Es una luz que ilumina y que transforma, que se posa sobre el agua y se deshace en miles de reflejos, atraviesa la piel, suaviza los contornos y abre el espacio hasta hacerlo más vivo, más respirable, de manera que el cuerpo se relaja sin darse cuenta, la mirada se ensancha y aparece una sensación difícil de nombrar, una mezcla de amplitud, libertad y una forma de infinitud ligera, sin peso.
Joaquín Sorolla entendió esa luz como pocos, no como algo que se representa sino como algo que ocurre, algo que se vive en el instante mismo en que sucede. No pintaba el mar, sino lo que el mar devuelve: la vibración del sol sobre el agua, el momento exacto en que una ola rompe, la piel salada iluminada desde dentro.
Trabajaba al aire libre porque necesitaba que el lienzo respirara lo mismo que él, y en esa urgencia por captar lo que no se puede retener hay una honestidad radical. Sus pinceladas no fijan, acompañan, como si supiera que la luz nunca espera. En sus playas de Valencia, Jávea o Dénia, el Mediterráneo deja de ser paisaje para convertirse en presencia emocional, sin artificio, solo vida desplegándose con una verdad que no necesita explicación.
Esa misma verdad, desde otro lugar, también ha sido escrita por Manuel Vicent, que no explica el mar sino que lo reconoce desde dentro, dejando que su mirada no describa lo que ve sino lo que ha vivido junto a él, y en ese gesto el Mediterráneo deja de ser imagen para convertirse en memoria, en infancia, en una biografía compartida donde reaparecen los veranos que no se olvidan, los primeros descubrimientos y esa sensación de libertad que permanece adherida a la piel y atraviesa el tiempo sin desaparecer.
Quienes hemos vivido frente al mar lo sabemos sin necesidad de decirlo: el Mediterráneo es algo que atraviesa la vida entera, que se filtra en la forma en que recordamos, en cómo sentimos el paso del tiempo y en esa manera de estar en el mundo donde lo esencial no necesita ser explicado.
Sin embargo, hay otra capa que no vemos directamente. Bajo esa luz que tanto nos fascina existe un mundo complejo, profundamente vivo, que sostiene todo lo demás: ecosistemas que han tardado siglos en formarse, corales que estructuran la vida, especies que se organizan en equilibrios delicados que apenas empezamos a comprender. Un mundo silencioso que no se muestra, pero que está ahí, latiendo.
El problema es que ese latido se está debilitando, no de forma evidente desde la orilla, sino a través de procesos que ocurren lejos de nuestra mirada. La pesca de arrastre es uno de ellos: grandes embarcaciones recorren el fondo marino con redes que no distinguen, que arrasan todo a su paso, capturando no solo lo que será consumido, sino también aquello que no entra en el circuito comercial y que es devuelto al mar sin vida. Toneladas de existencia descartada. Corales destruidos. Ecosistemas enteros alterados.
El resultado es un Mediterráneo que, en muchas de sus zonas, ha perdido parte de su riqueza original, un fondo marino que se ha ido vaciando hasta convertirse, en algunos lugares, en un espacio casi árido. Y aun así el mar sigue ahí, ofreciendo belleza, alimento, experiencia, vida. Esa es su grandeza, y también el punto en el que surge una pregunta inevitable: qué hacemos nosotros con todo lo que nos da.
La relación con el mar no se queda en la contemplación, se traduce en lo cotidiano, en lo que consumimos, en cómo elegimos, en lo que desechamos, en los plásticos que utilizamos y que acaban, directa o indirectamente, en sus aguas, en el tipo de pesca que sostenemos con nuestras decisiones de compra, en si elegimos o no productos que provienen de prácticas que destruyen el mismo mar que admiramos. No se trata de grandes gestos, sino de pequeños actos que, sumados, construyen una dirección.
La buena noticia es que también hemos visto lo contrario, y no como una idea abstracta sino en lugares muy concretos donde la protección ha sido real y sostenida en el tiempo. En el Parque Nacional de Cabrera, en las Islas Baleares, la limitación de la pesca y la creación de una reserva marina han permitido que la biodiversidad se recupere de forma visible. En las Islas Medas, frente a la Costa Brava, la protección iniciada hace décadas ha convertido la zona en uno de los ecosistemas más ricos del Mediterráneo, con bancos de peces que han regresado con una abundancia que parecía perdida.
Lo mismo ocurre en el Parque Nacional de Port-Cros, en Francia, donde la conservación estricta ha permitido que los fondos marinos mantengan una vitalidad excepcional, o en la Reserva Marina de Torre Guaceto, en Italia, donde la recuperación de especies y hábitats ha beneficiado incluso a las comunidades pesqueras locales.
Son ejemplos concretos que muestran que cuando se protege el mar y se le pone un stop! a la pesca de arrastre, la vida vuelve: los corales se regeneran, los peces regresan, los equilibrios se reconstruyen. El mar, cuando se le permite, sabe recuperar su pulso.
Y es ahí donde este vínculo que sentimos con el Mediterráneo adquiere todo su sentido, porque no es solo un lugar que nos gusta ni un paisaje que nos calma, es algo que forma parte de nosotros, y todo lo que forma parte de nosotros se cuida, porque es, en realidad, nuestra propia vida, estamos profundamente interconectados.
Cuidarlo es una coherencia que nace desde dentro, desde ese mismo lugar en el que sentimos la luz, en el que reconocemos la memoria, en el que algo se expande cuando miramos el horizonte.
El Mediterráneo nos ha dado mucho más que belleza. Nos ha dado forma.
Y quizás ahora, en un momento en que esa forma empieza a mostrar su fragilidad, nos corresponde a nosotros estar a la altura de lo que hemos recibido, no desde la culpa, sino desde la conciencia, entendiendo que en cada gesto cotidiano, por pequeño que parezca, hay una forma de relación con ese mar, y que en esa suma silenciosa de gestos existe también una posibilidad real de cambio.
Sandra Campos

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