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La oposición invisible: periodismo económico, discurso y malestar durante el gobierno Petro

10 agosto, 2026 By Jaime Alberto Rendón Acevedo Leave a Comment

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Tras el cierre del cuatrienio del gobierno saliente de Gustavo Petro, es necesario, como un acto responsable con el país, analizar un fenómeno que trascendió con creces el debate parlamentario tradicional, las discusiones habituales de la arena legislativa y en general sobre las realidades políticas de la nación: el papel cumplido por los grandes medios de comunicación (encabezados por casas editoriales como El Tiempo y Portafolio, complementados por El Espectador, El Colombiano y la revista Semana, entre otros) convertidos en una verdadera, sistemática y sofisticada oposición fáctica.

Más allá de la legítima labor informativa que se le presupone a la prensa libre, e inclusive el derecho a que los medios de comunicación, como estos, sean parte de grandes conglomerados corporativos, la cobertura económica de estas empresas operó bajo una macroestructura discursiva rigurosamente orientada a minar la confianza de los agentes económicos, fabricando un clima permanente de zozobra, crisis y malestar financiero que permeó las decisiones de inversión y el pulso diario de los mercados nacionales. Matriz que fue torpemente respondida por los medios oficiales e inclusive por las bodegas o youtuber al servicio del establecimiento.

El Análisis Crítico del Discurso propuesto por Teun Van Dijk es una herramienta para comprender cómo los medios lograron instalar de forma tan hegemónica una narrativa de colapso a pesar de que diversos indicadores macroeconómicos mostraban resiliencia, incluso mejoras sustanciales, o dinámicas de desaceleración global compartidas por la región. No se trata en este escrito de comparar los resultados, en realidad los datos están, se conocieron y hoy se comparten no solo en estos mismos medios sino a través de redes sociales que tratan por doquier, pero sin éxito claro está, de mostrar una interpretación distinta de esos mismos datos.

Van Dijk sostiene que el discurso desde los medios no es un reflejo neutral de los hechos, sino una práctica social cargada de intereses que reproduce relaciones de poder y moldea los modelos mentales de las audiencias. En el caso del periodismo económico colombiano, esta arquitectura discursiva se operativizó a través de tres mecanismos muy precisos.:

En primer lugar, la selección léxica y el encuadramiento o framing, donde términos como “incertidumbre”, “fuga de capitales”, “frenazo”, “improvisación” o “amenaza a la propiedad privada” se convirtieron en el estribillo cotidiano de las primeras planas. Sumado a presentar las noticias positivas con un “Pero”. Los empresarios y las gentes día a día escuchando esas frases repetitivas terminaron convirtiéndolas en la realidad.

En segundo lugar, la asimetría en la validación de fuentes expertas, sobredimensionando de manera exclusiva la voz de tanques de pensamiento gremiales, calificadoras de riesgo y analistas del sector financiero tradicional, mientras se deslegitimaba o invisibilizaba cualquier lectura alternativa proveniente de la economía social, el sector público o la academia crítica. Hábilmente las noticias tenían un respaldo en la “academia”, en los “técnicos”, lo que significa creencia inmediata sin mayores consideraciones.

En tercer lugar, la materialización de una profecía autocumplida: al repetir incesantemente que el aparato productivo estaba al borde del abismo, se logró inducir una cautela extrema y un pesimismo calculado en el empresariado, afectando la inversión privada no por fallas estructurales intrínsecas del modelo de mercado, sino por la erosión deliberada de la confianza pública, o como se dice en economía, por la generación de expectativas negativas, es decir aunque todo vaya bien, al decir, al unísono que todo va mal la realidad termina falseada y la opinión pública termina sumida en el miedo y la desconfianza. Las mentiras terminan siendo validadas como verdades. Tanto va el cántaro al agua…

A este engranaje de cerco informativo se sumó de manera decisiva un actor institucional clave que prestó su aura de aparente neutralidad técnica para respaldar el discurso de las élites económicas: el Banco de la República. La Junta Directiva del emisor, a través de comunicados constantes y de una política monetaria restrictiva basada en tasas de interés altas, esto ante las realidades del mercado y en particular de la inflación que no ha estado desbordada, aunque si fuera del rango propuesto por el mismo Banco de la República. En estos 34 años, se puede concluir que el Banco de la República ha tenido éxito en consolidar una baja de inflación estructural frente al siglo XX, pasando de la inestabilidad observada en las décadas pasadas a anclar expectativas durante los decenios de los años 2000 al 2019. Sin embargo, el balance empírico arroja que la meta estricta o su rango se han cumplido en un poco más de dos terceras partes, enfrentando en los últimos años un bache histórico donde las crisis de oferta global rompieron los márgenes tradicionales de control de la política monetaria.

Más aún, y apoyado en una paradójica posición técnica (cosa que no existe o que es discutible en economía), el Banco de la República no se limitó a gestionar los desequilibrios inflacionarios globales post-pandemia, sino que funcionó como una caja de resonancia institucional del malestar, esto al mantener una postura de permanente alerta sobre los riesgos fiscales y la supuesta inestabilidad macroeconómica, de esta manera el Banco validó “técnicamente” los argumentos de la oposición mediática. Esta supuesta asepsia técnica sirvió para blindar ideológicamente el descontento empresarial, convirtiendo decisiones de política monetaria restrictiva en un veredicto institucional constante que alimentaba los titulares más pesimistas de la prensa y debilitaba cualquier margen de maniobra expansiva del Ejecutivo.

Complementando esta mirada discursiva, en cómo este andamiaje logró calar profundamente en el tejido social y empresarial, debemos cruzar el análisis con los aportes teóricos de Jesús Martín-Barbero. Lejos de entender la comunicación como un circuito cerrado de emisión y recepción pasiva, Martín-Barbero nos enseñó en sus reflexiones sobre las mediaciones que el verdadero poder de los medios reside en su capacidad para articularse con las matrices culturales y los lugares de reconocimiento de las élites. Los grandes medios en Colombia no impusieron simplemente conceptos abstractos; construyeron con éxito un sentido común desde la perspectiva de las élites económicas.

Las noticias económicas funcionaron como un ritual cotidiano de pertenencia y validación para el establecimiento empresarial y los sectores medios-altos, donde el rechazo sistemático a las reformas estructurales del gobierno saliente se legitimaba culturalmente como una defensa técnica de la racionalidad y la libertad económica. Así, la oposición mediática se consolidó como una poderosa mediación hegemónica, un espacio simbólico donde el malestar económico dejó de ser una hipótesis analítica para convertirse en la ideología dominante de una parte del empresariado colombiano frente al cambio político.

Esta construcción narrativa tuvo además una instrumentalización directa en la contienda electoral reciente y en el diseño del nuevo escenario político. La fuerza política victoriosa y su dirigencia no solo aprovecharon este clima de opinión generalizado para capitalizar el descontento en su campaña, sino que estructuraron un programa de gobierno en materia económica cuyos puntos de partida y promesas están cimentados sobre una realidad fantasmagórica: un país económico que solo existe en ese discurso de poder y en los diagnósticos catastrofistas de la prensa tradicional.

Al dar por sentado que el país venía de una quiebra sistemática provocada por la intervención estatal, el bloque gobernante entrante justifica de antemano un recetario de ajustes ortodoxos, privatizaciones y desregulaciones, más complejos aun que los conocidos desde la apertura económica, y validando como “verdades científicas” los mitos que la misma red de medios ayudó a consolidar durante cuatro años. Ejemplos de esta simbiosis abundan en el archivo documental de la época: mientras los informes trimestrales del DANE reportaban crecimientos positivos del PIB impulsados por el consumo de los hogares o sectores comerciales, los diarios económicos priorizaban en sus primeras páginas el supuesto desplome de la confianza inversionista. De la misma manera los editoriales personalizados culpaban de manera directa al Ejecutivo de fenómenos inflacionarios de origen global o de fluctuaciones cambiarias internacionales o de desconocimiento e irresponsabilidad frente al manejo económico y fiscal.

Paradójicamente aquellas cuatro personas que entraron al gobierno en la etapa inicial, como un acto de amplitud hacia sectores progresistas provenientes del partido liberal, terminaron no solo obstaculizando las reformas, sino que sirvieron de soporte para mostrar la “ineficiencia e inoperancia” del Gobierno: José Antonio Ocampo, Alejandro Gaviria, Cecilia López y Jorge Iván González, terminaron haciendo eco y legitimadores del discurso creado de catástrofe económica. Una pena con dos de los economistas que son considerados desde la academia como de los más importantes del país (López y Ocampo), el otro un filósofo (González) y un ingeniero (Gaviria) que, con doctorado en economía, lo que no los hace economistas en Colombia, han estado no solo cerca del poder, con capacidad de decisiones, también de los medios (en el caso de González con presencia permanente en esta Revista) y terminaron convertidos en justificadores del discurso de las élites. En realidad, los cuatro nunca han estado por fuera de este discurso, aunque son innegables sus aportes a la comprensión de la economía del país.

La conjunción entre los titulares de la prensa, los comunicados corporativos de los gremios reproducidos sin contrapeso, las advertencias “técnicas” del Banco de la República y la incomprensible posición de destacados columnistas, conformaron un ecosistema donde la realidad material fue permanentemente desplazada por la ficción del colapso. Hay que decir, por último, que la corrupción en todas sus latitudes y colores, la defensa del presidente a lo indefendible, les sirvió a todos estos agentes del fracaso como soporte a todo su discurso, fue el combustible con el que vincularon a una importante parte del país para declararse en contravía, aun ante las evidencias de mejoras sustanciales en el ingreso, el consumo o la producción, como también lo dijo el empresario Luis Carlos Sarmiento Angulo el día de las elecciones: “El país en la parte económica está bien, vamos mejorando.”

En definitiva, y quedará para profundizar en otras investigaciones y discusiones, la verdadera oposición al gobierno saliente no se gestó únicamente en los curules del Congreso, sino en las redacciones y rotativas del periodismo económico tradicional. Al convertir la “crítica mentirosa” en un estado de ánimo permanente, los medios demostraron que el control del discurso público es la herramienta más eficaz para condicionar la gobernabilidad. Desenmarañar este mecanismo de poder discursivo es una tarea ineludible si pretendemos democratizar el debate económico en Colombia y comprender que la economía, antes que una ciencia neutral e incontestable, constituye un permanente campo en disputa simbólica. Con el acierto en estos cuatro años en el tema de la oposición económica, la tarea siguiente será la “batalla cultural”, donde se anuncia que se reescribirán historias, hechos y derechos. Amanecerá para ver.

Jaime Alberto Rendón Acevedo, Director Centro de Estudios e Investigaciones Económicas, Universidad de la Salle

Foto tomada de: Chatgpt +

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