En un contexto marcado por la ausencia de partidos políticos organizados, los personalismos y la pérdida de confianza de los ciudadanos en las instituciones, las fuerzas políticas han buscado agruparse en alianzas estratégicas orientadas a ampliar sus bases electorales mediante el recurso cada vez más frecuente a redes sociales que dan un impulso permanente a la irracionalidad y la confrontación excluyente. Es así como la sociedad, y particularmente el electorado, se encuentran divididos entre quienes apoyan la continuidad de las políticas impulsadas por el gobierno y los que promueven el regreso a modelos conservadores.
La campaña actual, alimentada por el fanatismo político, antes que por la discusión programática, ha dado lugar a descalificaciones personales que dejan en segundo plano las propuestas y las estrategias orientadas a sumar votos en una posible segunda vuelta.
El sector de la izquierda cuenta con un amplio respaldo popular que, según las encuestas, no le alcanzaría para alzarse con la victoria el 31 de mayo. La derecha, por su lado, dividida en entre los partidarios de Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, pero muy identificada con movimientos uribistas, sabe que se verá obligada a escoger a alguno de los dos, pero confía en que sumados los votos de sus simpatizantes que le apuestan al fortalecimiento de la seguridad y la inversión privada, derrotará a su adversario común. En este cálculo el sector moderado, considerado de centro, incapaz de consolidarse como fuerza dominante, representa un gran interrogante al igual que el elevado número de indecisos que, según las encuetas, no han decidido todavía qué camino emprenderán.
Al parecer, el único que tiene una estrategia clara en una derecha fragmentada es Álvaro Uribe cuyos fieles seguidores apoyan a dos candidatos. Algunos le apuestan a la extrema derecha con Abelardo mientras otros buscan captar una derecha moderada con Paloma y su propuesta de atraer votantes de un centro carente de líderes fuertes. La estrategia es clara, pero no deja de ser una apuesta. Solamente el día de la elección final se sabrá si los votantes del llamado centro apoyan al candidato de Uribe o si prefieren abstenerse.
Las encuestas dan hasta el momento como ganador indiscutido en primera vuelta a Iván Cepeda enfrentado a Abelardo de la Espriella quien, en caso de alzarse con la presidencia en la segunda vuelte, compartiría gobierno con Álvaro Uribe. La realidad, empero, no siempre coincide con los datos de los sondeos y las encuestas. Recuérdese lo que pasó en 2002 cuando Uribe venció en la primera vuelta electoral a Horacio Serpa quien ocupaba el primer puesto en las encuestas.
Más allá de las narrativas y los discursos, es imposible no tener en cuenta que en el plano económico y social el país enfrenta preocupaciones relacionadas con el déficit fiscal, la deuda, la desigualdad, el desempleo y el costo de vida. Estos problemas alimentan el descontento de amplios sectores ciudadanos, sobre todo en el seno de las clases medias que ven desmejorada su situación y consideran que las reformas impulsadas por el gobierno no les han sido favorables. Así mismo, al margen de los cálculos que emanen de las consultas a los posibles electores, es importante tener presente que en las elecciones presidenciales del 31 de mayo de 2026 se confrontarán dos proyectos ideológicos y políticos opuestos en un escenario de fragmentación partidista, fiel reflejo de la sociedad colombiana y de su búsqueda de nuevos equilibrios de poder en un contexto en el que los extremos ofrecen identidad a quienes carecen de razón propia y en el que la violencia, siempre presente, desdibuja el ejercicio electoral.
Rubén Sánchez David
Foto tomada de: Radio Nacional de Colombia

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