El centro político se pulverizó por las ambigüedades que ello implica, cuando hay que asumir posiciones frente a los derechos de los trabajadores, y la acumulación de la riqueza, el incremento de la pobreza y la iniquidad, o la función y responsabilidad social de la propiedad privada, la especulación, el acaparamiento, la usura y el extractivismo neoliberales como expresión mayor del capitalismo salvaje. Así los asuntos económicos, las alianzas público privadas con multinacionales o conglomerados privados nacionales o las alianzas con organizaciones comunitarias según esos intelectuales son solo un asunto de divergencias de relatos y no de sentido y naturaleza de la gestión pública o del modelo de desarrollo. Lo mismo con el tema tributario y financiero: de dónde se obtienen los recursos y hacia qué sectores, grupos poblacionales, territorios deben orientarse preferencial y prioritariamente, desde principios de justicia o de libertad del mercado y derechos de la libre empresa.
La radicalización, es una postura epistemológica, ontológica y ética en la búsqueda o gestión del conocimiento: ir a la raíz, como lo define la etimología, eliminar las causas profundas de los problemas con soluciones radicales (valga la redundancia), para no poner pañitos de agua tibia sobre un cáncer. Por lo tanto, la extrema neutralidad confunde, hace imprecisa, indefinida, indeterminada la posición, lo que significa nada, peor que la indiferencia y la complicidad vergonzante con las clases, castas, gremios, que han usufructuado el poder en el gobierno de lo público para beneficio privado y particular, no para el bien común. La radicalización es inherente y necesaria para el ejercicio de la política en su sentido original y más noble que es la búsqueda del bienestar general, no el de unos pocos a costa del sufrimiento de las mayorías de empobrecidos y explotados.
Le tienen miedo al conflicto y lo equiparan a violencia y eso es totalmente falso, sea en la dialéctica Hegeliana como en la doctrina milenaria del Tao, es la contradicción, el movimiento entre lo uno y lo otro; de la hipótesis a la antítesis y la síntesis está el devenir histórico como el devenir de las ideas y el espíritu absoluto. Debemos buscar nuevos y mejores conflictos decía el filósofo autodidacta marxista antioqueño Estanislao Zuleta, doctor honoris causa de la Universidad del Valle, porque “solo un pueblo escéptico y maduro para el conflicto merece la paz”, agregaba en su Elogio de la Dificultad, mientras otros intelectuales, columnistas, académicos, opinadores “independientes e imparciales” prefieren mirar para otra parte, “no meterse con nadie”, “evitar problemas”, permanecer pasivos frente a las injusticias, en una posición más cercana a la cobardía y a la traición.
Las élites evaden el conflicto como evaden el debate argumentado, sustentado en datos y evidencias científicas, evaden el conflicto porque no tienen más argumentos más contundentes que la mentira, por eso recurren al insulto, la violencia verbal, la descalificación con epítetos, guerrilleros, narcoterroristas, vagos, ineficientes, inútiles, porque no son funcionales ni serviles a sus intereses, ni a la comodidad de los comodines del centro incoloro, insaboro e inodoro (sin color, sin sabor, sin olor), la democracia para ellos es una caricatura, una imagen que no se toca.
El conflicto, además de consustancial al ser humano, es indispensable para la evolución y el ejercicio de la convivencia en las diferencias, no para ocultar y tolerar lo intolerable, las injusticias, las infamias cometidas por décadas, ordenadas por grupos de poder. Ahí están los datos de Sáenz Rovner y la alianza entre industriales, empresarios y élites en el uso de la violencia política desde los años cuarenta del siglo pasado… antes de que naciera Pablo Escobar a quien tienen como un chivo expiatorio de todo lo que hicieron y hacen aún ahora.
El agonismo (Mouffe) para una ciudadanía emancipada no es otra cosa distinta que la lucha, la pugna, la disputa, entre la justicia y la libertad de una parte, y la infamia y la esclavitud por otra, que no admite medias tintas, medio-medio, mediocre; no sirven la pasividad, la tolerancia, la pusilanimidad de una ciudadanía subordinada y tutelada (Bustelo), y eso indispensablemente implica radicalidad e intolerancia con lo intolerable (Zizek y J. M. Muller). Entonces el miedo a la radicalización, es el miedo al cambio, es la comodidad del status quo; una equivocación epistemológica moralmente inaceptable, históricamente inútil.
Álvaro Efrén Córdoba Obando, Lic. Filosofía y letras, Mg. Investigación en Educación y Pedagogía social – UdeA, Educador popular, activista y docente universitario, [email protected], [email protected]
Foto tomada de: Radio Nacional de Colombia

Deja un comentario