No se trata de la política de seguridad como requisito para atraer inversión o de la cirugía anunciada a las finanzas públicas ni del prometido protagonismo a las regiones. Son dos temas que desfiguran la imagen y el lugar de Colombia en el mundo: el giro a la política internacional del país y sus compromisos con el derecho internacional, por un lado y el anuncio a una batalla cultural dirigida contra los valores de la modernidad, por el otro.
Aunque pareciera que ambos proyectos son de naturaleza diferente, existe un cordón umbilical que los une tanto en el plano conceptual como en el práctico.
El primer tema gira alrededor del reconocimiento del gobierno de Colombia de las alturas del Golán como parte el Estado de Israel, una decisión que tiene repercusiones tanto diplomáticas como jurídicas y geopolíticas.
Los Altos del Golán fueron ocupados por Israel durante la Guerra de los Seis Días que sostuvo contra Siria en 1967. Posteriormente, Israel extendió su legislación en dicho territorio y en 1981 una legislación extraordinaria lo incorporó a su país. La decisión del Estado israelí no fue reconocida por la ONU mediante la Resolución 497 del mismo año, declarando que era nula y sin efecto jurídico internacional. En 2024 la Asamblea General de la ONU reafirmó que las medidas destinadas a modificar el estatus jurídico del Golán ocupado eran contrarias al derecho internacional. Solamente los Estados Unidos de América desde la primera administración Trump – y ahora Colombia – reconocen esa anexión por la fuerza.
Algunos pueden aducir que, con la decisión dada a conocer por el Gobierno, el país puede obtener una relación más estrecha con Israel y con Estados Unidos, considerados como relevantes para Colombia en temas como seguridad, inteligencia, tecnología y cooperación. El tema, sin embargo, es álgido porque el reconocimiento colombiano no se resume en reconocer una situación de hecho; en realidad es una toma de partido que rompe con la tradición colombiana de respeto al derecho internacional y su apego a los principios de la Carta de la ONU. Lo que se ve a todas luces es un paso de una política que buscaba la autonomía frente a Washington y una posición crítica frente a Israel hacia una política abiertamente alineada con Estados Unidos e Israel. Este giro afectará la credibilidad de Colombia en el escenario internacional cuando en otros conflictos invoque principios como la integridad territorial o la prohibición de adquirir territorios por la fuerza.
Además, la medida adoptada por el gobierno de De la Espriella -que se suma al traslado de la embajada colombiana a Jerusalén y al cierre de varias representaciones diplomáticas, particularmente en África – establece un precedente delicado que puede deteriorar las relaciones con los países árabes con los que el país mantiene vínculos diplomáticos y comerciales.
Un segundo tema que se relaciona con el intento de utilizar la política exterior de Colombia para colocar al país dentro del eje estratégico de Washington renunciando a su soberanía es la batalla cultural anunciada por de la Espriella quien se ha mostrado muy cercano a Javier Milei y sus tesis orientadas a combatir el ideario de la izquierda inspiradas en los planteamientos de Agustín Laje, importante ideólogo de una “nueva derecha”.
En palabras de Milei, la lucha contra la izquierda debe abarcar tres frentes de batalla: la gestión, lo político y lo cultural. El frente cultural es para él fundamental porque “debemos llegar hasta el último rincón del subconsciente colectivo donde la ideología izquierdista haya echado raíces, arrancarlas y dejar que vuelvan a florecer las ideas que nos hicieron grandes como civilización”.
La batalla cultural pregonada por Laje debe ser considerada como centro estratégico, así como en la Guerra Fría dicho centro estuvo en lo económico y en las revoluciones liberales lo político institucional. La nueva derecha que quiere impulsar Laje tiene como propósito delinear políticamente un nuevo “nosotros” que vaya “más allá del conservadurismo, en el que los valores del libertarismo y los valores del patriotismo son asumidos (en los propios términos del conservadurismo y por sus propias razones, pero asumidos al fin”). La batalla cultural concebida por Laje es política en la medida en que surge de los antagonismos de la esfera cultural y debe, por lo tanto, engarzarse con batallas político electorales “formando una suerte de estrategia bifronte con la que la Nueva Derecha sea capaz no solo de luchar por el contenido de nuestra cultura, sino también por el contenido efectivo de nuestras políticas”.
La batalla cultural concebida como centro estratégico de una reconquista ideológica frente valores considerados propios de la izquierda imperante en el mundo moderno explica la importancia de controlar medios de comunicación, centros educativos, Ministerio de Educación y centros de pensamiento.
Ahora bien, ¿dónde se encuentran las fuerzas que pueden apoyar la guerra cultural, cuáles son sus referentes ideológicos y sus recursos, así como sus figuras paradigmáticas? La respuesta a estas preguntas apunta en una dirección: las huestes sionistas cristianas que desde los Estados Unidos interpretan los acontecimientos políticos desde una perspectiva bíblica, que constituyen una gran fuerza de cabildeo y que inciden en la política de los trumpistas.
Entre los políticos cristianos más influyentes que consideran que Estados Unidos debe respaldar a Israel se encuentran figuras como Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas y embajador de Estados Unidos en Israel; Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes quien goza de gran poder en el Congreso; Ted Cruz, senador por Tejas y Mike Pence, exvicepresidente. Trump no es propiamente un cristiano sionista, pero sí está a favor de Israel.
Unidos los cabos mencionados se devela una trama en la que se mezclan intereses políticos, referentes religiosos y una narrativa en curso que busca anular ideas consideradas de izquierda y contrarias a la “verdad”.
Rubén Sánchez David
Foto tomada de: El País

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