Por Redacción Nota Antropológica
Este martes 14 de abril de 2026, el Foro Experimental de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se llenó antes de las cuatro de la tarde. No era para menos pues David Harvey, el geógrafo más leído del mundo cuando se habla de capital, estaba frente al micrófono. Arrancó con una confesión. Dijo que días antes se había despertado pensando que había escrito el libro equivocado. La depresión le duró hasta el desayuno. Luego sonrió. “No importa”, se dijo a sí mismo. “Puedo escribir otro libro”. Esa anécdota, contada con la naturalidad de quien lleva cincuenta años enseñando lo mismo sin aburrirse, fue la puerta de entrada a una hora y media de análisis puro.
Harvey es profesor en la City University of New York y en la Universidad Johns Hopkins. Autor de títulos como Los límites del capital y La condición de la posmodernidad por ello es que en esta ocasión vino a contar una historia, la historia del capital.
Harvey habló de la relación entre el valor de uso y el valor de cambio. Traduzcamos. Una cosa es usar una silla para sentarte. Otra muy distinta es venderla. Esas dos funciones, según Marx, son antagónicas. No puedes usar algo y venderlo al mismo tiempo. De esa contradicción tan pequeña, dijo Harvey, nace todo el movimiento del capital. Y entonces citó a Marx con precisión de cirujano.
“Marx distingue entre lo concreto y lo abstracto. Su primer concepto en El capital es la mercancía. Es sólida, Sabes lo que es. Puedes hablar de ella. Pero luego Marx dice que esa mercancía tiene dos facetas. Es un valor de uso y es un valor de cambio. Es más, esas dos funciones son antagónicas. No puedes usarla si la has vendido. No puedes venderla si la estás usando.”
Con esa base, Harvey lanzó una invitación. “La próxima vez que comas un sándwich”, dijo, “piensa de dónde viene. El azúcar, el café, la harina. Todo eso te conecta con cañeros, transportistas y trabajadores al otro lado del mundo. No puedes evitarlo. Ya estás dentro”.
El profesor Harvey explicó que, al leer los manuscritos de Marx conocidos como el Grundrisse, encontró un pasaje que antes había pasado por alto. Marx escribió que, en ciertas situaciones, el capital mejora tanto la productividad del trabajo que ya no puede absorber toda la riqueza que genera. En otras palabras, produce más de lo que el mercado puede consumir y entonces surge un problema. ¿Qué hacer con el excedente? La respuesta, según Harvey, está en la historia urbana del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, el capital necesitaba un destino urgente para su capacidad productiva ociosa. La solución fue construir suburbios. Millas y millas de casas, autopistas y centros comerciales.
Harvey explicó:
“En un pasaje asombroso del Grundrisse, Marx dice que muchas veces el capital fijo se produce simplemente porque a nadie se le ocurre nada mejor que hacer con el capital y yo pienso: ‘Dios, eso suena como la urbanización del siglo XX’. De repente me di cuenta de lo que Marx propone ahí. La urbanización es un vertedero para el capital excedente y es un vertedero con consecuencias horrendas. En 1945, el capital acababa de pasar por una gran crisis en los años treinta, seguida de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuál iba a ser la expansión que absorbería toda esa nueva capacidad productiva construida durante la guerra? La respuesta fue construir suburbios. Los suburbios son la forma de urbanización más desastrosa para el medio ambiente que puedas imaginar. Tiene todo tipo de consecuencias sociales.”
Luego añadió un ejemplo contemporáneo que provocó risas cómplices en el público.
“Una de las grandes absorbedoras de capital excedente son los partidos de la Copa Mundial. Construyes estadios nuevos, la gente viene y gasta mucho dinero. Es un gran negociado para el capital. La lógica es una competencia entre naciones. Es una forma de relación social que movilizan los grandes desarrolladores, las grandes finanzas y los grandes capitalistas, y la convierten en una ventaja de clase.”
Harvey también habló de los tiempos de rotación del capital. ¿Qué significa eso? Es el tiempo que pasa desde que se produce algo hasta que se consume. Un automóvil puede tardar quince años en agotarse. Un helado, quince minutos. El capital, en su necesidad de acelerar, busca reducir ese tiempo al máximo. En un mundo perfecto para el capitalista, dijo Harvey, el tiempo de consumo óptimo es cero. Eso es imposible, claro. Pero la tendencia es clara. Ya no vendemos solo objetos, vendemos experiencias y ahí soltó una frase que resume el espíritu de la época.
“Las cosas que tienen tiempos de rotación rápidos ya no son mercancías. Son experiencias. El período neoliberal ha sido un período de tiempos de rotación cada vez más rápidos. Mencioné la industria de la moda. Antes cambiaba una vez al año. Luego cambió una vez por temporada. Ahora es moda flash, donde cambias cada semana. Estás viviendo en un mundo de tiempos de rotación cada vez más rápidos.”
Puso el ejemplo de los cruceros turísticos. Un viaje de siete días se consume al instante, pero requiere una inversión enorme en barcos, puertos y servicios y mientras tanto, ese mismo turismo destruye las playas, los barrios y la vida local que lo hacen posible. Harvey no se anduvo con rodeos.
“El turismo es más importante que la manufactura y lo interesante del turismo es que se trata de consumo instantáneo. Pero necesita una cantidad enorme de inversión fija para que ocurra. Mi ejemplo favorito son los cruceros. Si me hubieras mostrado uno de esos barcos en 1980, habría dicho: ‘¿Qué diablos es eso?’. Y ahora están por todas partes. Puedes tomar un crucero a cualquier lugar, parece y es hermoso porque el tiempo de consumo es de unos diez días o siete días. Pero la cantidad de capital fijo involucrado en construir esas cosas es enorme.”
Luego vino el turno de las cifras. Harvey las soltó sin aspavientos. Cuando Marx escribía, la economía global movía menos de un billón de dólares al año. En 1950, la cifra llegó a nueve billones. Hoy supera los cien billones y luego lanzó una pregunta.
“¿Qué demonios vas a hacer con eso? ¿Por qué necesitamos todo eso? ¿Y por qué no podemos poner todo eso en hospitales y servicios sociales y todo lo demás? Porque sabes que algo anda mal y tenemos que corregirlo y la única ideología que los neoliberales pueden pensar es la austeridad, que empeora las cosas. Es austeridad para la masa de la población y socialismo para los ricos.”
Puso un ejemplo que sonó a denuncia. Los 8 mil millones de dólares anunciados para Ucrania, dijo, no se fueron a Ucrania. Se quedaron en los fabricantes de armas de Estados Unidos. Fabricantes que producen cohetes poco eficaces frente a los drones de bajo costo. El capital, resumió, prefiere quemar riqueza antes que invertirla en hospitales o en escuelas.
El ambiente en el Foro Experimental era de atención sostenida. Nadie tosía. Nadie miraba el celular. Harvey no es un orador grandilocuente. Es un profesor que ha dado la misma clase durante décadas y que, sin embargo, encuentra algo nuevo cada vez. Confesó que no lee a otros marxistas porque prefiere ir directo a los textos de Marx. Eso le ha costado críticas. Lo asume. También confesó que sus clases en internet, grabadas hace años, tienen millones de reproducciones. Nunca imaginó que pasaría.
Antes de cerrar, Harvey advirtió sobre la doble cara de la tecnología y citó a Marx para mostrar que esta ambivalencia no es nueva.
“En el centro de los Grundrisse hay dos pasajes que destaqué en mi libro complementario. El primero habla de la brillantez de la burguesía para inventar cosas nuevas, para liberarnos de los sentimientos religiosos y la adoración de la naturaleza, y permitirnos una comprensión de cómo funciona realmente el mundo a través de la ciencia creativa. Lees este pasaje de unas dos páginas y dices: ‘¿Esto lo escribió Marx?’. Es un relato positivo fantástico de lo que ha hecho la burguesía. Unas páginas después, habla de la toxicidad del mercado y del capital, de cómo las relaciones tóxicas predominan. Todo es destrucción creativa. Todo es reconfiguración violenta. Así que tienes estas dos imágenes de lo que es el capital.”
La inteligencia artificial, dijo, entra en ese mismo juego. Puede hacer cosas brillantes. Él mismo la usó para definir un concepto difícil. El problema no es la herramienta. Es el sistema en el que se inserta. Internet llegó en los años noventa con la promesa de una comunicación horizontal y sin dueños. El resultado fue Netflix, plataformas de pago y la extracción masiva de datos personales. No hubo liberación. Hubo un cambio de modelo de negocio.
La última imagen que dejó Harvey fue la de Manchester y Birmingham. Marx tomó Manchester como el modelo del futuro industrial y acertó en parte. Pero no miró a Birmingham, donde operaban pequeños talleres artesanales de armas y joyería. Esa ceguera, dijo Harvey, te invita a hacerte una pregunta más amplia.
“Una de las preguntas que podríamos hacernos es: ¿qué tipo de sociedad queremos para nuestro futuro? ¿Qué tipo de aparato productivo querríamos? ¿Cómo lo conseguiríamos? Y creo que este es uno de esos momentos históricos en los que tenemos todo tipo de oportunidades, pero también todo tipo de razones sociales que no se están atendiendo. La urbanización sigue siendo un vertedero. La guerra también. El complejo militar-industrial lo está pasando muy bien en este momento.”
La conferencia terminó entre aplausos. La gente se quedó un rato más, comentando en grupos. Afuera, el sol de la tarde caía sobre Ciudad Universitaria y en la cabeza de muchos quedó dando vueltas esa imagen. La ciudad como un gran vertedero de dinero que sobra y una pregunta.
¿Cuántas cosas de las que ves cada día en tu colonia son realmente necesarias y cuántas son solo formas de enterrar capital que no sabía dónde más meterse?
¡EL VIEJO MARX, A PESAR DE LOS MARXISTAS ORTODOXOS… SIGUE VIVO!!!
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Fuente
Harvey, David (2026). The Story of Capital. Conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. 14 de abril. 2026.
David Harvey
Foto tomada de: El País

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