El éxito político de Uribe estuvo en haber aceptado el reto militarista de las FARC en 2002. Santos y Duque siguieron el legado Uribe, aunque Santos le apostó al Nobel y tomó algo de distancia formal, al firmar el Acuerdo de Paz y dejarlo luego expósito. Duque fue un mandadero sin proyecto propio y sin legado.
Petro tuvo la virtud de iniciar una ruptura con la zaga oligárquica, racista, extractivista y rentista. Pero para ganar el voto popular debió hacer concesiones a personajes oscuros y otros variopintos, comprometidos con el pasado, como los exministros Ocampo, López y Gaviria, que le quitaron brillo y eficacia a su mandato.
Las élites se “restiaron” y bloquearon al máximo las reformas estructurales emprendidas por el Pacto Histórico, aunque el verbo encendido de Petro y su labor pedagógica nacional logró que las mismas calaran en el 50% de los colombianos. El mayor legado de Petro es haber dejado en el imaginario popular la conciencia de que son necesarias y posibles las reformas (agraria, en salud, educación, pensiones, inclusión de campesinos, indios, negros, mujeres, LGTBI, desclasados, plebeyos y muchos más) todas por la vía institucional, no por la vía armada como algunos dinosaurios se empeñan en imponer.
Lo novedoso que tenemos en el escenario político nacional es que la onda de la derecha neofascista internacional, con sus relatos falaces de anti-establecimiento, sus tecnologías de información y sus millones de recursos financieros, logró imponerse en Colombia por sobre la vieja derecha uribista y ha frenado a la izquierda y al progresismo. Esa onda, impulsada por Trump, con réplicas en toda Europa y Asia, ya se había establecido en Argentina, Ecuador, Perú, Honduras, El Salvador, Chile, Paraguay, Bolivia y sigue amenazando las débiles democracias regionales. El Escudo de las Américas es la plataforma política, militar y cultural que ahora alcanza a Colombia.
El futuro inmediato de Colombia va a estar signado por grandes confrontaciones en los campos económico-social, en lo institucional y en lo cultural.
El equipo económico del presidente electo, Espriella, intentará regresar plenamente al extractivismo minero energético, al rentismo especulativo y corrupto, y a revertir las conquistas sociales alcanzadas por el Pacto Histórico. Los sectores sociales de seguro contestarán esas políticas con la movilización popular.
Ante la fractura entre la rancia derecha uribista y el neofascismo de la fauna abelardista, lo que pasó en la elección de directivos en el Congreso puede llevar a que prevalezca la división de poderes y la institucionalidad, pero también puede ocurrir que la respuesta del nuevo Gobierno sea la ruptura institucional, si sus proyectos no pasan en el Congreso y en las Cortes. El modelo de El Salvador es también aquí una opción.
La dimensión de la confrontación cultural sí es inevitable. El relato ideológico, religioso y político de la extrema derecha española, francesa, trumpista, mileísta, ya está encarnado en los ministros y ministras que designó Espriella. La prensa corporativa nacional está replicando, en su mayoría, el discurso neofascista y del Escudo de las Américas. Las redes sociales están a reventar en esa confrontación.
El Pacto Histórico debe hacer una lectura muy contemporánea y creativa de esta realidad. Tiene una bancada parlamentaria sin precedentes y unos liderazgos consolidados con Petro y Cepeda. Pero debe reconocer que requiere remozarse con nuevos líderes como Carolina Corcho, Juan David Correa y miles de jóvenes que en las regiones esperan la oportunidad para conducir la nación.
Jorge Reinel Pulecio Yate
Foto tomada de: InfoNariño en Facebook

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