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De la ética del sacrificio a la política del poder

27 julio, 2026 By David Rico Palacio Leave a Comment

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Colombia ha vivido más de un siglo de guerras civiles, violencia partidista, conflicto armado, narcotráfico y violencia urbana. La muerte dejó de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en un elemento cotidiano de la vida social. Cuando una sociedad convive durante generaciones con la violencia, la muerte no solo produce dolor: también adquiere significado político y moral.

Este hecho ha marcado fuertemente el quehacer político en Colombia, y ha moldeado particularmente la personalidad política de los partidos, movimientos y organizaciones sociales que, de manera general, podemos llamar de izquierda.

En la izquierda colombiana el mártir llegó a ocupar un lugar central. El militante dispuesto a sacrificar su vida por una causa se convirtió en un ideal ético. Esto tiene sus raíces en la experiencia colombiana de persecución, asesinatos sistemáticos y selectivos, y otros crímenes de Estado contra dirigentes políticos y líderes sociales. El exterminio cruento de la Unión Patriótica, producto de la connivencia entre agentes estatales y paramilitares, consolidó una memoria de terror que contribuyó a convertir el sacrificio y la victimización en referentes centrales de la identidad política de la izquierda.

Lo que quizá distingue a gran parte de lo que en Colombia se ha llamado izquierda es que el sufrimiento ha adquirido un valor casi redentor. La disposición al sacrificio parece convertirse en un criterio de autenticidad política: quien más ha sufrido, quien más ha sido perseguido, quien más cerca ha estado de la muerte, parecería poseer una mayor autoridad moral. En muchos cantos, consignas y eslóganes de la izquierda aún resuenan ideas semejantes. La muerte deja de ser solamente aquello que se combate y empieza, paradójicamente, a funcionar como fuente de autoridad.

Desde un punto de vista religioso, puede hablarse de una influencia que proviene indirectamente de la tradición cristiana. Aunque muchas corrientes de la izquierda tradicional se declaren materialistas, ateas o marxistas, todavía conservan una estructura simbólica que hunde sus raíces en el cristianismo y el estoicismo. El martirio, la renuncia, la privación, el sacrificio y la redención a través del sufrimiento hacen parte de esa tradición. Cambia el contenido, pero las formas permanecen. Según Leo Strauss, la secularización puede entenderse como la preservación de pensamientos, sentimientos o hábitos de origen bíblico tras la pérdida o la atrofia de la fe bíblica.

La cuestión es saber hasta qué punto una sociedad atravesada por la violencia termina convirtiendo la muerte en un principio organizador de la vida social y de su imaginación política. Si la intuición es correcta, el desafío de una izquierda realista que quiera transformar la sociedad no consiste solo en poner fin a la violencia material (física, política y económica, etc.), sino también en construir una cultura política que halle su legitimidad en la capacidad de respetar la vida, generar bienestar y prometer futuro, en lugar de alimentar la exaltación del sacrificio. Si realmente quiere conquistar y ser gobierno, la izquierda no puede juzgarse más por su pureza y debe empezar a ser juzgada por su capacidad efectiva para constituirse en fuerza histórica.

A la izquierda la menguaron, la humillaron y la doblegaron por la fuerza con un poder mortal que la sometió. Desde entonces ha existido como elemento subsidiario, como poder vencido, como fuerza reprimida y secundaria, obligada a contentarse con hacer oposición. Nos condenaron a existir como minoría sin capacidad real de acción transformadora. Pero la política es una cambiante constelación de fuerzas que pugnan entre sí para asegurarse, aunque sea por un tiempo, la dominación y el poder de decidir. Cada centro de fuerza posee su propia perspectiva, desde la cual valora e interpreta el mundo, en consonancia con sus particulares intereses vitales y de clase. Nuestra vieja izquierda tendrá que interrogarse si su vocación consiste en ser eternamente oposición o si, por el contrario, puede constituirse como alternativa real de poder.

Pero en la izquierda ha primado una corriente caracterizada por el idealismo retórico, el maximalismo discursivo y la escasa capacidad para traducir sus principios en estrategias políticas eficaces. Tiende a privilegiar la pureza ideológica sobre la construcción de poder; la denuncia moral sobre la acción institucional, y la identidad política sobre la obtención de resultados concretos. Una izquierda formada históricamente en la persecución y el sacrificio terminó convirtiendo la derrota, el padecimiento y la pureza doctrinaria en fuentes de legitimidad, precisamente cuando más necesita transformarse en fuerza real de poder

La izquierda “mamerta” es una forma de práctica política marcada por el dogmatismo, el sectarismo y la repetición acrítica de consignas, que convierte la identidad ideológica en un fin en sí mismo y termina debilitando la capacidad de disputar el poder y transformar las relaciones sociales. Marx llamó la atención sobre este asunto cuando cuestionó a la filosofía crítica de su época al considerarla una “abstracción dogmática”, que para superarse debía vincularse a la política y participar en ella. Según su juicio, esto exigía acceder a un mundo cuya crítica debía significar también “una reforma de la conciencia, no mediante dogmas, sino mediante el análisis de la conciencia mística” (Marx, 2008, p. 91).

Así pues, la crítica política con vocación transformadora queda subordinada a un trabajo reflexivo que se esfuerza por captar el estado actual de la realidad social que se quiere cambiar. Sin esa comprensión se cae fácilmente en la proclama doctrinaria y en una práctica dogmática que termina planteándose objetivos imposibles. “Nosotros no anticipamos dogmáticamente el mundo, sino que a partir de la crítica del viejo queremos encontrar el nuevo”, escribió (Marx, 2008, p. 88). La nueva bandera que enarbola la filosofía crítica, y que Marx define como “autoexplicación de nuestro tiempo sobre sus luchas y sus aspiraciones”, consiste en “acudir en ayuda de los dogmáticos a fin de que estos se aclaren a sí mismos sus propios principios (2008, p. 89).

En las pasadas elecciones pudimos observar cómo la ceguera, la intransigencia y la terquedad de una facción política de izquierda, encarnada en un candidato sin carisma, sin habilidad, sin táctica y sin estrategia, apegado a simples fórmulas verbales, terminó por fracasar aun teniendo tanto a su favor. Es una izquierda que confunde obediencia sectaria con radicalidad política. En lugar de medir su eficacia por su capacidad para organizar la fuerza social, copar instituciones y modificar las estructuras de poder, la mide por la intransigencia de su discurso y la fidelidad a un repertorio doctrinal. Cepeda es tan solo el ejemplo de un problema mayor.

Claro que la izquierda puede, y debe, sostener posiciones radicales, siendo al mismo tiempo estratégica, pragmática y eficaz. Lo que caracteriza a cierta izquierda doctrinaria no es, por tanto, el grado de radicalidad de sus fines, sino la forma estéril como hace política. Ser radical es coger las cosas por la raíz; ser dogmático es dejar de ver las raíces de las cosas. Según Hegel, “el dogmatismo no es otra cosa que el creer que lo verdadero consiste en una proposición que es un resultado fijo o que es sabida de un modo inmediato” (Hegel, 2022, p. 24).

La izquierda doctrinaria es esa izquierda que habla mucho de revolución, de cambiar el mundo y de acabar con las injusticias, pero que vive más en los discursos que en la realidad. Se preocupa más por tener la razón que por conseguir resultados; más por verse muy radical que por construir mayorías y ganar poder para transformar las cosas. Prefiere impartir lecciones de pureza ideológica antes que ensuciarse las manos haciendo política para obtener cambios reales. Cree que mientras más doctrinaria suene, más radical y revolucionaria es, aunque al final no logre cambiar nada.

Es también una izquierda que cree que hacer política consiste, ante todo, en demostrar que es moralmente superior. Se dedica a juzgar quién es suficientemente fiel, quién habló con el empresario equivocado, quién hizo una alianza “impura” o quién se apartó un milímetro de la doctrina. Vive pendiente de señalar pecados políticos, mientras deja en un segundo plano la tarea de construir fuerza, ganar elecciones, negociar cuando es necesario y transformar la realidad.

De ahí surge cierto puritanismo político: cualquier acuerdo con sectores distintos de su gueto es visto como una traición; cualquier concesión táctica, como una renuncia a los principios; cualquier error, como una falta imperdonable. En esa lógica, resulta más importante mantener las manos limpias y tranquila la conciencia que obtener victorias que le sirvan a la gente. La conciencia moral individual sustituye la responsabilidad política.

Tal dogmatismo afirma que “Las elecciones se pueden perder, pero no la coherencia ética”.  Es el mismo principio absoluto que rige en la famosa frase Fiat iustitia, et pereat mundus, «hágase justicia, aunque perezca el mundo». Este principio expresa la idea de que la justicia debe cumplirse incondicionalmente, sin importar el daño, el sufrimiento o las consecuencias que pueda producir.

Esta crítica no se dirige contra la ética en sí misma. Toda política necesita principios que la orienten y fines nobles que la justifiquen. El problema aparece cuando la ética se convierte en un moralismo vacío en boca de insulsos timoratos, es decir, cuando deja de orientar la acción política y es usada para condenar a los demás y medir la pureza ideológica.

Ahora bien, el próximo Gobierno será una marioneta, y las marionetas no tienen dignidad ni honor. En cuanto tiren de sus hilos, bailará obediente. Tenemos cuatro años para conquistar de nuevo el Gobierno y ampliar las bases del poder. Sin tibiezas, con determinación, con fuerzas creadoras y valientes.

 

Hegel, F. (2022). Fenomenología del espíritu. Fondo de cultura económica, México.

Marx, K. (2008). Escritos de juventud sobre el derecho. Barcelona, Anthropos.

Hilb, C. (2011). Leo Strauss. El filósofo en la ciudad. Argentina, Prometeo Libros,

 

David Rico Palacio

Foto tomada de: El País

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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