He abrazado buena parte de las demandas del feminismo, aunque siempre con un temor que considero indispensable: las luchas por la identidad no pueden divorciarse de las desigualdades de clase. Podemos perfeccionar el lenguaje con el que reconocemos las diferencias y, al mismo tiempo, permanecer escandalosamente indiferente frente a las condiciones materiales que hacen posible ejercerlas. Allí encuentro una de las debilidades de ciertas reivindicaciones identitarias: cuando cada injusticia se administra como un expediente separado, corremos el riesgo de conseguir una sociedad muy consciente de sus diferencias y bastante despreocupada de sus desigualdades. La fragmentación de las luchas puede terminar debilitando aquello que históricamente les dio mayor capacidad transformadora: descubrir que detrás de muchas experiencias particulares existe una estructura común de subordinación y explotación.
La voz de las mujeres, por supuesto, no puede ser sustituida por la de los hombres, aunque pueda y deba estar acompañada por ellos. A esa causa me he sumado con las precauciones necesarias para no incurrir en la extravagancia masculina de explicarles a las mujeres cómo deben emanciparse. Al fin y al cabo, soy en buena medida lo que las mujeres han hecho de mí: mis abuelas, mi madre, mis once tías —como diría Fito Páez—, mis hermanas, mis primas, mis hijas y, cómo no, mi mujer. Tampoco conviene convertir esta discusión en una cómoda acusación contra los otros: la izquierda y las organizaciones sociales, pese a su vocación emancipadora, no han estado precisamente inmunizadas contra el patriarcado. Una cosa es proclamar la igualdad y otra, bastante más difícil, practicarla cuando llega el momento de repartir el poder.
Pero hay un fenómeno que merece particular atención, expuesto el 5 de septiembre en el periódico “El País” de España “El patriarcado mediterráneo”: la manera como ciertos dirigentes de derecha y extrema derecha reaccionan cuando son las propias mujeres de su espacio político quienes se atreven a disputarles autoridad, protagonismo o poder. Es entonces cuando la fraternidad ideológica descubre súbitamente sus límites y aparece una solidaridad masculina mucho más antigua que cualquier programa electoral.
Los ejemplos abundan. Donald Trump lo ha hecho frente a Carly Fiorina, Heidi Cruz, Omarosa Manigault Newman, Nikki Haley, Elaine Chao, Liz Cheney y, más recientemente, Marjorie Taylor Greene. En el universo de Bolsonaro ocurrió con Joice Hasselmann. Javier Milei ha protagonizado enfrentamientos con Patricia Bullrich y, de manera especialmente persistente, con su propia vicepresidenta, Victoria Villarruel. La coincidencia ideológica, al parecer, protege hasta que una mujer decide dejar de ocupar el lugar que se le había reservado.
En Colombia tampoco hemos estado privados de semejantes demostraciones de virilidad política. Todos fuimos testigos de la grotesca escena en la que se insistía, de manera burda e incómoda, en que una periodista dirigiera su mirada hacia la zona media del protagonista. Tal vez se ufanaba de que ella no pudiera advertir a primera vista lo que él consideraba evidente. Hay ocasiones en que el poder, cuando carece de argumentos, parece sentir una irresistible necesidad de exhibir anatomía.
El artículo citado se sitúa exactamente en la escena europea. Roberto Vannacci, dirigente de extrema derecha que disputa espacio político a Giorgia Meloni, sostuvo, en una evidente alusión a la falta de pene de Meloni, que frente a Trump había que presentarse “bien erecto”. La política internacional, que alguna vez produjo tratados sobre la guerra y la paz, parece haber descendido para algunos hasta convertirse en una competencia de testosterona imaginaria. El secretario de “Guerra” de Estados Unidos, cuya mediocridad en asuntos militares ha quedado ampliamente demostrada, pretende suplir su evidente carencia de visión estratégica con una sobredosis de testosterona en las Fuerzas Armadas estadounidenses.
No estamos únicamente ante un repertorio de groserías. Hay una estructura reconocible. Primero aparece la descalificación corporal, sexualizada o animalizante: la apariencia física sustituye a los argumentos y el cuerpo femenino se convierte en instrumento de degradación. Después viene la disminución intelectual: mujeres supuestamente incapaces, desequilibradas, tontas o incompetentes. Una tercera modalidad consiste en castigarlas por deslealtad: son “traidoras”, pertenecen a la “casta” o han abandonado la causa. Y existe finalmente una forma más sofisticada y, por ello, posiblemente más eficaz: la represalia institucional. Se les despide, se restringe su participación en los espacios de decisión, se patrocinan adversarios o se movilizan ejércitos digitales para disciplinarlas.
Lo interesante es que estas conductas revelan mucho más acerca de quien insulta que de quien recibe el insulto. El poder seguro de sí mismo no necesita demostrar permanentemente que lo posee. La obsesión por exhibir fortaleza suele ser una forma involuntaria de confesar fragilidad.
Por eso a esta legión de atorrantes prefiero llamarlos “estadistantes”: están a una distancia considerable de convertirse en estadistas. Su capacidad para el insulto parece crecer en proporción inversa a su capacidad para resolver los grandes problemas de nuestro tiempo. Frente a la pobreza, el cambio climático, las migraciones, la desigualdad o el deterioro de la democracia, unas veces niegan el problema; otras exageran sus consecuencias para fabricar enemigos; y, cuando ninguna de las dos estrategias funciona, terminan explicándonos que aquello que padecemos es normal, natural o incluso necesario. Gobernar resulta bastante más difícil que insultar.
Las abuelas, que desconocían las sofisticaciones de las redes sociales, pero entendían bastante bien la naturaleza humana, lo resumían de una manera admirable: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
A finales de los años ochenta, cuando junto con Jorge Emilio Salazar contribuimos a reactivar el Círculo Colombiano de Artistas —CICA—, sindicato fundado en 1957, escuché entre tantos cafés una observación que nunca olvidé. Él desconfiaba profundamente de aquellos hombres que necesitaban proclamarse “machos recontramachos” que no se enamoraban de las mujeres porque tenían voz de marica. Su intuición era sencilla: quien necesita demostrar permanentemente su masculinidad quizá no esté tan seguro de aquello que pretende demostrar. Con los años he pensado que aquella reflexión servía también para la política.
Porque el autoritarismo contemporáneo necesita fabricar permanentemente amenazas. La corrupción, la migración, las minorías, los extranjeros o cualquier otro colectivo pueden cumplir alternativamente esa función. Pero las mujeres ocupan un lugar singular en ese imaginario, y la hostilidad no desaparece siquiera cuando pertenecen al mismo espacio ideológico. La mujer es bienvenida mientras acompañe; comienza a resultar problemática cuando disputa; y puede convertirse en enemiga cuando pretende mandar.
Conviene, sin embargo, evitar una simplificación demasiado confortable. El autoritarismo no es patrimonio biológico de los hombres ni la condición femenina constituye por sí misma una garantía democrática. El autoritarismo también puede vestir de falda. La cuestión decisiva no consiste en sustituir una dominación masculina por una dominación femenina, sino en transformar las relaciones de poder que han hecho posible la subordinación.
Esta es precisamente la paradoja. Las sociedades contemporáneas necesitan dirigentes capaces de comprender problemas extraordinariamente complejos, negociar diferencias, construir acuerdos y pensar en horizontes que excedan la próxima elección. Y una parte de quienes aspiran a gobernarlas responde a esa complejidad regresando a una representación elemental del poder: gritar más, humillar mejor, exhibirse más fuerte y convertir al adversario en enemigo.
Mientras la humanidad espera respuestas frente al cambio climático, la desigualdad, las guerras, las migraciones, la pobreza y el debilitamiento de la democracia, nuestros “estadistantes” continúan entretenidos en sus pequeñas ceremonias de virilidad. El mundo esperando soluciones y ellos agravando los problemas, embriagados en unos devaneos de poder cuya impotencia, para desgracia de todos, no se resuelve ni con Viagra.
De ahí que la respuesta no deba consistir únicamente en denunciar cada insulto ni en indignarnos durante las pocas horas que dura una polémica en las redes sociales. La recomendación es más exigente: convertir la defensa de los derechos de las mujeres en una transformación democrática del poder y volver a conectar la igualdad de género con la identidad de clase, el trabajo, la distribución de la riqueza y la defensa de las instituciones. No basta con que más mujeres lleguen a los lugares donde tradicionalmente mandaron los hombres; es necesario modificar las reglas, las culturas y las estructuras que hicieron de esos lugares territorios de dominación.
Y acaso esa sea la mejor respuesta a la falocracia: no disputarle quién demuestra mayor fuerza, sino demostrar que una democracia madura ya no necesita organizar el poder alrededor de semejante demostración.
Carlos José Guarnizo
Foto tomada de: La Voz de Galicia

Deja un comentario