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Trump y el camino estadounidense hacia el fascismo

10 agosto, 2026 By Mark Bray Leave a Comment

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El mandatario llevó una agenda revanchista a la Casa Blanca durante su primer mandato, pero fue solo con el inicio de su segunda Administración cuando contó con un plan real —el Proyecto 2025— y un gobierno lleno de aduladores para llevarlo a cabo.

Make America Great Again. Para Trump y sus leales del movimiento MAGA, la grandeza es la dominación de quienes ocupan la cima de jerarquías supuestamente naturales sobre sus inferiores. Make America Great Again (que América vuelva a ser grande) significa regresar a un “antes” mágico —antes de los derechos civiles, el feminismo o el multiculturalismo—. Ser grande es tener la “valentía” de quitarse la máscara que había ocultado un supremacismo blanco profundamente arraigado que nunca desapareció.

Tras el movimiento por los derechos civiles de los años 60, el liderazgo de los republicanos y los demócratas estableció un consenso superficialmente “antirracista”: Martin Luther King Jr. era grande; el racismo era malo; el racismo había terminado. Esta perspectiva dominante sobre la nefasta aunque anticuada influencia del racismo encontró su culminación, pero también el inicio de su declive, en la elección de Barack Obama como primer presidente afroamericano en 2008. El miedo y la rabia de los blancos estallaron con la victoria de Barack Hussein Obama, tal como la extrema derecha se refería a él en un descarado intento de avivar la islamofobia. Desde esas filas también se fomentó la teoría conspirativa según la cual Obama no había nacido realmente en Estados Unidos y, por tanto, no era elegible para ser presidente. Donald Trump desempeñó un papel clave en la difusión de esa conspiración y no ha abandonado su animadversión hacia los Obama. Hace apenas unos meses llegó a publicar una imagen de ellos como simios.
La explosión del movimiento Black Lives Matter desplazó las perspectivas dominantes sobre la raza y el racismo de manera aún más drástica. Los asesinatos policiales de hombres negros —como Trayvon Martin en 2012, Michael Brown en 2014 y George Floyd en 2020— empujaron a una parte de la ciudadanía a replantearse el sistema de justicia penal hasta el punto de abogar por la desfinanciación o incluso la abolición total de la Policía. En ese contexto, incluso una política tan centrista como Hillary Clinton, en 2016 —cuando compitió por la presidencia con Trump— se vio obligada a reconocer que el racismo estructural persiste. La respuesta de la derecha al Black Lives Matter fue el All Lives Matter (todas las vidas importan), una forma de disfrazar el eslogan más honesto de White Lives Matter (las vidas blancas importan) con el ropaje de la igualdad liberal. En respuesta al tímido abrazo del partido demócrata al Black Lives Matter, la derecha argumentó que el racismo no era un problema, o que, en la medida en que lo era, las verdaderas víctimas eran los blancos.
La década de 2010 fue una época de movimientos sociales estadounidenses sin precedentes: Black Lives Matter, Occupy Wall Street, la organización por la liberación queer y trans —incluida la legalización del matrimonio homosexual—, las luchas laborales de Fight for Fifteen, el feminismo del #MeToo y más. Aunque el grado real en que estos movimientos desafiaron el poder establecido no fue grande, una sensación de colapso social impregnó el mundo de los conservadores cristianos blancos, quienes llegaron a ver en Trump a su salvador enviado por Dios. Este mes de abril, Trump llegó incluso a compartir una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparecía como Jesús frente a los enfermos.
El mandatario llevó esta agenda revanchista a la Casa Blanca durante su primer mandato, pero fue solo con el inicio de su segunda Administración cuando contó con un plan real —el Proyecto 2025— y un gobierno lleno de aduladores para llevarlo a cabo. Tras asumir el cargo, de manera inmediata, el nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) de Elon Musk empezó a despedir funcionarios, a recortar millones de dólares en subvenciones a las ciencias y las humanidades, y redujo el 90% de la financiación de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), lo que supuso una condena a muerte a miles de personas empobrecidas en todo el mundo. En su guerra libertaria contra el “Estado profundo” no ahorró dinero alguno, pero sembró un gran caos.
En muchos casos, la decisión sobre qué subvenciones y programas recortar fue tomada por ChatGPT en función de si incluían términos basados en la identidad, como “raza, etnia, origen nacional, sexo u orientación sexual”.
En muchos casos, la decisión sobre qué subvenciones y programas recortar fue tomada por ChatGPT en función de si incluían términos basados en la identidad, como “raza, etnia, origen nacional, sexo u orientación sexual”. Los planes de estudios de Historia fueron reescritos para negar el pasado de racismo de Estados Unidos o que la esclavitud tuviera un carácter racial. Los programas de sociología, estudios étnicos y estudios de género en las grandes universidades fueron desmantelados. El género debe enseñarse ahora como un hecho biológico binario. Todo esto en nombre de atacar la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI), un marco liberal antidiscriminatorio que, junto con la Teoría Crítica de la Raza (TCR) y lo woke, se ha convertido en la justificación para arremeter contra los derechos de los afroamericanos, las mujeres y las personas de color en general. Y todo ello en nombre de la igualdad. Cuando el Tribunal Supremo de Trump debilitó disposiciones clave de la Ley de Derechos Electorales de 1965, y permitió así que los estados republicanos redibujaran los mapas electorales para privar efectivamente del voto a los electores negros, los magistrados del tribunal vinieron a decir que el racismo es cosa del pasado.
En la diana: las personas trans, la ciencia y las personas migrantes

En efecto, Trump y sus aliados han tenido un gran éxito presentando las ideas y políticas progresistas como enemigas del “sentido común” y la equidad. Creen que las verdaderas víctimas de las políticas basadas en la identidad son los blancos, a pesar de las innumerables evidencias que apuntan en sentido contrario. El movimiento MAGA presenta los derechos de las personas transgénero —como el derecho a participar en el deporte organizado o a usar los baños correspondientes a su género— como ataques a los derechos de las mujeres y una artificial “ideología de género”. De hecho, un aspecto central de la segunda Administración Trump ha sido trabajar sin descanso para expulsar a las personas transgénero de la sociedad: ha invalidado sus documentos de identidad, las ha excluido del servicio militar, ha atacado su atención sanitaria y ha eliminado las protecciones contra la discriminación.

Otro sector damnificado ha sido el científico. Para el movimiento MAGA la ciencia climática es un engaño. Trump ha recortado el presupuesto de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) y ha pagado 982 millones de dólares para que se cancelasen proyectos eólicos en Nueva York y Carolina del Norte. También ha promovido la extracción ilimitada de petróleo.
Para el movimiento MAGA, la diferencia es una amenaza. Trump ha dejado muy claro que cree que la teoría del Gran Reemplazo —según la cual existe un complot secreto para destruir la raza blanca mediante la migración y la mezcla interracial— es real. El enorme suplemento presupuestario de 75.000 millones de dólares asignado al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en 2025 fue, en esencia, una inversión para volver a hacer de Estados Unidos un país blanco. Aunque Trump tuvo mucho éxito convenciendo a muchos estadounidenses, incluidos muchos latinos, de que su inflada agencia de caza de migrantes solo perseguía a criminales, en la práctica, el ICE ha detenido, agredido y asesinado tanto a personas con antecedentes penales como sin ellos; a personas con y sin documentos, incluidos los activistas blancos Alex Pretti y Renée Good, asesinados por agentes del ICE en Mineápolis.
Todo ello mientras el Gobierno federal trabaja intensamente para reconvertir almacenes industriales en el nuevo sistema estadounidense de campos de concentración: una red de agujeros negros legales donde los prisioneros no tienen derechos, a menudo no pueden contactar con sus abogados ni con sus familiares, sufren privaciones extremas y se arriesgan a ser deportados a países con los que no tienen ningún vínculo, como el infame Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) de Bukele en El Salvador.

Trump no solo ha reaccionado contra la política progresista de la última década y media, sino que también se ha posicionado contra el apoyo del Partido Demócrata a acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, entre México, Estados Unidos y Canadá), en vigor desde 1994.

En la práctica, el ICE ha detenido, agredido y asesinado tanto a personas con antecedentes penales como sin ellos.

Los aranceles de Trump se presentaron como un antídoto al neoliberalismo, aunque no fueron más que un nuevo impuesto al consumidor antes de ser mayoritariamente derogados por el Tribunal Supremo. Además, Trump supo jugar hábilmente la carta del aislacionismo frente al neoconservadurismo fracasado de George W. Bush y sus aliados demócratas.

El despojo del derecho internacional y el lenguaje de la emergencia

Existe una paradoja entre la glorificación derechista de la guerra y el rechazo a valores “globalistas” como los derechos humanos o el humanitarismo que justificaron intervenciones estadounidenses pasadas. Sobre todo, tras la derrota de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Se abrió paso en la sociedad estadounidense una narrativa —evidente en películas como Rambo— de que el poderío estadounidense estaba siendo obstaculizado por la “blandura” del derecho internacional y los escrúpulos liberales.

Ahora Trump, su recién rebautizado Departamento de Guerra y su mano derecha, el nacionalista cristiano Pete Hegseth, han lanzado una guerra —a pesar de que legalmente no lo pueden llamar “guerra”— junto a Israel contra Irán y Líbano, sin el ropaje de las extensas justificaciones militares que dio Bush. Sebastian Gorka, del Consejo de Seguridad Nacional, acusa a quien se opone a la guerra de tener un enfoque de “baja T[estosterona]”. ¿Y dicen que los estudios de género no sirven para nada?

Las amenazas de Trump contra México, Cuba, Colombia y Groenlandia, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y la ejecución ilegal de tripulantes caribeños dan fe de su deseo de regresar a la doctrina Monroe, a una era imperial pasada de esferas de influencia y agresión descarnada. Podemos asociar estos hechos con el colapso en curso del orden internacional liberal, aunque el respaldo de la Administración Biden al genocidio en curso en Palestina ya atestiguaba el despojo del derecho internacional antes de que Trump regresara al poder.

Como tantos líderes autoritarios antes que él, Trump justifica cada una de sus acciones en el lenguaje de la emergencia. La inmigración es una “invasión”, el fentanilo es un “arma de destrucción masiva” y Antifa es una “organización terrorista de primer orden”. Aunque no es ni “terrorista” ni una organización, en otoño de 2025 Trump fijó su atención en Antifa como su bestia negra tras el asesinato del fundador de Turning Point USA, Charlie Kirk, en septiembre. Aunque carece de validez legal, el decreto ejecutivo que declara a Antifa “organización terrorista” representa un paso significativo en su proyecto de equiparar el antifascismo —y la política de izquierda en sentido más amplio— con el terrorismo. Temiendo que la velocidad de esta caza de brujas roja pudiera acelerarse rápidamente, abandoné Estados Unidos con mi familia mientras una red no oficial de influencers de extrema derecha, líderes de Turning Point USA y trolls me amenazaban de muerte y publicaban mi dirección en internet.
Como tantos líderes autoritarios antes que él, Trump justifica cada una de sus acciones en el lenguaje de la emergencia.

Sin embargo, y a pesar de sus mejores esfuerzos, las políticas de Trump solo han provocado un renovado florecimiento de la ideología antifascista en Estados Unidos. Así pues, millones de personas han marchado en varias y masivas protestas No Kings (Reyes no) por todo el país, pero fue la invasión del ICE en Mineápolis a finales de 2025 la que catalizó el desarrollo de un amplio movimiento de autodefensa comunitaria arraigado en los valores de la ayuda mutua y la solidaridad.

A lo largo de los últimos meses se han formado grupos vecinales conectados a través de redes de mensajería cifrada que proporcionan alimentos y refugio a las personas migrantes; hay colectivos que vigilan los movimientos del ICE y que siguen a los agentes federales con el teléfono en la mano y el silbato en los labios, listos para hacerlos sonar y alertar a su comunidad de la presencia de invasores hostiles. Activistas y vecinos rodean los hoteles donde se alojan los agentes y golpean cacerolas hasta bien entrada la noche para privarlos del sueño y la comodidad.

Por su parte, los sindicatos han organizado boicots contra empresas que hacen negocios con el ICE y en Mineápolis llegaron incluso a orquestar una huelga general en enero, algo inusual en un país como Estados Unidos. Aunque muchos anticiparon que el ICE ocuparía pronto otras ciudades demócratas como hizo con Mineápolis, la fuerza del movimiento anti-ICE allí parece haber frustrado esos esfuerzos, al menos por ahora. No obstante, el ICE y otros agentes federales siguen patrullando las calles por todo el país, con poder legal para detener a personas por el idioma que hablan o el color de su piel.

Durante años he sostenido que Donald Trump es fascistoide —es decir, exhibe muchos rasgos fascistas—, pero no lo llamaría fascista sin más, porque en última instancia lo único que le importa de verdad es la fama, el dinero y el poder, y en este contexto particular ha adoptado la política de extrema derecha como el camino más expedito hacia su propio engrandecimiento. Sin duda, Trump ha utilizado su cargo para enriquecer a su familia a través de turbios negocios extranjeros y esquemas con criptomonedas. Pero no hay que equivocarse: el movimiento MAGA que Trump creó, y que a su vez lo recreó a él, es un movimiento fascista, y muchas de las figuras clave de la segunda Administración Trump persiguen objetivos fascistas y supremacistas blancos. Mientras el liderazgo del Partido Demócrata se aferra al viejo paradigma de buscar el consenso bipartidista, sus homólogos republicanos los llaman “extremistas” y “terroristas” y persiguen todos los ángulos posibles para destruir su partido.

En última instancia, puede que el éxito o el fracaso de estos esfuerzos autoritarios dependa de si Estados Unidos experimenta una emergencia real —ya sea un desastre natural, una depresión económica, una nueva pandemia o un ataque al estilo del 11S— que haga que las soluciones fascistas parezcan sensatas a amplias franjas de la opinión pública. El antifascismo siempre ha sido algo más que oponerse a los fascistas. Más allá de la confrontación, siempre ha implicado promover una visión de un mundo mejor en el que los problemas de los que se nutren los fascistas para sembrar el terror sean erradicados para siempre. Hoy en día, en Estados Unidos, el movimiento anti-ICE en Mineápolis y más allá nos muestra cómo la única forma de impedir la consolidación de un potencial Estado fascista es organizándose desde abajo, en nuestras comunidades y lugares de trabajo, para que en tiempos de crisis busquemos soluciones en la solidaridad  y no en el miedo.

Mark Bray, Historiador y autor de ‘Antifa’

Fuente: https://www.publico.es/especiales/apocalipsis-trump/trump-camino-estadounidense-fascismo.html
Foto tomada de: https://www.publico.es/especiales/apocalipsis-trump/trump-camino-estadounidense-fascismo.html
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