La siguiente frase de Hayek es muy significativa.
“El hecho de actuar en la creencia de que poseemos el conocimiento y el poder que nos permitirá moldear los procesos de la sociedad por entero a nuestro gusto, un conocimiento que en realidad no poseemos, nos causará probablemente mucho daño”[2], énfasis añadido.
Los procesos de la sociedad únicamente se pueden modelar de manera muy parcial. En las ciencias sociales las causalidades no son unidireccionales. Nunca será posible determinar la secuencia precisa entre las variables.
El reconocimiento de esta complejidad no es nuevo. Desde el siglo XVI dos jesuitas, Luis de Molina y Juan de Lugo, se preguntaba por los determinantes del precio. Molina se preocupaba por el precio justo, y Lugo por el precio matemático.
Para Luis de Molina, el justo precio “… se debe juzgar por el criterio de los prudentes”[3]. La información disponible nunca será suficiente y, entonces, el debate lo dirime la persona honorable. Y Juan de Lugo llegó a la conclusión que el pretium iustum mathematicum – el precio justo matemático -, depende de tantos factores y circunstancias particulares, que jamás pueden ser conocidos por el hombre. Dios es el único que puede entender los misterios que rodean el precio matemático.
Las conclusiones de Molina y Lugo son muy similares a las de Hayek. Sencillamente, no podemos saber. En cada circunstancia, los determinantes de los precios responden a factores muy diversos, que nunca podremos conocer con precisión. La solución final, como diría Luis de Molina depende del sentido común de la persona honorable.
La teoría económica tiene todos los vicios derivados de la pretensión del conocimiento. En realidad, no podemos determinar la articulación entre numerosas variables. Frecuentemente, los economistas – y la sociedad que les cree -, piensan que un modelo econométrico capta la complejidad de las interacciones sociales. ¡Ningún modelo puede hacerlo!
En el debate de los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República sobre los impactos de la tasa de interés, es evidente la prepotencia de ambas partes. Ninguna reconoce que es imposible saber. El ministro de Hacienda tira la puerta y se retira de la Junta, como si su verdad fuera la de los dioses. Se niega a dar el debate. Y desde la otra perspectiva se pretende defender como cierto un modelo que establece una relación directa entre el aumento de la tasa de interés y la reducción de la inflación. El dilema en ciencias sociales no se resuelve con el mejor modelo. Todas las aproximaciones cuantitativas tienen limitaciones intrínsecas, y ninguna puede ser definitiva.
Se comete un grave error cuando se pretende que la teoría económica sea neutra desde el punto de vista de los valores. Para Mises[4] la teoría de los precios es, finalmente, una teoría de la elección humana. No existe algo así como la formación de precios por fuera de las decisiones subjetivas de las personas. Es incorrecto afirmar que los “precios se forman en el mercado”, como si se tratara de realidades impersonales. Lo adecuado sería decir: “los juicios de valor de las personas direccionan los mercados y, entonces, los precios son el resultado de las preferencias subjetivas de los individuos”. El precio del petróleo ha subido estos días porque la ideología que lideran Trump y Netanyahu ha sido el soporte de la guerra en Irán.
La ingenuidad de los economistas ha llevado hasta el extremo de pretender predecir el futuro con modelos de estado estacionario calcados de la física mecánica. El ejemplo más claro del desconocimiento de la enseñanza de Hayek son los marcos fiscales de mediano plazo. Los errores de proyección son permanentes. Y a pesar de sus reiteradas equivocaciones se continúa utilizando la misma metodología. Las fallas en las proyecciones son protuberantes. En el marco fiscal del año pasado se dijo que el dólar estaría hoy a 4.408 pesos. Y su valor está alrededor de 3.500 pesos. Igualmente, se proyectó un precio del barril de petróleo de 62,3 dólares. Hoy está alrededor de los 100 dólares. Los errores en la predicción han sido mayúsculos.
En lugar de reglas es necesario rescatar la discreción en el mejor sentido keynesiano. No se puede continuar asociando la discreción a la irresponsabilidad. El buen manejo fiscal no debería depender de reglas fijas basadas en de adivinación. En el caso del Banco de la República, ni el “grupo de los cuatro” (Villar, Acosta, Villamizar y Tabohada) como los llama el ministro de Hacienda, ni la minoría de los tres (Avila, Mosá, Giraldo), pueden considerar que su postura es la verdadera. Apenas se trata de opiniones para conversar. Ningún modelo econométrico es suficiente para dirimir los debates. Por esta razón, la Junta es un espacio de discusión, y sus miembros tienen que recurrir a la votación cuando no se llega al acuerdo. El ministro Germán Avila tiene la obligación de debatir y de aceptar el voto de la mayoría. Su actitud ha sido irresponsable. Y los cuatro miembros de la mayoría tampoco pueden ser prepotentes. Ni los unos, ni los otros saben cómo se moverán los precios del petróleo en los próximos meses. Y mucho menos pueden conocer el impacto que tendrán en la inflación colombiana.
Los bancos centrales cada vez están más sometidos a los vaivenes del mercado internacional de capitales. Estos factores son incontrolables. Los modelos econométricos apenas son los argumentos de una conversación. Finalmente, la decisión tiene que estar guiada por el sentido común de los integrantes de la Junta Directiva.
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[1] HAYEK Friedrich von., 1974. “La Pretensión del Conocimiento”, en Los Premios Nobel de Economía 1969-1977, Fondo de Cultura Económica, México, 1978, pp. 245-258.
[2] HAYEK Friedrich von., 1974. “La Pretensión…”, p. 9.
[3] MOLINA Luis de., 1588. “Disputa CCCXLVIII. Causas por las que el Precio Natural Puede Considerarse Justo o Injusto”, en CAMACHO Francisco., 1981, ed. Luis de Molina. La Teoría del Justo Precio, Nacional, Madrid, pp. 163-174, p. 173.
[4] MISES Ludwig von., 1949. La Acción Humana. Tratado de Economía, Unión Editorial, Madrid, 1986
Jorge Iván González
Foto tomada de: El Heraldo

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