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Cuando arde Europa, arde el planeta

27 julio, 2026 By Ana María Soleibe Leave a Comment

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La atmosfera no reconoce fronteras, religiones, ideologías ni sistemas económicos, solo responde a las leyes de la física.

Durante décadas hemos interpretado las catástrofes ambientales como tragedias locales. Cuando Australia arde, pensamos en Australia. Cuando la Amazonia se incendia, creemos que es un problema de Suramérica. Hoy que Europa es consumida por incendios forestales sin precedentes, suponemos que se trata de una crisis europea. Esa manera de entender el planeta constituye uno de los mayores errores de nuestra civilización.

La tierra no funciona como un conjunto de países separados por fronteras políticas. Funciona como un único sistema biológico, físico y químico, donde la atmosfera, los océanos, los polos, los bosques y la biodiversidad intercambian permanentemente energía y materia. Alterar uno de esos componentes significa alterar todos los demás.

Los incendios que hoy consumen miles de hectáreas en España, Grecia, Italia, Francia y otros países europeos no representan fenómenos aislados. Son la manifestación visible de un sistema climático que está perdiendo estabilidad. El fuego no constituye la enfermedad; es uno de sus síntomas más dramáticos.

Durante millones de años el planeta desarrollo mecanismos extraordinariamente eficientes para regular su temperatura. Los océanos absorbieron calor y dióxido de carbono. Los bosques capturaron carbono mediante fotosíntesis. El hielo polar reflejo hacia el espacio una parte importante de la radiación solar gracias a su elevado albedo. La circulación atmosférica redistribuyo continuamente el calor entre los trópicos y los polos. Todo ese conjunto de procesos permitió que la tierra mantuviera un equilibrio dinámico compatible con la vida.

Ese equilibrio comenzó a romperse con la revolución industrial. La quema masiva de carbón, petróleo y gas natural libero en apenas dos siglos el carbono que la naturaleza había almacenado durante cientos de millones de años. Nunca una sola especie había modificado tan profundamente la composición química de la atmosfera en un periodo tan corto.

Hoy la concentración de dióxido de carbono supera ampliamente los niveles registrados durante cientos de miles de años. La consecuencia es un desequilibrio energético, entra más energía al sistema terrestre de la que puede regresar al espacio. Ese exceso de calor no desaparece. Se acumula principalmente en los océanos, derrite glaciares, modifica las corrientes atmosféricas, altera los ciclos hidrológicos y transforma el funcionamiento del planeta como ecosistema.

El lugar donde estos cambios están ocurriendo con mayor rapidez es en el océano Ártico.

Allí la temperatura aumenta entre tres y cuatro veces más rápido que el promedio mundial, un fenómeno conocido como “amplificación ártica A primera vista podría parecer un problema lejano, reservado para científicos o comunidades nativas del extremo norte. En realidad, el Ártico constituye uno de los principales reguladores del clima planetario

Cuando el hielo desparece, deja de reflejar la radiación solar. En su lugar aparece el ocano oscuro, que absorbe mucha más energía. Ese calor adicional acelera el deshielo, produciendo un círculo vicioso que acelera aún más el calentamiento. Es una de las señales más claras de que el sistema climático está entrando en una nueva etapa.

El problema no termina allí

El Ártico funciona como uno de los grandes motores de la circulación atmosférica del hemisferio norte. Sobre él se organiza el vórtice polar y alrededor de él circula la corriente en chorro, un rio de aire que puede superar los 300 km por hora y que distribuye masas de aire frio y cálido entre diferentes regiones del planeta.

Cuando ese equilibrio comienza a alterarse, la corriente en chorro se vuelve más ondulada. En determinadas condiciones, enormes masas de aire extremadamente fríos pueden desplazarse hacia Norteamérica o Europa, mientras aire anormalmente cálido invade el Ártico. Al mismo tiempo, esas ondulaciones favorecen bloqueos atmosféricos persistentes, es decir, situaciones en las que un sistema de alta presión permanece estacionario durante varios días o semanas. Esto impide la llegada de lluvias y permite que el calor se acumule, prolongando las olas de calor, secando la vegetación y creando condiciones ideales para la propagación de grandes incendios forestales

Europa ha sido uno de los escenarios donde esas alteraciones resultan más visibles. Las olas de calor son más frecuentes, duran más tiempo y alcanzan temperaturas antes impensables. Los bosques permanecen sometidos a un intenso estrés hídrico, los suelos pierden humedad, disminuye el contenido de agua de la vegetación y cualquier chispa encuentra un combustible extraordinariamente seco. Los incendios dejan entonces de ser simples accidentes para convertirse en fenómenos favorecidos por un clima profundamente transformado.

Sin embargo, es un error creer que esta historia termina en Europa

La atmosfera no reconoce fronteras. Las corrientes oceánicas tampoco. Los trópicos forman parte del mismo sistema climático

Mientras el Ártico pierde hielo, la Amazonia pierde humedad. Mientras Europa enfrenta incendios extremos, América Latina experimenta sequías más intensas, inundaciones más destructivas, olas de calor sin precedentes y una creciente inestabilidad de los ciclos hidrológicos. Hoy enfrenta el fenómeno del niño. Los glaciares andinos retroceden, los páramos modifican su funcionamiento ecológico y millones de personas comienzan a vivir bajo condiciones climáticas desconocidas para las generaciones anteriores.

Creer que los incendios europeos constituyen un problema europeo equivale a pensar que una fiebre afecta únicamente a un brazo mientras el resto del cuerpo permanece sano. El planeta es un único organismo climático, y ese organismo está mostrando signos inequívocos de estrés.

Lo verdaderamente inquietante es que nuestra respuesta política avanza mucho más lentamente que la velocidad con la que cambia el sistema terrestre.

A pesar de que el consenso científico sobre el origen humano del cambio climático es abrumador, persisten campañas de desinformación que buscan sembrar dudas sobre la evidencia. Estas estrategias, documentadas por historiadores de la ciencia y periodistas de investigación, fueron impulsadas durante décadas por sectores de la industria de los combustibles fósiles y amplificadas por actores políticos que presentaron las políticas climáticas como una amenaza para la economía, la soberanía nacional o las libertades individuales.

En varios países, algunos movimientos y gobiernos de extrema derecha han incorporado ese discurso, cuestionando el consenso científico, debilitando regulaciones ambientales o retirándose de compromisos internacionales. No se trata de una característica exclusiva de una ideología, pero sí de una tendencia observada y estudiada en distintos contextos. El resultado ha sido el mismo: retrasar decisiones que la evidencia científica considera urgentes.

En Colombia, por ejemplo, resulta preocupante que el presidente recientemente elegido haya planteado la posibilidad de impulsar el fracking, precisamente cuando el país enfrenta la llegada de un episodio del fenómeno de El Niño clasificado como muy fuerte. En un escenario de mayor riesgo de sequías, incendios forestales y estrés hídrico, promover la expansión de los combustibles fósiles envía un mensaje contrario a la evidencia científica, que insiste en la necesidad de acelerar la transición hacia fuentes de energía limpias y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

La física, sin embargo, no negocia

Durante demasiado tiempo la humanidad creyó que podía gobernar la naturaleza. Hoy descubrimos que apenas estamos aprendiendo a comprenderla.

La gran paradoja de nuestra época es que poseemos el mayor conocimiento científico de toda la historia y, al mismo tiempo, enfrentamos enormes dificultades para traducir ese conocimiento en decisiones colectivas. Nunca habíamos entendido tan bien cómo funciona el sistema Tierra; nunca habíamos sido tan conscientes de sus límites. Sin embargo, seguimos actuando como si la atmósfera pudiera adaptarse a nuestros intereses económicos y como si las leyes de la física admitieran negociación política.

La Tierra sobrevivirá. Ya ha atravesado glaciaciones, impactos de asteroides y extinciones masivas. La verdadera incógnita no es el futuro del planeta, sino el de la civilización que hemos construido sobre un clima excepcionalmente estable y que ahora estamos transformando a una velocidad sin precedentes.

Cuando arde Europa no está ardiendo un continente, está ardiendo una advertencia y quizás sea la más clara que la naturaleza nos haya enviado hasta ahora.

Ana Maria Soleibe, Bióloga -química, medica, Vicepresidenta de la Federación Médica Colombiana

 

Referencias:

Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. (2023). Climate Change 2023: Synthesis Report. Contribution of Working Groups I, II and III to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. IPCC. https://doi.org/10.59327/IPCC/AR6-9789291691647

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. (2024). Emissions Gap Report 2024. Nairobi: UNEP.

 

Ana María Soleibe Mejía

Foto tomada de: Greenpeace

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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