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Se afirman tres identidades y se recrudece la pelea en la derecha

4 mayo, 2026 By Ricardo Garcia Duarte Leave a Comment

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A escasas tres semanas de la primera vuelta, la movida electoral entra en una etapa, en la que, sin retorno, se imponen las definiciones ideológicas y se decanta la participación ciudadana, de modo que así queda tasada la proporción en que se reparten los votos.

De un lado, se definen los bloques ideológicos, a tono con su cultura, su mentalidad y el perfil de sus jefes; del otro, se fija la fuerza de cada una de esas tendencias, el orden cuantitativo de los adherentes que premian con su voto la oferta puesta sobre la mesa por los candidatos.

Dos de esos bloques se reparten el “mercado electoral”, el bloque de una izquierda unida, la de Iván Cepeda, fenómeno relativamente nuevo; y el de una derecha fracturada, un campo dividido en dos mitades que, sin embargo, comparten una mentalidad conservadora, la que se mueve entre la tradición y el autoritarismo.

Por cierto, son dos los bloques ideológicos, el petrismo y el uribismo, para decirlo de un modo plástico, cultural y cotidiano. Sombras efectivas, espectros presentes, diseñadores de marcas y constructores de identidades opuestas. Entre los dos atrapan las expectativas del 80% del universo ideológico y partidista, ese mercado político, en el que se cruzan las ofertas y las demandas electorales, una cobertura tan grande, que recuerda la que configuraban antaño los partidos liberal y conservador. Y que por otra parte desplaza el campo del “centro”, escindido y disperso, por cierto; lo lanza a los márgenes del sistema, con un 5% y eso si sumamos sus distintas fracciones; claro, todas ellas con exponentes competentes y sobre todo con aspiraciones legítimas, una voluntad que no les alcanza sin embargo para tener una influencia real en las próximas determinaciones colectivas, las de escoger los dos finalistas.

Bloques ideológicos, mentalidades y liderazgos

La izquierda, por mucho tiempo sumida en la cuasi-marginalidad, se ha convertido durante la última década en una de las dos grandes vertientes del universo de las percepciones y actitudes frente a la representación y el poder; esto es, el universo de las orientaciones, las que trazan el camino por donde debe marchar el ciudadano; sólo que al mismo tiempo se trata de un mundo fragmentado. Es un orden político de múltiples partidos, que se simplifica empero en dos nacientes y hegemónicas tendencias, la de la izquierda y la de la derecha. A ellas se limita de modo creciente el pulso presidencial, sin que cuaje todavía una tercera, la centrista; la misma que si fueran otros los tiempos, podría surgir con vocación hegemónica para imponerse como proyecto en el orden político; o, al menos, con pretensiones de partido-bisagra, para forjar consensos que favorecieran la gobernabilidad a través de coaliciones con alguno de los bloques dominantes.

Este bloque del que hablamos en este instante, el de la izquierda, con un agitador infatigable que logra ocupar permanentemente el terreno de la discusión pública – el presidente Petro-, sostiene la narrativa del cambio social, un imaginario eficaz, colectivamente simbolizable, que le permite mantener el entronque con sectores muy amplios y decisivos de la población. Lo consigue gracias a dos fenómenos que se superponen; a saber: la persistencia de una desigualdad bárbara, estructural e inercial; y el crecimiento económico de largo plazo, en las décadas anteriores, que ha beneficiado a nuevos sectores con la disminución de la pobreza multi-dimensional. Así, con la desigualdad estructural se despierta el ansia de justicia; con el crecimiento, en cambio, y con algo de distribución, las gentes visualizan la posibilidad de modificar sus condiciones de penuria, las situaciones de precariedad que las agobian, perciben que no es imposible; todo lo cual provoca la “acción”, así sea la sola movilización electoral, algo nada desdeñable para materializar transformaciones.

Al coincidir la injusticia inercial y el crecimiento propiciador de cierto dinamismo social; es decir, al superponerse históricamente los dos fenómenos, ellos terminaron por despertar el estallido social de los jóvenes en 2019, una explosión cuyas ondas expansivas se han prolongado hasta el presente para hacer duradera la expectativa del cambio social, lo que le abre horizontes a la contingencia de un triunfo progresista con un claro matiz popular, no reducido solamente a las clases medias de avanzada.

La derecha, entre el autoritarismo y el tradicionalismo

La derecha, como bloque ideológico, se monta en su reiterado caballito de batalla, el de la seguridad, el del control del orden público. Sus exponentes más reconocidos alzan al tiempo la bandera de la represión contra los grupos ilegales y violentos, lo que quiere decir que, al unísono, retransmiten la enseña ideológica del uribismo que ha encontrado en la guerra contra los conflictos armados y no armados, su fuente de legitimación; aunque de paso se lleve de calle más de un derecho fundamental y le haga siempre “el feo” a cualquier negociación de paz. Es un campo, este de la derecha, normalmente más proclive a la jerarquización, al orden y a la exclusión.

Sólo que admite dos tendencias en su interior. Una, la de recuperar el tradicionalismo partidista; apropiárselo, a la usanza “frente-nacionalista”, con un espíritu de casta, si se quiere, de mandos heredados y “familias políticas”, en este caso, representadas por la candidatura de Paloma Valencia. La otra, una línea que surge como la tendencia más briosa; quizá la más insolente y desvergonzada, representada por Abelardo de la Espriella, de naturaleza populista-autoritaria; también más inorgánica, si se prefiere; menos partidocrática, pero más personalista, que desea establecer un orden en la perspectiva sobre todo de la imposición y el revanchismo; eso sí, sin mucho anclaje en las estructuras políticas; con la idea, por otra parte, de implantar aparatos coercitivos más expansivos y sofisticados.

En tal sentido, la primera vuelta presidencial servirá sobre todo para dirimir la disputa en el seno de la derecha; es decir, para decidir si gana la línea de los outsiders, inclinados particularmente hacia la idea del “hombre fuerte” como sujeto del poder, agente de algo parecido al “autoritarismo burocrático”, modelo impuesto por las viejas dictaduras suramericanas, aunque inscrito en el régimen formalmente republicano. O, si sale victoriosa, por otro lado, la línea de una partidocracia, un tanto vetusta, de orientación conservadora.

Se consolida la correlación de fuerzas

Ubicadas ya en “tierra derecha”, ese momento en el que los potrillos salen de la última curva, para enfrentar la recta final de la carrera, las campañas electorales consolidan su correlación de fuerzas, el equilibrio que las sostiene en movimiento; esa misma correlación que ha venido insinuándose desde hace meses, casi invisible para más de uno; y consolidada ahora, pese a los rituales litúrgicos de muchos comentaristas de prensa en Semana Santa, oficios religiosos imaginados y destinados a que el candidato de sus amores, Paloma o De la Espriella, hiciera mayores avances para pasar a la segunda vuelta; comentaristas tantos como abundan en los grandes medios o en las redes; en realidad, poco avisados, por lo mismo que son poco objetivos e imparciales; casados como están con uno u otro aspirante o, mejor, abanderados contra uno u otro personaje político; naturalmente animados por el odio, por el prejuicio o por la preferencia desmedida, algo que les impide aproximarse, no digamos ya al análisis, exigencia compleja, sino  a la observación apenas sensata.

Iván Cepeda muy pronto alcanzó, potencialmente hablando, el récord de Gustavo Petro hace 4 años, una presentación (performance) de poco más de 8 millones de votos, lo que le permitiría re-editar auspiciosamente el paso a la segunda vuelta.

En la derecha, el tradicionalismo uribista de Paloma Valencia y el personalismo autoritario de Abelardo de la Espriella se reparten su campo ideológico por mitades más o menos equivalentes, aunque con cierta ventaja en favor del outsider, una delantera persistente frente a la candidata apadrinada por Uribe Vélez, la misma que tal vez por esa misma razón no ha logrado en dos meses atraer significativamente a las franjas ciudadanas del “centro”; pues no es fácil pensar en una asociación fluida entre este político, que machaca y machaca contra el fantasma del neo-comunismo; y, por otro lado, los segmentos electorales identificados con posturas del centro ideológico; además, tratándose como se trata de un expresidente que en su momento intentó zafarse de la sombra de los “falsos positivos” con la macabra e incriminatoria frase: “no estarían cogiendo café”, para referirse a los muchachos miserablemente asesinados, doblemente victimizados, de esa cínica manera.

¿Qué nos conversan las encuestas?

El promedio de las mediciones enseña a un Cepeda respaldado por un 39%, porcentaje prácticamente igual al que consiguió Petro, el ganador entonces en primera vuelta, una cifra de buenos augurios para la candidatura de izquierda, sobre todo por su persistencia, sin tendencias a la baja.

Encuestas de abril

*Se muestran datos de las encuestadoras más tradicionales, no de todas.

Aunque en disputa abierta por la conquista del voto conservador, Paloma exhibe un 18%, retraso considerable frente a Abelardo, 22%, cuatro puntos sensibles, mayor al margen de error, algo preocupante para el uribismo y los partidos tradicionales que, si las cosas no cambian, tendrían que “pegarse” como furgones de cola al proyecto más personalista, el de Abelardo, matizado de bukelismo y no lejos de las pulsiones autoritarias; un riesgo que entraña la descomposición mayor de partidos como la U, el liberal y el conservador, sin excluir parcialmente al propio uribismo.

De ese modo, queda el interrogante acerca de cuál de las dos opciones autoritario-conservadoras será la que deba enfrentar en junio a Cepeda, el seguro ganador en la tarde del postrer domingo de mayo.

Después, la pelea electoral será cerrada, así lo indican las tendencias generales del electorado colombiano, la misma competencia que se ha configurado entre dos grandes opciones; digamos, una progresista y otra conservadora, tal como sucedió hace cuatro años; elección en la cual, la primera de esas alternativas, con Petro a la cabeza, ganó por un 3%. Justamente, en el pasado más reciente, aparecen dos eventos con resultados contradictorios, referentes en esta nueva disputa, la de la izquierda y la derecha: en 2018 ganó esta última, fue una coyuntura en la que el uribismo habilidosamente salió adelante con Iván Duque; al contrario, en la siguiente ocasión, 2022, ganó la izquierda con Gustavo Petro. ¿Cuál será el modelo que se repetirá? En 2026 las cosas dependerán de hacia dónde se incline con mayor fuerza el votante independiente, ya más desligado de compromisos, ese elector de centro, una franja especialmente volátil; así mismo, dependerá de quién ponga a circular mejor los miedos en contra del adversario, variante del voto negativo, muy propio de la segunda vuelta.

Ricardo García Duarte

Foto tomada de: Zona Cero

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Dra. Carolina Corcho Mejía, Presidenta Corporación Latinoamericana Sur, Vicepresidenta Federación Médica Colombiana

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