Han sido más los aciertos que los errores de Petro; han sido más los errores que los aciertos de la oposición; y ha resultado más relevante el talante, así como la jerarquía intelectual y humana de Iván Cepeda, que el opaco pensamiento político e ideológico de los candidatos de la extrema derecha.
El favoritismo en las encuestas no es gratuito. El Pacto Histórico, junto con la fuerza de la Alianza por la Vida, muestra cohesión y un camino hacia la victoria. Responde con argumentos a los ataques y se defiende cuando la acción de la oposición se torna infame, inspirada en una estrategia neoliberal y uribista (expresión colombiana del neofascismo) que no apela al razonamiento sino a la mentira; no a la deliberación sino al agravio; no al programa sino a la superficialidad; no al pensamiento sino a la agresión.
La obsesión de la ultraderecha es recuperar cuatro manzanas en el centro de Bogotá: la manzana de la Casa de Nariño y la del Ministerio de Hacienda, porque quiere retomar el símbolo del poder y el manejo de los recursos públicos.
También existen otras dos manzanas: la del Capitolio donde el Congreso de la República niega las reformas sociales que presenta el progresismo; y el Palacio de Justicia donde las Cortes bloquean reformas y frenan el traslado de dineros de los ahorradores de los fondos privados de pensiones a Colpensiones, cohonestando para que privados se queden con dineros de la gente. ¿Si se robaron la salud, por qué no las pensiones y mucho más?
Estas cuatro manzanas es lo que disputa la ultraderecha, lo demás no les importa porque el neoliberalismo los convirtió en dueños de la nación y de la vida de todos.
Los violentos
La ultraderecha camina por dos carriles: Abelardo, que hace alarde de su sexualidad, que amenaza destripar a los progresistas, que desconoce la relación entre ética y derecho, y cuya consigna “firmes por la patria” es volver a la guerra que añora Uribe; y Paloma Valencia, nieta de un expresidente culpable del surgimiento de las FARC-EP en 1964, conflicto armado que duró hasta 2016 cuando se firmó el acuerdo de paz.
Esa violencia tuvo origen en el apellido Valencia: trescientos mil muertos y millones de víctimas desplazadas por el país y el exterior, ocurrió por la bestialidad de no darle una reserva campesina a 68 guerrilleros liberales que querían desmovilizarse.
Por eso la apuesta a la paz es un propósito que jamás Colombia debe abandonar, y será posible lograr si hay un desarrollo económico sostenible con equidad, si se reforman los poderes del Estado, y se aprueban reformas sociales en el Congreso de la República o a través de una Asamblea Constituyente, la idea que más me gusta, porque el desarreglo institucional es irreparable.
De esa violencia surgió una rama de desgraciados que asesinaron al padre de Iván Cepeda, candidato a la presidencia de la república. Qué paradoja tan ingrata y cínica, porque la candidata cuyo “padre” es Uribe, no tiene problema en atacar y agredir al senador y candidato progresista al decirle de manera desvergonzada “que ojalá no la vaya a mandar a matar” como si fuera de la misma estirpe de los acostumbrados a dar órdenes de asesinar, robar tierras y recursos públicos. Es el cinismo de los que mucho tienen y nada ofrecen, por eso la guerra en el Cauca, su tierra, es la guerra que no tiene fin.
La oposición hoy no es nada, sin partidos ni cohesión, solo el Centro Democrático sobrevive como retaguardia de Uribe para evadir la justicia.
Mientras tanto, el progresismo gana fervor en la ciudadanía, incluida la clase media porque el neoliberalismo no desarrolló una economía avanzada inspirada en la productividad y en la innovación, para que haya una mayor movilidad social por la demanda sostenida de recursos humanos calificados que reduzca la informalidad a una tercera parte del 60% que hoy representa como fuerza laboral.
La segunda victoria
El progresismo, después de muchos años de lucha de la izquierda, sobrevivió a tanto golpe mortal, uno tras otro, con varios genocidios y magnicidios, gana en 2022 la Presidencia de la República con Gustavo Petro.
Se sabía que no sería fácil, pero tampoco que sería tan difícil, porque el poder detrás de las cuatro manzanas sacó su enorme capacidad de pensar y actuar mal como pocos en el mundo y como ninguno en América Latina.
El primer gobierno progresista tuvo la oposición del centro y de la derecha, y los efectos de errores propios, porque por primera vez en más de medio siglo una fuerza progresista gobierna a Colombia.
Pero, la oposición, a través del Congreso y de las Cortes con sus equivocadas obsesiones, han nutrido una conciencia ciudadana que se extiende de manera silenciosa y se hace sentir cuando llaman a la calle, a la plaza, a las redes y a depositar su voto.
Esa fuerza no ha llegado a su techo, crece y crece como crece la favorabilidad del presidente que ya se despide, y se refleja en unas encuestas que muestran adelante a Iván Cepeda, pero cerca a los dos de la ultraderecha con el fin de lograr el efecto de Katz en Chile: en primera vuelta segundo, y en la segunda vuelta primero.
Mientras la oposición está pulverizada, el progresismo se cohesiona. Hoy es una potente construcción política e ideológica: Cepeda, Pacto Histórico y Alianza por la Vida, respaldadas por el presidente Petro. En estos días que quedan para la primera y única vuelta, deben mostrarse cada vez más juntos, porque la segunda victoria requiere de una gran unidad.
Tienen un extraordinario grupo de congresistas que van por el país esparciendo las semillas del progresismo, donde las mujeres han hecho un papel monumental, lo opuesto a los descaracterizados del centro, que van solos y solas como abandonados por su torpeza política al no sumarse a la fuerza progresista.
Uno se pregunta cuál es la ideología de Claudia López y de Sergio Fajardo si tuvieron la oportunidad de construir un discurso innovador para los tiempos que vienen. Sin embargo, tienen la oportunidad de apoyar a Cepeda en una eventual segunda vuelta.
Si el centro se humilla ante Valencia o De la Espriella, seguramente muchos de sus seguidores votarán por el candidato de la segunda victoria, porque hay conciencia de lo alcanzado y lo que se puede lograr si hay continuidad. Se entiende que un triunfo de la ultraderecha sería el retorno a la inequidad, a la injusticia, al atraso, al olvido y a la muerte. Colombia no ha podido cerrar siglos de violencia pues está entrampada en una extraña locura por la barbarie.
Iván Cepeda: pensamiento y liderazgo
Hizo bien el candidato de la segunda victoria no prestarse a debates con los otros aspirantes. Con ninguno tenía algo que debatir en medios con periodistas adversos que tienen la orden de atacarlo.
Además, ha asumido la responsabilidad de construir un cuerpo sólido de pensamiento, expresado en más de cien discursos que recogen sus propuestas y pueden ser consultados por quien desee comprenderlas.
Las entrevistas que ha concedido son magníficas. Encanta su discurso, la solidez de su pensamiento político, su carácter, su empatía por los menos favorecidos y la mano extendida para un acuerdo nacional.
Cepeda, formado en la filosofía y en el rigor intelectual, es ante todo un humanista comprometido con la vida, los derechos y la lucha contra la desigualdad. En un país marcado por múltiples formas de inhumanidad, su perfil representa una apuesta ética y política distinta.
Cepeda tiene la fuerza de sus ideas, de un discurso potente y consistente, a diferencia de la insolvencia humana e intelectual del pensamiento neoliberal que nutre a la ultraderecha y a sus vecinos del tibio centro, que de manera absurda atacan al líder del Pacto Histórico y de la Alianza por la Vida.
Además, la aguda visión de Cepeda lo llevó a elegir a Aida Quilcué para la vicepresidencia que amplía el horizonte social, cultural y territorial del proyecto progresista.
Mayo 31: el día de la gran decisión
Que suenen los tambores, que se sienta la calle, que se oigan sus palabras, y se llenen las urnas con tarjetones marcados arriba y a la izquierda para lograr la segunda victoria.
De la unidad, la conciencia ciudadana y la participación dependerá que Colombia avance hacia un horizonte de equidad, paz y transformación, o que retroceda hacia los ciclos conocidos de exclusión y violencia.
Jaime Acosta Puertas
Foto tomada de: Iván Cepeda Castro en Instagram

Deja un comentario