El eje Derecha/Izquierda
A pesar de los 100 candidatos preliminares y los 11 finales, la carrera presidencial se centró en un candidato de izquierda, Iván Cepeda, y dos de derecha, Abelardo y Paloma. Entre los tres coparon el 90% de la participación ciudadana dentro de la competencia. De La Espriella se alzó con el 43,7%, Paloma con el 6,9% e Iván Cepeda con el 40,9%, un resultado que, además, empuja hacia la marginalidad a cualquier otra opción ideológica, despojándola de su necesario carácter competitivo, dentro de la lucha por el poder.
La derecha radical populista
La enorme votación conseguida por el outsider Abelardo de la Espriella, la misma que lo convirtió en cómodo ganador en esta primera vuelta, ha significado el nacimiento de una derecha “ultra”, vinculada por cierto a la extrema internacional, como VOX en España; es un vehículo de emociones retorcidas y gestos llenos de frivolidad, pero con formulaciones populistas, como la de simular el combate contra “los de siempre” (las élites). Por cierto, exhibe un lenguaje agresivo y violento, de modo que en el pensar de su candidato, los adversarios no pasan de ser “bandidos” y “narcoterroristas”, pura parla altisonante y ofensiva, propia de bandas sembradoras del miedo.
Los 10 millones, 351 mil votos, que cosechó el outsider significan que su discurso sensibilizó a la inmensa mayoría de la población conservadora, a la que sedujo en una proporción que resulta inimaginable, por todas las concesiones que ética y culturalmente tuvo que hacer un elector decente para darle su apoyo; un 83% ¡Nada más y nada menos! Esto quiere decir que hay en curso un proceso de reconversión de la derecha, una suerte de degradación, en favor de un radicalismo, que hala más hacia el extremo, basado en el viejo anticomunismo, pero también, en los rencores contra el petrismo gobernante. Es un reaccionarismo ordinario, al que naturalmente le añade combustible la inconformidad de muchas capas sociales frente a la rampante inseguridad cotidiana.
Agonía de una vieja derecha
Paloma Valencia tuvo 3 millones, 300 mil votos, en la Gran Consulta del 8 de marzo, una concertación de centro-derecha que, en total sacó 5 millones 800 mil, los que debían traducirse en un apoyo a la candidata del uribismo. Nada que ver con el millón, seiscientos mil, que terminó sacando en la primera vuelta, una descolgada estrepitosa, retrato del fracaso, el fiasco de una derecha tradicional y partidista, un fenómeno que por fuerza arrastra pendiente abajo al movimiento de Uribe Velez, el mismo partido que ha sostenido las banderas de la anti-paz, una derecha amiga del control social y la coerción. Es un revés patentado con el 7% de la votación, score super-mediocre, el que malogró la senadora apadrinada por el expresidente.
Este último, por cierto, fue el blanco principal contra el que enfilaba baterías Iván Cepeda, mientras dejaba escabullir, por los numerosos meandros de la conciencia colectiva, la figura de su “enemigo” principal, Abelardo de la Espriella, el nuevo agente, reactivo y disruptivo, que pretende erigirse en antítesis del desorden, el conflicto y el progresismo. Esta última, el progresismo, es una tendencia racionalista, razonable y moderna, a la que mañosamente quiere identificar con la conflictividad y la violencia, fenómenos que, en una nación inacabada, brotan endémicamente por las múltiples “guerritas” escabrosas, como la de Mordisco contra Calarcá en el Guaviare; azarosas y letales; desatadas en torno del control de los territorios y la captura de rentas ilícitas.
En abril Paloma no pudo alcanzar a De la Espriella; y en mayo comenzó a bajar, mientras el propio Abelardo subía de manera consistente, en un efecto de transposición de lealtades y adhesiones; todo ello, en medio de un drenaje incontenible de electores uribistas hacia el abelardismo, una migración que ha contribuido a los 10 millones, 351 mil votos del ganador. Esto ha obligado a una suerte de mutación del uribismo, mimetizado en una derecha más extrema, más emocional; un acto de mímesis que en todo caso le permitiría sobrevivir bajo la frivolidad autoritaria de un eventual gobierno derechista y populista.
El vacío del medio
El “centro”, como punto referencial dentro del espectro ideológico, es en Colombia un espacio social, seguramente con muchos ciudadanos, posiblemente el 35%; sólo que políticamente se ha convertido en un lugar que se vació de presencia electoral, como lo presagiaban las encuestas y lo confirmaron las elecciones. Es tal vez un “no- lugar”, según la expresión acuñada por el antropólogo Marc Augé; está provisto de existencia material, pero experimenta la orfandad de imaginarios cautivantes, así mismo de marcas indelebles en la anatomía de identidades. Es verdad que dispone de candidatos muy sensatos y preparados, muy capaces; pero sin las suficientes huellas discursivas, aquellas que levantan esperanzas y lealtades duraderas.
Un 5 o 6% de electores conseguidos por los candidatos de centro es un porcentaje que bordea ciertamente los límites de la marginalidad, aunque también significa una afirmación testimonial, capaz simbólicamente de proporcionar sentido, de representar un valor agregado a otras opciones políticas, las que suplan necesidades de la ciudadanía y además reúnan un potencial histórico para las transformaciones sociales, posibilidad que los pone a prueba, su sentido de Estado, su horizonte de cambio social.
Los alcances del efecto pendular
Hay que recordarlo: la dinámica “derecha/izquierda” colma el 90% de la participación, además de que lo hace mediante el enfrentamiento entre dos mitades; es una división que sin embargo comporta un desequilibrio en favor de la derecha. Si se suman las votaciones obtenidas por Paloma y Abelardo, se tiene un 50% en términos redondos, quizá un tris más, un porcentaje considerablemente ventajoso frente al 40 o 41%, logrado por Cepeda con sus 9 millones 683 mil votos, una cifra de todas maneras alta, dados los estándares históricos.
Son proporciones consistentes con las que se configuraron hace cuatro años, en el momento en que nació el fenómeno de la polarización “derecha/izquierda”, sustituto del eje bipartidista. Por aquél entonces, el agregado de votos de Fico Gutiérrez y de Rodolfo Hernández arrojó el 52%, un porcentaje mayor que el obtenido por Gustavo Petro, con sus 8 millones y medio de electores. Esta última era una votación minoritaria, pero con tendencia al ascenso, de modo que terminó catapultando al candidato, tres semanas después, en medio de un clamor generalizado y de un ánimo esperanzador.
Esa mayoría que ostenta la derecha no supone la seguidilla invariable de sus victorias. El triunfo en 2022 de Petro que solo consiguió el 40% en primera vuelta, pero llegó al 50,4% en junio, deja ver no solo una polarización central y absorbente, también una alternancia, el arribo de la oposición al gobierno, posible por las mayorías que llegan a formarse durante el paso de la primera a la segunda vuelta. En ese tránsito intervienen los cambios de humor en un electorado flotante, cuyo peso podría cifrarse en tres millones, una magnitud que se transparenta en la votación adicional que atrajo para sí, el candidato Petro, incremento que se acumuló para la segunda vuelta, en la que sacó 11 millones, 200 mil.
Es una condición que podría abrir el terreno, no solo a una alternabilidad consistente, en medio de la bipolarización; podría también dar lugar a un efecto pendular. Esto es: podría suceder que la derecha y la izquierda se alternaran en el poder cada cierto tiempo, de conformidad con el sentido en que se muevan los prejuicios de los ciudadanos, sus rabias contenidas y pulsiones; los rencores o las frustraciones del electorado más volátil, ese que cambia a raíz de sus expectativas rotas o a causa de sus esperanzas recargadas.
¿Y los vaivenes del presente?
Lo primero que hizo Uribe Velez, luego de que se conociera el triunfo del “ultra”, fue ofrecerle su respaldo. Acudió a la cita, ladeándose, como barco escorado en aguas pantanosas. Seguramente, quería proyectar su imagen patriarcal de jefe intemporal de la manada, con una sobrecarga de sacrificios.
Con el apoyo de Uribe y Paloma, Abelardo conseguiría el 50% de la votación, porcentaje mágico que da el tiquete a la presidencia. Solo que el antecedente de hace cuatro años, con el triunfo de la izquierda, contradice el funcionamiento automático de esa aritmética electoral. En aquel momento, la mayoría que resultaba de sumar a Fico con Rodolfo, se diluyó de pronto; y, en cambio, Petro “vendió” bien su propuesta y cautivó a 3 millones de nuevos votantes.
En la coyuntura actual podría sobrevenir un fenómeno extraordinario, si Cepeda renueva la campaña e integra seriamente a los del “centro”; si se dirige creíblemente a sus votantes; si conforma un equipo de liderazgo, dueño de un discurso más flexible e imaginativo. Aún así, tendrá que sortear un escollo que, en adelante aparecerá siempre en las aguas agitadas de la competencia por la presidencia: son los efectos negativos que pueda ocasionar el desgaste del gobierno saliente, factor que, junto con la personalidad del candidato, influirá en el efecto pendular, elemento que en cada ocasión podrá favorecer a la oposición.
De cualquier forma, el reto está ahí, en el horizonte inmediato; se trata de neutralizar por lo pronto ese efecto pendular y prolongar la onda favorable al progresismo; movilizar en las urnas a tres millones de electores adicionales, lo que significa un incremento de casi el 3%. No es fácil pero el reto es fabuloso. Por lo demás, hay poco tiempo. Con todo, es una forma de combatir la amenaza del autoritarismo como “anti- norma” en el orden político; así mismo, la subordinación en la política internacional; y la cultura del enriquecimiento sin muchos miramientos éticos, acompañado por la ostentación, en las costumbres civiles.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Yahoo Noticias

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