Pero de seguro no va a ser la última si Delcy Rodríguez no decide en un futuro cercano que ya basta, que ya es suficiente, que no está dispuesta cruzar la línea que separa las concesiones de la claudicación. Porque lo que sí es cierto es que la administración Trump no tiene ni la más mínima intención de hacer un alto en la completa aplicación del mencionado Plan para Venezuela. Que tiene tres etapas, la última, pero no por última menos importante, es que tiene como objetivo desmantelar completamente las instituciones jurídico políticas características de la República Bolivariana de Venezuela. Y su reemplazo por las instituciones estatales más congruentes con el modelo neoliberal de economía y sociedad, tuteladas por Washington y el Comando Sur. El modelo implantado en Colombia por la Asamblea constituyente impulsada por el entonces presidente Cesar Gaviria en 1991. Tan favorable a los intereses de la oligarquía y las multinacionales estadounidenses y tan hostil a las demandas e intereses de las mayorías populares. El modelo que está reimplantando a sangre y fuego el presidente Daniel Noboa en Ecuador. El Plan no solo pretende someter al gobierno de Delcy Rodríguez, pretende ir todavía más lejos y demoler hasta los cimientos del “régimen chavista”. Pretende liquidar definitivamente la herencia de Hugo Chávez, darle el tiro de gracia al socialismo del siglo XXI y lo que él ha representado como ejemplo para América Latina y el Caribe.
Es con esta perspectiva con la que hay que leer lo ocurrido la semana pasada en Madrid. Cuando la derecha política y mediática española decidió devaluar la triple cumbre transatlántica del progresismo celebrada en Barcelona por iniciativa del presidente Pedro Sánchez, invitando a María Corina Machado y recibiéndola a bombo y platillo. José Luis Martínez Almeida, alcalde de Madrid y militante del Partido Popular, le entregó la Llave de Oro de la ciudad. Un gesto imitado por Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, quien en ceremonia igualmente solemne le entregó la Medalla de Oro. Ambos argumentaron que habían concedido tan importantes distinciones en reconocimiento a lo que la flamante Premio Nobel de la paz había hecho por la libertad y la democracia en Venezuela. Las baterías mediáticas de la derecha alineada con Donald Trump fueron muchísimo menos discretas. Todas elevaron al rango de acontecimiento histórico su visita a Madrid y tal fue el entusiasmo de algunos de ellos que llegaron a afirmar que la señora Machado había sido la ganadora de las elecciones presidenciales de 2024. Otros, en cambio, “corrigieron” el dato: el ganador fue Edmundo González. A juzgar por estos hechos la derecha recalcitrante española ha decidido apostar de nuevo la carta de la señora Machado.
Por contraste El País resultó cauteloso. En mejor sintonía con el Plan de Venezuela antes mencionado, pasó por alto el debate sobre la supuesta victoria electoral de González y prefirió llamar la atención sobre la necesidad de llevar a cabo una “transición a la democracia” en Venezuela, que permita poner fin a la “dictadura chavista·. El presidente Petro, en la entrevista a dos páginas que concedió al mismo diario, ofreció su propia fórmula para dicha “transición”: el establecimiento de un gobierno de coalición de los socialistas venezolanos con la oposición, una suerte de Frente Nacional, paso previo a la realización de unas elecciones verdaderamente democráticas. Tuvo eso sí el buen juicio de aclarar que las mismas no serían verdaderamente libres si se mantenían las sanciones impuestas por Donald Trump durante su primer mandato presidencial.
El hecho de que ahora Trump haya ordenado hace poco el levantamiento de las sanciones impuestas a Delcy Rodríguez no debe confundirnos: Todavía están vigentes la práctica totalidad de las mismas. Son una espada de Damocles pendiendo sobre la cabeza de todos los venezolanos. Como lo es el aplazamiento sine die del juicio al presidente Maduro. Él ha declarado que es “un prisionero de guerra” y yo añado que es un rehén. La celebración de su juicio y su condena o su hipotética liberación, dependen, al igual que depende el levantamiento de las sanciones, de que el gobierno de Delcy Rodríguez haga todas las concesiones previstas en el Plan para Venezuela, para consumar “la transición a la democracia”.
No puedo descartar que termine haciéndolo. Pero por ahora su política es la de contrarrestar o por lo menos relativizar las onerosas concesiones hechas a Washington con la defensa de una estrategia política “de unidad nacional en defensa de la paz” y de una de las instituciones claves de la república bolivariana: el poder comunal. Sub columna vertebral, al decir del comandante Hugo Chàvez. Hace dos semanas se celebraron elecciones en más de 16.000 comunas y el domingo pasado se dio inicio a la Gran peregrinación por el levantamiento de las sanciones y la paz, que recorrerá al país entero y que culminará el 30 de abril con una multitudinaria manifestación en Caracas. La peregrinación ha sido respaldada por la Asamblea nacional mediante un Acuerdo presentado por la diputada socialista Gabriela Simoza, en el que, entre otros argumentos, destaca la siguiente: “el pueblo venezolano, fiel a su tradición democrática y libertaria, ha demostrado una inquebrantable vocación por la paz y un profundo espíritu de unidad nacional en la defensa de la soberanía, los derechos humanos y el desarrollo integral de la nación”.
Inmediatamente después del secuestro del presidente Nicolas Maduro y de su esposa, la diputada Cilia Flórez, escribí “Venezuela ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra”. Hoy puede afirmar que Venezuela ha perdido más batallas, pero sigue sin perder todavía la guerra. Y tendrá más posibilidades de hacerlo si apoyamos la lucha del pueblo venezolano por finalmente ganarla.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: CAMBIO Colombia

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