Son Estados Unidos e Israel quienes tienen serios problemas en el plano militar. La marina de guerra estadounidense ha visto disminuir sensiblemente su capacidad de proyectar fuerza en el exterior. La pieza clave de dicho poder son los portaaviones, cuya eficacia militar ha sido prácticamente neutralizada por los drones y los misiles iraníes. El Abraham Lincoln fue alcanzado a pocos días de empezar la guerra y ahora mismo está recuperándose en alguna base del océano Índico. El Gerald Ford corrió una suerte semejante: después de ser alcanzado por los disparos iraníes, está siendo reparado en una base naval en la isla de Creta. Y el George Bush, enviado como reemplazo, está rodeando el Cabo de Buena Esperanza en el sur de África, para no exponerse al grave peligro que representa el control que ejercen los Hutíes de Yemen del mar Rojo.
El formidable poder de fuego representado por los aviones que transportan estas carísimas naves ya no puede ser utilizado para bombardear a Irán. De esta misión se han encargado los aviones de combate que utilizan bases británicas en Chipre y de aeródromos estadounidenses en Israel y Jordania. Todos estos aviones han estado disparando sus misiles desde fuera del espacio aéreo iraní y cuando han intentado hacerlo de muy cerca han sido derribados por las “destruidas” defensas aéreas iraníes. Como ocurrió con dos F-15 derribados en los cielos de la vecina Kuwait. Y como ocurrió con la flotilla de aviones de transporte y helicópteros que participaron en la fallida operación de comando cuyo objetivo era “neutralizar” las reservas de uranio enriquecido guardadas en un depósito subterráneo cercano a la ciudad de Ispahán. El fracaso fue convertido, por obra y gracia del verbo fantasioso de Trump, en el éxito de una operación de rescate del coronel, especialista en armamentos, que comandaba desde la cabina de un F 15 el operativo.
A todas estas importantes degradaciones del poderío militar estadounidense hay que sumar la destrucción del mito de la invulnerabilidad de la “cúpula de hierro”, cuya misión era la de neutralizar cualquier ataque aéreo contra Israel. Misión que ya no está cumpliendo como lo demuestran los exitosos ataques de misiles iraníes contra el puerto y la refinería de Haifa y contra instalaciones militares y de inteligencia críticas en Tel Aviv y en Dimona. Ataques que ponen en evidencia un problema aún mayor: Estados Unidos se está quedando sin misiles. Sus arsenales están bajo mínimos. Pero no solo por su uso intensivo en el conflicto de Ucrania y en las dos etapas de la guerra de agresión contra Irán. Aquí hay un problema más de fondo. Un problema que afecta actualmente el desempeño del conjunto de las fuerzas armadas estadounidenses y del que no cabe esperar una solución a corto y posiblemente a mediano plazo. Se resume así: el armamento estadounidense es muy caro y su tiempo de producción actual es incapaz de mantener el ritmo exigido por guerras de tanta intensidad como las de Ucrania y de Irán. Estas deficiencias, derivan de a su vez del hecho de que la industria armamentista estadounidense, por estar privatizada, se rige más por el criterio de maximizar beneficios que de obtener los resultados más económicos y eficientes. Tal como lo pone en evidencia por el hecho de que para interceptar un dron iraní que cuesta 50.000 mil dólares hay que emplear un misil Patriot que cuesta un millón de dólares. Los inversores ganan, los militares pierden.
Pero no es solo la necesidad de ganar tiempo para intentar resolver este grave problema de logística lo que ha movido al gobierno de Trump a pedir un alto el fuego y a entablar negociaciones en busca de un acuerdo con el gobierno iraní. Tanto o más importancia tienen los factores económicos y políticos que enfrenta su gobierno y que demandan una tregua. El factor económico tiene un nombre: el petróleo. La guerra contra Irán ha cortado las exportaciones de hidrocarburos de la región más ricas en recursos de gas y petróleo del mundo. De hecho, durante las siete semanas la exportación de 11 millones de barriles diarios de crudo se ha desplomado catastróficamente. Los anuncios triunfalistas de Trump de que la guerra ha terminado o que está a punto de terminar, han tenido como objetivo manipular el mercado del petróleo con el fin que los precios del mismo no suban todo lo que tendría que subir dado el desplome de las exportaciones procedentes de la región del Golfo Pérsico. Pero la eficacia de estas maniobras está a punto de terminar. No se puede poner petróleo de papel bursátil en vez de gasolina o diesel en los motores de aviones, carros y tractores. El alto al fuego aplaza o mitiga el impacto en la economía mundial del momento en que la economía se sincere y ponga los precios del petróleo donde hay que ponerlos, si la guerra con Irán continúa sine die.
A este problema hay que añadir otro: el flujo ininterrumpido de petrodólares en las arcas de las monarquías árabes no se queda en dichas arcas. Se invierte de inmediato en Wall Street, en bonos del tesoro, que ya nadie, aparte de estos monarcas, quiere comprar, y en proyectos estratégicos como los de IA, que tienen todo el futuro del mundo pero que por ahora no están dando los beneficios inmediatos esperados por los inversores. Los gigantes estadounidenses de la industria petrolera están obteniendo ganancias extraordinarias con las subidas que ya ha experimentado el precio de los hidrocarburos. Pero la interrupción del flujo de petrodólares procedente de las monarquías árabes ya está teniendo un efecto negativo en el mercado de bonos del Tesoro y en los estratégicos proyectos de inversión en IA.
Solo me resta aclarar lo del dichoso bloqueo del Estrecho de Ormuz. El Estrecho no está bloqueado por la guerra. La guerra ha permitido que Irán se haga con el control militar del mismo. Lo que le ha permitido decidir cuáles buques pasan y cuáles no. Y si lo hacen en qué condiciones. Obviamente no pasan los buques de Estados Unidos y de Israel, porque ambos le están haciendo la guerra a Irán. En cambio, pasan los 11 integrantes de la lista de países amigos, que incluye a Colombia y a México. El resto puede pasar libremente si paga en yuanes o en criptomonedas un derecho de tránsito equivalente a dos millones de dólares. Por eso cuando Trump se desgañita gritando que “¡El Estrecho está cerrado!” quiere que pasemos por alto que está cerrado para Estados Unidos e Israel y no para el resto del mundo. Su última jugarreta es imponer un bloqueo a los buques petroleros que crucen el Estrecho y transporten petróleo iraní. Las autoridades chinas ya han declarado que sus buques no pueden ser interceptados y que si lo son la República Popular China responderá en términos militares a tan abierta agresión.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: El Mundo

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