Make America Great Again. Para Trump y sus leales del movimiento MAGA, la grandeza es la dominación de quienes ocupan la cima de jerarquías supuestamente naturales sobre sus inferiores. Make America Great Again (que América vuelva a ser grande) significa regresar a un “antes” mágico —antes de los derechos civiles, el feminismo o el multiculturalismo—. Ser grande es tener la “valentía” de quitarse la máscara que había ocultado un supremacismo blanco profundamente arraigado que nunca desapareció.
En efecto, Trump y sus aliados han tenido un gran éxito presentando las ideas y políticas progresistas como enemigas del “sentido común” y la equidad. Creen que las verdaderas víctimas de las políticas basadas en la identidad son los blancos, a pesar de las innumerables evidencias que apuntan en sentido contrario. El movimiento MAGA presenta los derechos de las personas transgénero —como el derecho a participar en el deporte organizado o a usar los baños correspondientes a su género— como ataques a los derechos de las mujeres y una artificial “ideología de género”. De hecho, un aspecto central de la segunda Administración Trump ha sido trabajar sin descanso para expulsar a las personas transgénero de la sociedad: ha invalidado sus documentos de identidad, las ha excluido del servicio militar, ha atacado su atención sanitaria y ha eliminado las protecciones contra la discriminación.
Trump no solo ha reaccionado contra la política progresista de la última década y media, sino que también se ha posicionado contra el apoyo del Partido Demócrata a acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, entre México, Estados Unidos y Canadá), en vigor desde 1994.
Los aranceles de Trump se presentaron como un antídoto al neoliberalismo, aunque no fueron más que un nuevo impuesto al consumidor antes de ser mayoritariamente derogados por el Tribunal Supremo. Además, Trump supo jugar hábilmente la carta del aislacionismo frente al neoconservadurismo fracasado de George W. Bush y sus aliados demócratas.
Existe una paradoja entre la glorificación derechista de la guerra y el rechazo a valores “globalistas” como los derechos humanos o el humanitarismo que justificaron intervenciones estadounidenses pasadas. Sobre todo, tras la derrota de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Se abrió paso en la sociedad estadounidense una narrativa —evidente en películas como Rambo— de que el poderío estadounidense estaba siendo obstaculizado por la “blandura” del derecho internacional y los escrúpulos liberales.
Las amenazas de Trump contra México, Cuba, Colombia y Groenlandia, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y la ejecución ilegal de tripulantes caribeños dan fe de su deseo de regresar a la doctrina Monroe, a una era imperial pasada de esferas de influencia y agresión descarnada. Podemos asociar estos hechos con el colapso en curso del orden internacional liberal, aunque el respaldo de la Administración Biden al genocidio en curso en Palestina ya atestiguaba el despojo del derecho internacional antes de que Trump regresara al poder.
Sin embargo, y a pesar de sus mejores esfuerzos, las políticas de Trump solo han provocado un renovado florecimiento de la ideología antifascista en Estados Unidos. Así pues, millones de personas han marchado en varias y masivas protestas No Kings (Reyes no) por todo el país, pero fue la invasión del ICE en Mineápolis a finales de 2025 la que catalizó el desarrollo de un amplio movimiento de autodefensa comunitaria arraigado en los valores de la ayuda mutua y la solidaridad.
A lo largo de los últimos meses se han formado grupos vecinales conectados a través de redes de mensajería cifrada que proporcionan alimentos y refugio a las personas migrantes; hay colectivos que vigilan los movimientos del ICE y que siguen a los agentes federales con el teléfono en la mano y el silbato en los labios, listos para hacerlos sonar y alertar a su comunidad de la presencia de invasores hostiles. Activistas y vecinos rodean los hoteles donde se alojan los agentes y golpean cacerolas hasta bien entrada la noche para privarlos del sueño y la comodidad.
Durante años he sostenido que Donald Trump es fascistoide —es decir, exhibe muchos rasgos fascistas—, pero no lo llamaría fascista sin más, porque en última instancia lo único que le importa de verdad es la fama, el dinero y el poder, y en este contexto particular ha adoptado la política de extrema derecha como el camino más expedito hacia su propio engrandecimiento. Sin duda, Trump ha utilizado su cargo para enriquecer a su familia a través de turbios negocios extranjeros y esquemas con criptomonedas. Pero no hay que equivocarse: el movimiento MAGA que Trump creó, y que a su vez lo recreó a él, es un movimiento fascista, y muchas de las figuras clave de la segunda Administración Trump persiguen objetivos fascistas y supremacistas blancos. Mientras el liderazgo del Partido Demócrata se aferra al viejo paradigma de buscar el consenso bipartidista, sus homólogos republicanos los llaman “extremistas” y “terroristas” y persiguen todos los ángulos posibles para destruir su partido.
Mark Bray, Historiador y autor de ‘Antifa’

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