occidentales. Para los gobiernos de Washington, Berlín o Londres, el costo político de brindar blindaje diplomático y armas ilimitadas se vuelve insostenible. Aunque el complejo militar siga despachando misiles, la complicidad ya no puede disfrazarse de cruzada moral; es pura impunidad imperial a la intemperie.

Tercero, el resquebrajamiento de los Acuerdos de Abraham. Aquellos pactos mercantiles donde se pretendía hacer negocios sobre el ataúd palestino han quedado como cáscaras vacías. Ningún régimen árabe puede celebrar abiertamente su alianza con Tel Aviv sin temer el estallido de sus propias calles indignadas.

El sionismo internacional enfrenta su mayor crisis: ya no compite en el terreno de las ideas, sino en el de la censura y la represión policial contra cualquiera que alce la voz.

 

 

La Corte Penal Internacional y la fractura del orden jurídico global

En La Haya, los expedientes acumulan pruebas que no dejan lugar a dudas: el uso del hambre forzada como arma de guerra, los bombardeos indiscriminados contra escuelas y refugios, la tortura sistemática de detenidos. Cuando el fiscal de la Corte Penal Internacional solicitó las órdenes de detención contra Benjamín Netanyahu y sus ministros por crímenes de guerra y de lesa humanidad, el edificio de la “justicia universal” crujió por sus cuatro costados.

¿Cómo influyen las elecciones frente a estas acusaciones? Por una parte, se reafirma la soberbia del Estado inmune. Sea quien sea el vencedor en Israel, la postura institucional ante la justicia internacional es monolítica: desacato, descalificación furibunda y acusaciones de sesgo contra los magistrados. En la doctrina oficial, los tratados internacionales para evitar la barbarie aplican para los demás, jamás para ellos.

Por otra parte, asoma el peligro para el liderazgo saliente. Si Netanyahu pierde el poder formal y se convierte en ciudadano común, su movilidad global se reduce a una prisión con fronteras. La orden de arresto de la CPI no desaparece con un cambio de gobierno. Netanyahu sabe que visitar más de un centenar de países adscritos al Estatuto de Roma supondría el riesgo real de ser detenido y trasladado a un banquillo judicial. Por eso el poder no es para él un cargo, sino un salvoconducto de libertad condicional.

Finalmente se acelera el colapso de la hipocresía occidental. El trato hacia las resoluciones de la CPI ha desnudado el doble rasero geopolítico. Cuando la Corte actuó con velocidad fulminante contra rivales de la OTAN, los líderes occidentales aplaudieron de pie. Pero cuando la corte posó sus ojos sobre los crímenes de Tel Aviv, esos mismos gobernantes amenazaron a los jueces con sanciones y asfixia financiera.

Las elecciones en Israel no lavarán las culpas de la cúpula militar ni detendrán el curso jurídico. Los crímenes de lesa humanidad no prescriben; se pegan a la piel como el alquitrán.

Las posibilidades de una paz verdadera: la tumba de las dos mentiras

¿Hay esperanza de una paz real tras el recuento de los votos? La respuesta honesta, despojada de la retórica hipócrita de las cumbres diplomáticas, es un no rotundo mientras se mantengan los cimientos del problema.

Durante tres décadas, la comunidad internacional ha repetido como un mantra litúrgico la “solución de los dos Estados”. Pero esa fórmula ha muerto; fue asesinada lentamente sobre el terreno mientras los burócratas redactaban comunicados de condolencia. No se puede erigir un Estado palestino sobre un queso gruyer donde los agujeros son las colonias, los muros de hormigón, los puestos de control y las bases de tanques.

La paz que ofrece la clase política israelí en todas sus variantes es la paz de los cementerios: la resignación donde al pueblo palestino se le ofrece como máxima aspiración la supervivencia biológica dentro de reservas aisladas, custodiadas por torres de vigilancia con reconocimiento facial y ametralladoras teledirigidas; y la paz entendida como la ausencia de resistencia del oprimido para que el opresor pueda tomar su café en la terraza de un bulevar sin recordar de quién era la tierra sobre la que está edificado.

Una paz verdadera no es un acuerdo técnico entre ejércitos desiguales. Exige lo que ningún partido con posibilidades de gobernar en Israel está dispuesto a conceder: el fin definitivo de la ocupación militar de 1967, el desmantelamiento total de las colonias ilegales, el cese inmediato del genocidio, el derecho al retorno de los refugiados expulsados de sus hogares y el reconocimiento pleno de la dignidad humana de un pueblo al que se ha intentado borrar del mapa.

Palestina ha sido reducida por la geopolítica a una cifra en las pantallas: miles de toneladas de explosivos, miles de cuerpos sepultados, miles de heridos sin hospital. Pero Palestina no es un número. Palestina es el campesino que vuelve a plantar su olivo carbonizado a sabiendas de que los tanques regresarán mañana; es la maestra que enseña el abecedario en una tienda de campaña sobre el barro; es la porfía de los desterrados que guardan en el bolsillo la llave de hierro de una casa demolida hace setenta años, convencidos de que la llave abrirá algún día la puerta de la libertad.

Las elecciones en Israel pasarán. Se formarán gabinetes con corbata o con uniforme militar. Pero sobre esa franja estrecha de arena asfixiada y sobre las colinas pedregosas de Cisjordania, la tierra sigue recordando los nombres en árabe de sus manantiales y de sus piedras. Ninguna ley electoral votada por los amos de la guerra podrá cambiar la verdad más elemental: no habrá paz sin justicia, no habrá seguridad sobre la humillación ajena, y ninguna jaula, por muy blindada y democrática que pretenda llamarse, podrá apagar jamás la memoria obstinada de quienes se niegan a desaparecer.

Jaime Gómez Alcaraz, Analista Internacional

Foto tomada de: Nueva Sociedad

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