Desde el 2002, luego del ascenso al poder de Álvaro Uribe Vélez, se recrudeció la desconfiguración de los dos partidos históricos; así sucedió por las aprensibles razones del divisionismo y la cizaña entre los liderazgos, por la fuga de los militantes, o por la indisciplina fresca de los votantes.
¿Un nuevo modelo de gobernabilidad?
El caso es que los partidos del establishment, no solo se multiplicaron y padecieron su propio fraccionamiento, además cada uno vio cómo se reducía la talla de sus proporciones, que no de sus ambiciones. La misma masa electoral debía ser dividida por un mayor número de agentes divisores; estos entraron a disputarse el mismo electorado. Incluso, sobrevinieron coyunturas de desmesura en las que la cantidad de partidos y movimientos llegó a 30, una cifra a mitad de camino entre el multipartidismo y la atomización.
Al deterioro de los partidos no lo ha seguido solo la fragmentación, también los fenómenos de opinión que, aparte de todo, han visitado a la derecha; han acompañado sus candidaturas y campañas, con la participación de los electores inorgánicos, una masa más o menos flotante, caracterizada por la volatilidad en sus compartimientos. Son las franjas que por cierto propulsaron las candidaturas de Uribe en 2002 y en 2006; y que en la presente coyuntura han resultado influyentes en el apoyo a Abelardo, con individuos que ingresaron a su “manada”, aún si sus identidades culturales, sociales o de género se veían afectadas por las horrísonas prédicas del candidato.
De la suma de estos dos fenómenos, el de la fragmentación y el de la opinión, ha nacido una “tentación” y una “necesidad”, ambas de naturaleza política.
La tentación es la de crear partidos, muy pegados a la lógica del poder por el poder, además con la marca de identidad del caudillo fundador, con la patente de su personalidad, la de su nombre incluso.
En el caso de la necesidad, se trata de la urgencia de formar coaliciones en el Congreso, debido a la ausencia de partidos con mayorías absolutas; de modo que una suma de minorías podría condensar el peso decisivo, en las corporaciones públicas, algo que al gobierno respectivo le viene muy bien; entre otras cosas, porque asegura el curso venturoso de la agenda legislativa.
De una parte, reproducción del poder con un partido vinculado a los resortes del mando, que cuenta igualmente con redes al interior del Estado, instrumento útil para hacer duradero el control del gobierno. De otra parte, la gobernabilidad, garantizada por una coalición mayoritaria. Ambos factores pasan a ser elementos muy propios del orden político, como si fueran parte de un “modelo” de gobernanza, para tiempos caracterizados por la crisis de los partidos.
No hay que olvidar que Uribe Vélez, en su momento ayudado por Juan Manuel Santos, su amigo de entonces, fundó el partido de la U (la U de su apellido); así mismo forjó una coalición “hegemónica”, con el 80% del Congreso, o casi, a la sombra de su doctrina de la “seguridad nacional” y al son de su pretensión de reelecciones en línea.
¿Será sólido el modelo en manos de Abelardo?
La pregunta es, si 15 años después, hará lo propio su pupilo Abelardo de la Espriella. La tentación está servida, como la de San Antonio, con sus 12 millones, 950 mil votos. Ya uno de sus asesores, envalentonado, calificó a Uribe, el padre de la derecha, como un dinosaurio, señalamiento que podría traslucir los deseos recónditos de mandarlo a la jubilación. Sólo que el expresidente no se demoró en enviarle un mensaje muy contundente al nuevo presidente: desafió la candidatura del senador Deluque, promovida por De la Espriella para presidir el Congreso y lo derrotó ”a voto limpio”; de modo que el “tigre” tendrá que comprender lo complicado que será el “emprendimiento” de levantarle una competencia electoral al partido de su adorado expresidente, dueño simbólico por cierto de la derecha más enconada contra todo lo que signifique procesos de paz, campo en el que más fácilmente debieran acoplarse, aunque no se entiendan necesariamente con la Constitución, el referente superior.
Coalición, en cambio, sí podrá formar el nuevo presidente, la cual llegaría a ser amplia, si se cuentan los partidos que ya hacen cola para estar al lado del gobierno. Y que comienza a prefigurarse con la decisión de permitir que el presidente se posesione en una guarnición militar, algo no muy ortodoxo en materia constitucional, simbólicamente muy débil y confuso. Se disputan un puesto en esa lista de espera, a pesar de las amenazas contra la izquierda que profirió el Tigre durante la campaña, de sabor inconstitucional y de espíritu anti-liberal; a pesar así mismo de su narcisismo confeso y de su prédica en favor de un fetichismo del éxito, presunción irrisoria pero no carente de impudicia. Fetichismo dinerario y narcisismo, mezclados con el poder, llegan a envolver pulsiones discriminatorias y desviaciones autoritarias.
Son fallas del gobernante que, por supuesto, alimentarán las contradicciones por ahora latentes, entre el gobierno y muchos de los miembros de esos partidos que pertenecerán a la coalición. Serán fuente de fracturas en un bloque de poder, presidido por una personalidad autoritaria y probablemente débil, como sucede con todo narciso en política: se acoraza de “potencia”, pero está huérfano de esa” virtud”, propia del buen “príncipe” republicano; ausencia de virtud que vuelve vicio la sola potencia.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Asuntos Legales

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