El extraño caso de Abelardo como candidato daría mucha risa si no constituyera una amenaza de tragedia real como la de Ucrania con su guerra, un país al mando de un cómico mediocre.
Las propuestas de Abelardo son propias de un país de vodevil, un escenario en el que se caricaturiza la sociedad con rasgos exagerados, risibles y tragicómicos, saturado con situaciones absurdas, infidelidades y personajes equívocos.
Con el amenazante anuncio de su pretensión de ascender a un trono no descrito en la Constitución colombiana, suscribe un plan de gobierno que ni el uribismo más rancio se atrevió a proponer. Al pie de Abelardo, Uribe -con su contexto de masacres y falsos positivos, la Ley 100, la mesada 14, el volteo de tierras, Telecom, REFICAR y las horas laborales diurnas en noches muy oscuras, entre muchas otras calamidades- parece un pequeño e inofensivo minino.
Como en la deprimente visión de Milán Kundera, la propuesta es el eterno retorno de la insoportable levedad del ser que pretende asumir derechos absolutos y responsabilidades nulas. La receta de reducción del Estado -limitando su capacidad de dirección, regulación y coordinación mediante la reducción normativa, tributaria y administrativa- no es más que una versión con esteroides del consenso de Washington destinada a concentrar aún más el ingreso y dejar en la pobreza y el desamparo a un sector cada vez más amplio de la población.
Su propuesta de guerra inmediata y total contra irregulares armados y narcotraficantes -además de ser presupuestal y técnicamente imposible- sólo dejaría nuevamente millones de campesinos afectados. Esta y su batalla contra la corrupción no pasan de ser el paquete chileno ofrecido por quien ha sido estafador reconocido, y socio impenitente de quienes habitan el territorio del delito.
Llama la atención que este camaleón -que ayer era ateo, matagatos y colombiano vergonzante, y hoy posa de religioso, amante de Colombia y de la naturaleza- tenga hoy tanto seguidor. Lo asombroso no es que en su campaña lo acompañen la élite política, económica y social que ha llevado a este país a un estado de guerra permanente, a circular en el extremo de la lista de países más desiguales, de empresarios menos transparentes y de mayor captura del Estado. Lo que estalla en la cara es que tenga el apoyo de un grupo amplio de población pobre y desamparada, aquella a la que despectivamente se le identifica como el pobre (que es ) uribista, lo que la asimila a las ovejas que votan por la continuidad del predominio de los lobos.
Para entender este fenómeno hay que recurrir a personajes notables que han enfrentado grandes dificultades para lograr que la población siga una ruta de mayor dignidad.
Empecemos por Simón Bolívar, que libró una larga lucha en la búsqueda de la independencia y la construcción de una organización política, económica y social basada en la igualdad social , el equilibrio con la naturaleza y el conocimiento.
Bolívar -luego de 20 años de luchas- entendió que las costumbres son las verdaderas leyes de los pueblos; concluyó entonces que -por la costumbre de estar sometidos al triple yugo de la ignorancia, la tiranía y el vicio- no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud; que en tal condición somos propensos a someternos y convertirnos en instrumento ciego de nuestra propia destrucción. De ese diagnóstico se deriva su tesis de que este caos se resuelve con moral y luces, para lo cual le asigna al Estado la responsabilidad de promover la ciencia, la educación y la moral.
Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la Cárcel, lugar a dónde fue enviado por el régimen de Mussolini, considera que el sometimiento se logra más por la hegemonía cultural que por la fuerza bruta del Estado. La clave está en que la clase dominante logra sus objetivos convenciendo a las clases subordinadas de que todos tienen el mismo interés. La clase dominante logra la hegemonía cuando el consenso se convierte en sentido común, la forma como los subordinados ven el mundo. Sólo cuando este método falla es que la clase dominante recurre a la coerción.
Para lograr sus objetivos cada clase dominante que emerge produce sus propios intelectuales, los cuales denomina “intelectuales orgánicos” -entre ellos los periodistas, los académicos y los líderes religiosos- los cuales se encargan de establecer la correspondiente visión del mundo y convertirla en el statu quo.
Pierre Bourdieu desarrolló su teoría de la acción a partir del estudio del sometimiento observado en Cabilia (Argelia), y en particular el de las mujeres. Para Bourdieu cada persona se distingue por el habitus, el cual se entiende como la forma de obrar, pensar y sentir correspondientes al lugar que ocupa en la estructura social. Tal lugar depende del capital acumulado y del poder simbólico que de este se deriva. Este poder -mediante la consagración de las cosas que ya existen- consiste en lograr con la sola palabra que las cosas ocurran.
Esa acumulación de poder simbólico explica la capacidad que tiene la clase dirigente para fabricar consensos mediante el uso masivo y coordinado de los medios de comunicación social, tal como lo explica Noam Chomsky. De esta manera se impone un imaginario sobre una realidad que goza de legitimidad y que por tal razón no requiere cambio. La legitimidad percibida anula el aspecto arbitrario de la situación y logra que el sometido lo reconozca como hecho natural y que actúe según el objetivo definido por aquellos que ocupan un habitus caracterizado por un mayor poder simbólico.
Bolívar, Gramsci y Bourdieu coinciden en que la cultura es central para explicar el comportamiento de los sometidos en un régimen económico, político y social. La superación del estado de cosas también dependerá de una cultura alterna con nuevas verdades establecidas por otros intelectuales orgánicos, verdades que den lugar a palabras que precipiten los sueños eternos que Foucault vio resurgiendo de las mil muertes prematuras y que finalmente transforman las personas y las cosas.
Quizá todo se reduzca al dictamen que de nosotros hizo Policarpa Salavarrieta mientras esperaba las balas de Pablo Morillo. Simplemente es que somos un pueblo indolente y que nuestra suerte sería muy diferente si entendiéramos el precio de la libertad.
Yanod Márquez Aldana, Graduado en Ciencia Políticas y Administrativas, Magister y Doctor en Ciencias Económicas. Docente e investigador en diversas universidades, se desempeñó como Subgerente Económico y Subgerente General de TMSA, y como Superservicios en los gobiernos de Gustavo Petro como Alcalde de Bogotá y como Presidente de Colombia.
Foto tomada de: El Universal

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