La Alianza del Sur Global, más que un marco de colaboración recíproca entre países en desarrollo de América Latina, África y Asia para intercambiar conocimientos, tecnología y recursos, es una estrategia desarrollada durante lustros, que propone la integración para cambiar la historia. Este proceso de acercamiento diplomático y comercial paulatino entre gobiernos y empresas privadas, se consolidó en Colombia con la llegada de Gustavo Petro a la Casa de Nariño. Sus inicios preceden las políticas coercitivas de la era Trump, los chantajes arancelarios y el uso de una posición de supremacía -al ser en la mayoría de países su principal socio comercial- para someter e intimidar pueblos y mandatarios. Su temeraria y criminal acción sobre Venezuela, el cruel asesinato de ciudadanos latinoamericanos en aguas internacionales sin juicio ni proceso y la interceptación de embarcaciones que transportaban petróleo, algunos hacia Cuba, nos confirmó que el jefe de Estado del imperio americano estaba desatado, que no había acuerdo ni principio ni tratado que no pudiera burlar de manera inmune, y ello llevo a varios mandatarios a plantear salidas urgentes y a proponer alianzas inmediatas tanto para la supervivencia de un planeta amenazado como para mantener a salvo la soberanía y la dignidad de nuestros pueblos.
La llamada Alianza Sur/Sur es una apuesta fundamental entre países que comparten una triple crisis interconectada: el cambio climático, el deterioro y la pérdida de biodiversidad, y la asfixiante deuda externa. Estos países, ricos en recursos ambientales, necesitan hoy un modelo financiero que responda de manera efectiva al desafío de avanzar en un proceso de transición energética justa y al deber histórico de proponer una nueva arquitectura financiera orientada a la justicia social y la igualdad.
En ese contexto se celebró en Colombia el Foro de alto nivel CELAC–África (del 18 al 21 de marzo de 2026) en Bogotá, que además de cumplir con un acto de Estado en el que el presidente Gustavo Petro entregó la presidencia pro tempore del organismo regional al mandatario uruguayo, Yamandú Orsi, se logró una importante articulación multilateral entre gobiernos, banca pública y privada, organismos de cooperación, empresarios e inversionistas de ambas regiones, con la participación incidente de sectores organizados de la sociedad civil. El encuentro, no obstante, no se limitó a ruedas de negocios ni a paneles sectoriales para el fomento de las relaciones comerciales birregionales, el comercio, la inversión y el fortalecimiento institucional. Además de ello, se realizó un esfuerzo importante por avanzar en el deber de resolver deudas del pasado y buscar una reparación histórica a través de un diálogo sobre justicia étnico-racial y el reconocimiento de comunidades afrodescendientes, y de los crímenes cometidos sobre ellas por imperios europeos. Durante el encuentro de alto nivel, que reunió a mandatarios y emisarios de 52 países, el jefe de Estado de Burundi, Évariste Ndayishimiye, también presidente pro Tempore de la Unidad Africana (UA), habló sobre el tema.
“Quiero hablar en este foro en nombre de los países africanos y agradecer a Colombia y su pueblo, y a la CELAC este foro para una asociación estratégica entre África y América Latina con el firme objetivo de llevar solidaridad y entender que la defensa de nuestra dignidad es nuestra mayor determinación. Está historia común nos permite reconocer que más de doce millones de africanos fueron desarraigados por acción de potencias europeas y traídas en condiciones infrahumanas al continente americano. Este es un recuerdo que debemos transmitir a las nuevas generaciones, y entender que la justicia reparadora es un deber moral y político”.
Una semana después, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución histórica que califica la trata transatlántica de esclavos africanos como el “crimen más grave contra la humanidad”. La iniciativa que busca reconocimiento y reparaciones logro 123 votos a favor, y tres en contra (Israel, Estados Unidos y Argentina).
Esta resolución no es un gesto simbólico simple, es un reordenamiento del lenguaje moral y jurídico con el que el mundo asume sus deudas del pasado y reconoce que sanar las heridas que hoy llevan en su alma millones de ciudadanos, implica emprender acciones reparadoras ejemplares, que además de reconfigurar el relato oficial e incluir en él las voces de los sometidos y avisados, exige un reconocimiento político y el deber de dar respuesta a una acusación histórica formal: la trata transatlántica de africanos no fue un “error del pasado”, fue el crimen fundacional del orden global moderno cometido por países europeos para su propio beneficio. Esta resolución rompe ese pacto de silencio, llama a las cosas por su nombre y las ubica en el lugar más alto de la gravedad moral posible.
Desde entonces la comunidad internacional ha venido declarando que la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud colonial constituyeron crímenes contra la humanidad y reclama medidas de reconocimiento y reparación. Varios organismos han reiterado la condena y pedido acciones de memoria, educación, disculpas y medidas de reparación, aun cuando no se cuente con un único tratado punitivo retroactivo que imponga responsabilidades estatales por hechos acontecidos siglos atrás.
El Foro CELAC- África, hizo parte de esta cadena de reacciones, reflexiones y propuestas, y de construcción de escenarios de debate para que los descendientes directos del despojo pudieran declarar ante los micrófonos y la atención global, que las grandes economías del presente se erigieron sobre el despojo, la violencia, el saqueo y un crimen masivo, sistemático y racial. Sin duda, reconocer la esclavitud como el crimen más grave contra la humanidad es abrir la puerta a una discusión que se ha evitado durante décadas: las reparaciones, pero más temprano que tarde tendrá que darse para lograr respuestas justas, valientes, dignas y consensuadas.
El Foro, aunque fue minimizado por la prensa local, constituyó un avance operativo significativo en tanto fijó fechas, ejes, rutas de acción y prioridades —especialmente la interconexión entre clima, biodiversidad y deuda— y colocó la ambición de una nueva arquitectura financiera birregional en la agenda formal global. Transformar declaraciones en flujos financieros y políticas efectivas exigirá pasos técnicos, por supuesto, como reformas, análisis de deuda, instrumentos financieros innovadores y políticas coherentes que alineen prioridades nacionales con compromisos birregionales. Si se logra consolidar, en un corto o mediano plazo, instrumentos que vinculen reestructuración de deuda con inversiones en transición energética y conservación, la alianza podría convertirse en una estrategia real de supervivencia y desarrollo para países ricos en naturaleza, pero limitados por la asfixia fiscal.
El diálogo político para el desarrollo de instrumentos financieros concretos y una cooperación Sur–Sur efectiva, no sólo deberá garantizar el intercambio fluido y permanente en asuntos financieros, climáticos, culturales, tecnológicos, científicos, tiene además el desafío de lograr que esa estrategia se traduzca en avances sociales concretos que mejoren la calidad de vida de las personas y las comunidades, y transforme una larga y -a veces- frontal lucha contra el hambre en una política integral que logré erradicarla para siempre del planeta.
Hay desafíos que unen a los pueblos de los llamados “países en desarrollo”, como el rechazo a la hegemonía imperial y al uso de la fuerza militar y letal para someter y seguir saqueando nuestros territorios. Y sobre ello el mandatario de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, fue enfático en su discurso de cierre al señalar que seguimos amenazados por el colonialismo, el imperialismo y sus engaños. Recordó que la invasión a Irak ocurrida en 2003 por parte de Estados Unidos y sus aliados, fue justificada con la supuesta tenencia de armas de destrucción masiva (incluidas armas nucleares) en poder de Saddam Hussein, pero se trató de un montaje con el que se quiso -antes de la guerra- ganar apoyo internacional y público, para alcanzar su objetivo real de derrocar a Saddam Hussein y cambiar la geopolítica de Oriente Medio. “¿Dónde están las armas químicas de Sadam, quien las encontró? -preguntó Lula- No podemos vivir en mentiras. Construyen enemigos para justificar destrucciones. Nos quitaron todo y ahora quieren ser dueños de tierras raras y minerales críticos. […] Es la oportunidad de Bolivia, de África, de América para desarrollarnos y defender nuestra soberanía. No podemos admitir nuevas colonizaciones. Podemos levantar la mirada. ¡Miren lo que hacen con Cuba, lo que hicieron con Venezuela! Ni en la biblia está escrito que se puede usar fuerza contra otro país” sostuvo. Y luego compartió a manera de anécdota que el presidente Bush lo invitó por aquellos años a participar de la guerra en Irak. “Dije no. Mi guerra es contra el hambre, y la acabamos en Brasil en 2014. Pero hoy estamos perdiendo el derecho a indignarnos, y no podemos permitirlo. No quiero guerras, quiero construir narrativas para crear un mundo donde nuestros nietos sientan que valió la pena”.
El reto que deberá asumir el nuevo gobierno, para seguir construyendo esta alianza estratégica entre los países ricos del sur global pero violentamente empobrecidos con el saqueo y el colonialismo, es lograr que Colombia se convierta en un país catalizador para la integración estratégica y sostenible, y que esta unión se traduzca en marcos financieros operativos viables, programas concretos de cooperación técnica y crediticia, mecanismos de seguimiento inclusivos que alineen negocios, cultura y educación con la triple transición (energética, ambiental y digital) y con el deber moral, histórico y social de alcanzar un efectivo canje de deuda por acción climática, salvaguarde nuestra autonomía y consolide el sur global como un territorio de vida, desarrollo humano y paz.
Maureén Maya S.

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