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Petro en Venezuela, la transición energética y el futuro del petróleo

27 abril, 2026 By Carlos Jimenez Leave a Comment

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Hay buenas razones para celebrar la reunión de los presidentes Gustavo Petro y Delcy Rodríguez en Caracas. La primera y probablemente la más importante: representa un avance en el camino de la muy deseable reconstrucción de las relaciones con el país hermano, seriamente dañadas por la decisión de anteriores gobiernos nuestros de sumarse a la cruel y devastadora estrategia de acoso y derribo del gobierno venezolano, puesta en marcha por Donald Trump durante su primer mandato. Una estrategia que desgraciadamente aún está vigente. Las importantes concesiones hechas por Venezuela no han sido hasta la fecha suficientes para que la administración Trump renuncie a su objetivo supremo: el completo desmantelamiento de las instituciones propias de la república bolivariana. “El cambio de régimen” para decirlo con sus propias y despectivas palabras.

En este contexto la visita oficial del presidente de Colombia a Caracas supone el reconocimiento de hecho y de derecho del gobierno venezolano encabezado por la presidente encargada Delcy Rodríguez. Y confina sus anteriores críticas a los gobiernos socialistas venezolanos al ámbito en el que siempre debieron permanecer: el de las opiniones políticas personales del ciudadano Petro. Que él, como presidente de Colombia, nunca debió haber hecho públicas porque, aparte de violar el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países, entorpecen o dañan injustificadamente las relaciones normales de Colombia con los países criticados. El hecho de que el presidente Trump critique e inclusive insulte públicamente y por sistema a tantos y tantos países, incluido el nuestro, no debe convertirse en norma de nuestros presidentes. Al contrario. Si queremos respeto, debemos respetar.

Pero hay otro hecho, derivado de esta visita, que para mí es positivo y que tiene una enorme importancia estratégica. Me refiero a los acuerdos en materia energética suscritos por ambos países, que permiten establecer en el futuro planes de acción conjuntos en este punto crucial. Que, además, representan de hecho una corrección del enfoque con el que el presidente Petro hasta ahora lo ha abordado. Su prédica constante contra el petróleo, su identificación sin matices del capitalismo con las energías fósiles, sus sonoras alarmas por los efectos devastadores del cambio climático, no han sido acompañados por la elaboración y puesta en marcha de una estrategia destinada a promover la sustitución del petróleo y el carbón por energías limpias. Demasiadas palabras para tan pocos avances. No toda la responsabilidad es suya, desde luego. El acoso político, mediático y judicial destinado a bloquear la realización de cualquiera de los puntos de su programa político ha contribuido a limitar enormemente lo que podría haberse hecho. Como también lo ha hecho la inercia de la burocracia.

La importancia que el presidente Petro ha concedido a los acuerdos que facilitan la importación del gas venezolano resulta para mí una señal de que él que ha comprendido finalmente la paradójica verdad de que, para descarbonizar, de hecho y no solo de palabra, es necesario contar en la fase inicial del proceso con los recursos financieros que provenientes de la venta del petróleo y el carbón. Si queremos tener paneles solares, molinos de viento, trenes y automotores eléctricos en la cantidad necesaria, tenemos que vender petróleo y carbón. Y que tenemos la obligación de aprovechar la espectacular subida de los precios del petróleo, derivada de la guerra desencadenada en el Golfo Pérsico por la irresponsabilidad de Estados Unidos e Israel, de invertir esos recursos extraordinarios en la transición energética. Esta debe ser una prioridad absoluta, si es que realmente queremos ser un país comprometido a fondo con la lucha contra el calentamiento global.

Por estas razones es igualmente prioritario la elaboración inmediata de una estrategia de transición energética que responda a esta perspectiva y que asuma que el petróleo no va a desaparecer de golpe de la canasta de fuentes energéticas ni siquiera va a desaparecer definitivamente. Al final de dicho proceso, tendremos en dicha canasta, energías renovables, una cuota de energía hidroeléctrica y otra, obviamente mucho más reducida, de gas y petróleo. La caída brutal de la producción de petróleo y gas en el Golfo Pérsico, responsable del 20% del total mundial, ha sacado a la luz que el petróleo no solo sirve para producir gasolina y Diesel. También sirve para producir fertilizantes, urea y el helio que, como refrigerante, resulta indispensable para el conjunto de la industria de microprocesadores. El gas, por su parte, resulta igualmente necesario para compensar las caídas en el suministro eléctrico que son inevitables, por razones obvias, en los sistemas de generación eléctrica eólicos y solares.

Añado que, para el cumplimiento de estos objetivos, resulta estratégica la alianza energética con Venezuela que, nos permita coordinar con ella políticas de producción y comercialización y de inversiones en la transición energética.

Concluyo refiriéndome a la identificación del capitalismo con las energías fósiles, en la que insiste el presidente Petro. Pienso que es incorrecta o si prefiere inexacta. El ejemplo francés demuestra que el capitalismo puede funcionar con una infraestructura energética en la que el papel fundamental lo desempeña la energía nuclear suministrada por las 52 centrales nucleares de las que dispone actualmente el país. Y, por lo menos en teoría, el capitalismo podría sobrevivir al colapso de un sistema financiero internacional fundado en el petrodólar.  Lo que sí logra en cambio la denuncia de Petro es apuntar con el dedo sobre el hecho de que el capitalismo militarizado y financiarizado del Occidente colectivo no ha podido hasta la fecha resolver de manera eficaz el problema de la transición energética. Algo que sí ha hecho el socialismo, tal y como lo demuestran contundentemente los extraordinarios logros en ese campo de la República Popular China con su “socialismo con características chinas”.

China supera de lejos los logros de Estados Unidos y de cualquier otro país del Occidente colectivo en este campo. Es el número 1 en la producción mundial de molinos de viento, paneles solares y vehículos eléctricos. Tiene las centrales hidroeléctricas más grandes y potentes del planeta. Y el crecimiento exponencial de sus redes de trenes y de metros en el último cuarto de siglo, ha reducido porcentualmente y de manera muy significativa el uso de los vehículos automotores. Todos ellos datos impresionantes, que convierten a China en el mejor socio internacional para emprender en serio la necesaria transición energética.

Cuba viene de beneficiarse de la ayuda china. En respuesta al infame bloqueo marítimo impuesto por Washington, Moscú respondió enviando un petrolero con cientos de miles de barriles de petróleo. Un alivio ciertamente que, sin embargo, no resuelve el problema de las deficiencias crónicas de la infraestructura energética de la isla, causadas por un bloqueo que dura ya 60 años. China ha hecho algo mejor, más duradero y con mejor futuro. En apenas “12 meses China ha instalado aceleradamente 75 parques solares, parte del total de 90 planificados para 2028, elevando la generación fotovoltaica del 5,8% al 20% del total nacional. Este ambicioso plan, que busca aliviar la crisis energética de la isla, incluye financiación china y la construcción de 1.000 MW de capacidad”. Eso es eficacia y rapidez, lo otro es burocracia.

Si quieres comprar armas vete a Washington, si quieres transición energética vete a Beijing.

Carlos Jiménez

Foto tomada de: El País

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