Sin embargo, lo que hoy aparece como un territorio fragmentado, empobrecido y ambientalmente degradado, fue en otro tiempo un espacio dinámico y próspero, integrado por el agua y organizado en torno a una economía fluvial vigorosa: Los barcos iban y venían desde Barranquilla, Magangué, Ayapel, Guaranda, Nechí, Caucasia, hasta Tarazá, en Antioquia, y viceversa, recorrían estos cauces llevando mercancías, personas y producción agrícola por los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y los numerosos afluentes que conforman la región de agua de La Mojana.
Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX estas flechas de agua constituían una red de transporte que integraba el Caribe interior con el resto del país. En ese sistema, Ayapel ocupaba un lugar estratégico como punto de conexión entre el río San Jorge y el complejo cenagoso circundante, mientras San Marcos se articulaba a esa misma dinámica desde el otro extremo del sistema. No se trataba simplemente de transporte: era una economía regional profundamente integrada, en la que el agua funcionaba como soporte y no como obstáculo.
Comprender esta transformación exige mirar más allá de los síntomas actuales y reconstruir la historia de una ruptura: el paso de una civilización del agua a una economía extractiva agravada por el pésimo uso del suelo, la ganadería intensiva, la desecación de sus cuerpos de agua, el espejismo del oro y de la coca, la corrupción que carcome la institucionalidad fragmentada y dilapida los recursos. El legado Zenú se desvaneció. Hoy Ayapel pertenece al departamento de Córdoba y San Marcos al empobrecido departamento de Sucre, que habla de la pésima división política administrativa del país y del que la eco región es una muestra palpable.
En ese sistema, la Ciénaga de Ayapel y la Ciénaga de San Marcos no son unidades aisladas, sino partes de un continuo hídrico que históricamente articuló economías, poblaciones y formas de vida. Ayapel y San Marcos son también territorios de Macondo donde se expresa el realismo mágico y la riqueza espiritual e innovadora de sus gentes laboriosas e imaginativas que le maman gallo a la adversidad y que, en una generalización maravillosa, el sociólogo Orlando Fals Borda, denominó la cultura anfibia.

Ayapel y su ciénaga. Humedal Ramsar desde 2018
En ese contexto, el arroz emergió como eje estructurador de la vida económica. La Mojana llegó a aportar una proporción significativa de la producción arrocera nacional, con extensiones que oscilaron entre 15.000 y 25.000 hectáreas cultivadas. Centros como Magangué concentraban la transformación y comercialización: hacia la década de 1960 operaban allí alrededor de 22 molinos que procesaban cerca de 100.000 toneladas anuales de arroz. Este dato no solo revela la escala de la producción, sino también el grado de articulación regional que la hacía posible. El arroz no era únicamente un cultivo, era una forma de organización del territorio, adaptada a los ritmos del agua, a las inundaciones estacionales y a la fertilidad que estas dejaban a su paso.
San Marcos y su ciénaga.
Lo fundamental es que esta economía no funcionaba al margen de la naturaleza, sino en armonía con ella. Las crecientes de los ríos no eran catástrofes, sino parte del ciclo productivo; las ciénagas no eran espacios improductivos, sino reservorios de vida y reguladores del sistema. La Ciénaga de Ayapel y la Ciénaga de San Marcos, conectadas por una red de caños y desbordamientos, permitían la circulación de peces, nutrientes y sedimentos, sosteniendo tanto la pesca como la agricultura, la vida en el territorio.
En este sentido, Ayapel y San Marcos no son dos municipios separados, sino nodos de un mismo entramado ecológico y económico. Herederos de la pérdida cultura Zenú de la cual se observan hacia las afueras de la población, hacia Majagual, sus huellas antropológicas: la más grande civilización construida en Mesoamérica durante más de 2000 años, desarrollando el sistema productivo más eficiente y sostenible que se haya conocido en esos siglos idos, conviviendo amablemente con el agua con un saber sencillo y aplicado: permitir la libre entrada y salida de las crecientes del río Cauca y del río San Jorge hacia La Mojana.
Este equilibrio comenzó a fracturarse a partir de la segunda mitad del siglo XX. La desaparición de la navegación a vapor en el río Magdalena y el Cauca marcó un punto de inflexión. Con la pérdida de navegabilidad y la expansión del transporte terrestre, la red fluvial dejó de ser el eje articulador de la economía regional. Los mercados se reconfiguraron, los centros de acopio perdieron relevancia y territorios como Ayapel y San Marcos quedaron instalados en la decadencia. La economía del arroz, que dependía de esa integración, comenzó a debilitarse, mientras las transformaciones en el uso del suelo y las pésimas políticas agrarias nacionales aceleraron su declive.

Sistema de drenajes y camellones de la cultura Zenú. Canales artificiales que facilitaban el drenaje de las aguas. Estos son vestigios de aquel sistema hidráulico que persisten en la actualidad. Fuente: Plazas y Falchetti, 1986.
Pero la ruptura no fue únicamente económica. Paralelamente, el sistema hídrico empezó a deteriorarse. La sedimentación aumentó, los caños se obstruyeron y la conectividad entre las ciénagas se redujo. La Ciénaga de Ayapel y la Ciénaga de San Marcos, aunque aún conectadas, comenzaron a perder la fluidez que las caracterizaba. El territorio anfibio, que durante siglos había funcionado como una “esponja” natural, empezó a mostrar signos de desarticulación.
En este escenario de fragilidad la minería aurífera adquiere un papel decisivo. Su expansión en el Bajo Cauca y en la cuenca del San Jorge introduce una nueva lógica económica, basada en la extracción intensiva de recursos. El impacto más visible es la contaminación por mercurio, que se transforma en metilmercurio y se incorpora a la cadena alimentaria, afectando peces y poblaciones humanas. Sin embargo, el efecto más profundo es de orden físico: la remoción de sedimentos, la alteración de cauces y la destrucción de orillas modifican la dinámica del agua.
En un sistema como La Mojana, estas intervenciones tienen consecuencias que trascienden el lugar donde ocurren. Los sedimentos transportados por los ríos se depositan en las ciénagas, reduciendo su profundidad y capacidad de regulación. La conectividad entre la Ciénaga de Ayapel y la Ciénaga de San Marcos se ve afectada, alterando los ciclos ecológicos que sustentan la pesca y la biodiversidad. Lo que antes era un sistema integrado se convierte progresivamente en un conjunto de espacios degradados y funcionalmente desconectados.
A esta transformación se suma un problema estructural: la fragmentación institucional. Ayapel pertenece al departamento de Córdoba, mientras San Marcos hace parte del empobrecido departamento de Sucre. Esta división administrativa, que ignora la unidad ecológica del territorio, dificulta la gestión integral del sistema hídrico. Mientras el agua fluye sin reconocer fronteras, las políticas públicas permanecen fragmentadas, incapaces de responder a la escala real del problema. El resultado es una paradoja: un territorio definido por la interconexión del agua es administrado como si estuviera compuesto por unidades independientes.
La consecuencia de estos procesos no es solo el deterioro ambiental ni la pérdida de actividades económicas tradicionales. Es algo más profundo: la desestructuración de una forma de vida. La transición de una economía fluvial basada en el arroz y la pesca hacia una economía extractiva centrada en la minería que implica la ruptura de la relación histórica entre sociedad y naturaleza. Donde antes el agua era aliada, hoy aparece como amenaza y como recurso degradado.
El caso de Ayapel y San Marcos permite una lectura sobre la necesidad de la transformación territorial en Colombia. No se trata simplemente de un problema local, sino de la expresión de un modelo de desarrollo que ha privilegiado la extracción sobre la sostenibilidad y la fragmentación sobre la integración. La decadencia de los barcos de vapor, la crisis del arroz y el deterioro de las ciénagas no son fenómenos aislados, sino capítulos de una misma historia: la pérdida de una civilización, de un tesoro incalculable en estos tiempos de zozobra climática: el agua.
En última instancia, lo que está en juego no es únicamente la recuperación de un ecosistema, ni siquiera la reactivación de una economía regional. Es la posibilidad de reconstruir una relación con el territorio que reconozca la centralidad del líquido vital. En La Mojana, esa tarea no implica volver al pasado, sino aprender de él: entender que la sostenibilidad del sistema depende, como antes, de su capacidad para funcionar como un todo integrado. Sin esa comprensión, Ayapel y San Marcos seguirán siendo no solo territorios en crisis, sino símbolos de una fractura más profunda en la manera en que el país habita el territorio.
Fuentes: Jonny de la Ossa B. Ayapel, Trozos de Historia, Editorial Obagui, Monteria, 2021; Orlando Fals Borda, Historia doble de la costa, III tomos, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1979; Luis Strifer, El rio San Jorge, Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinu y San Jorge, Universidad Luis Amigó, Monteria 2008; María M. Aguilera, Ciénaga de Ayapel: riqueza en biodiversidad y recursos hídricos, Banco de la República, Cartagena 2009, La economía del departamento de Sucre: ganadería y sector público, Cartagena 2005; Andrés Sánchez, Jabba, La economía del bajo San Jorge, Cartagena 2013; Gabriel Poveda Ramos, Vapores fluviales en Colombia, TM Editores-Colciencias, Bogotá, 1998.
Fernando Guerra Rincón
Foto tomada de: Plazas y Falchetti, 1986
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