• Desde el sur
  • Sur global
  • El sur posible
  • Archivo Revista Sur
  • Video
  • ESPECIAL SOBRE BOGOTÁ
  • SUR COOPERANDO

Corporación Latinoamericana Sur

  • INICIO
  • NOSOTROS
    • Quienes somos
    • Qué hacemos
    • Nuestro Equipo
  • TEMÁTICAS
    • Participación y cultura política
    • Paz, Desarrollo Social y Postconflicto
    • Jovenes
    • Victimas
    • Salud
    • Derechos humanos
    • Democracia y ciudadania
    • Ciudades Equitativas – Territorios Equitativos
  • Publicaciones
  • Contáctenos

La cuestión religiosa

6 julio, 2026 By Carlos Jimenez Leave a Comment

PDF
Imprimir
El nombramiento de Viviane Morales como ministra de educación por Abelardo de la Espriella ha reavivado una cuestión que se daba por completamente saldada: la intervención de la religión en la política. Porque se supone que ella va a saltarse el principio de separación de la política y la religión, fundamento del carácter laico del Estado, consagrado por la Constitución de 1991. Ella es desde luego una experimentada dirigente política, nombrada en aparente o real contradicción con el compromiso electoral de De la Espriella de gobernar sin la clase política tradicional. Pero no es este el principal motivo de preocupación de los liberales, demócratas y progresistas que temen que Morales utilice su cargo para imponer esa “contrarrevolución cultural” anunciada igualmente por De la Espriella durante su avasalladora y fulminante campaña electoral. La contrarrevolución que, habida cuenta de sus declaraciones, consiste en combatir el aborto, el matrimonio igualitario, los derechos concedidos a los LGTBI +, la educación sexual y, en general, la “cultura de la cancelación”. Costó un siglo o casi, suprimir la obligatoriedad de la formación católica en la educación pública – afirman sus críticos – como para consentir que la flamante ministra reintroduzca en la misma el programa formativo de los evangelistas.

En principio, yo estoy de acuerdo con ellos: la predica de las iglesias debe estar fuera de las aulas, porque son ellas las que tienen la responsabilidad ante su propia feligresía de impartir en los espacios que le son propios. Y estoy igualmente de acuerdo con que el Estado contribuya a la financiación de dichas iglesias cuando la soliciten. Con lo que, en cambio, estoy completamente en desacuerdo es con la descalificación sin más del programa cultural de los evangelistas. Yo creo que merece un análisis y un debate, así como lo merecen, y todavía con más urgencia quizás, las razones por las que el movimiento evangelista,en menos de cuatro décadas, se haya convertido en una poderosa fuerza religiosa y política. Según las estadísticas, los fieles de las distintas profesiones de fe que lo integran ya suman el 20 % de la población de América Latina y sus representantes políticos ya juegan un papel crucial en Centro América y el Caribe, en Brasil y desde luego en Colombia.  Atribuir dicha expansión exclusivamente a la credulidad del pueblo ignorante, solo demuestra la arrogancia de racionalistas todavía enceguecidos por el programa cultural de la Ilustración. Atribuirla solo al éxito de las campañas de evangelización promovidas y financiadas generosamente desde Estados Unidos no es equivocado, es insuficiente. Es en últimas compartir con los racionalistas, la idea de que el pueblo llano es un ente pasivo, incapaz de tomar decisiones en su propio beneficio en contextos que, aunque parezcan completamente adversos, nunca carecen de alternativas a la obediencia irrestricta y la aceptación resignada de su propia situación subalterna. El pueblo, pese a quien le pese, es un sujeto activo. Ya lo dijo Friederich Niezche, el apologista por excelencia de la voluntad de poder, refiriéndose al “nihilismo” de los místicos cristiano: “Prefiero una voluntad de nada a una nada de voluntad”. Es falso que el pueblo no haga nada, hace lo que puede hacer, que es algo completamente distinto. En este punto crucial cabe aplicar la máxima de toda justicia que sea verdaderamente justicia: hay que comprender antes de juzgar, absolver o condenar.

Pienso que si el programa cultural del evangelismo ha tenido el éxito que ha tenido es porque ha ofrecido alternativas de solución a problemas acuciantes padecidos y/o sentidos por importantes sectores populares. A este respecto no cabe que olvidar que el mal llamado “conflicto interno” ha desplazado a millones de colombianos del campo a la ciudad. Por lo que nuestras grandes ciudades han crecido enormemente y Bogotá se ha convertido en un monstruo urbano de siete o más millones de habitantes. Para esta multitud ingente de desplazados, el modelo de familia a seguir no es solo una cuestión ética o moral, es un modo de supervivencia. El modelo de familia tradicional, que con tanto denuedo critican hoy los y las teóricas del feminismo radical y del movimiento queer, es una unidad económica y social en la que la distribución del poder codificada en términos de género, es simultáneamente una forma de funcionamiento relativamente eficaz en términos económicos y sociales. Los hombres se comportan de una manera y hacen unas cosas, las mujeres se comportan de otra manera y hacen otras cosas y los hijos lo mismo.  Y entre todos se complementan en el esfuerzo común de sobrevivir en un contexto social marcado radicalmente, desde el punto de vista laboral, por la “informalidad” y, desde el punto de vista político, por la debilidad estructural del llamado Estado de bienestar, incapaz de satisfacer plenamente las demandas de una vida digna de las mayorías populares.

Cuando el pobre experimenta en sus propias carnes que la empresa normal no le da cabida y el Estado tiene muy poco que ofrecerle, queda en pie la opción de pedirle ayuda a Dios. Siempre la ha pedido, y no solo porque la creencia en Dios hace parte de su historia tanto personal como colectiva, sino porque acudir a Dios es una decisión racional en un contexto de falta o seria carencia de otras alternativas efectivas. Al contrario de lo que piensan los racionalistas, la razón y la fe no están completamente reñidas. Que allí están los casos de los creyentes en la existencia de individuos absolutamente libres y soberanos o en la entelequia de la mano invisible del mercado, quienes, a pesar de que dichas creencias sean contra- factuales, son capaces sin embargo de tomar decisiones racionales.

Quien busca la ayuda de Dios nunca se encuentra en la práctica con el Dios incorpóreo, omnipotente y omnipresente de la proteica tradición abrahámica. Con quien en realidad se encuentra con las iglesias de carne y hueso consagradas a Él. Son ellas las que le reciben y acogen. Las que le ofrecen un espacio de reunión y comunión, donde sacerdotes, pastores o ministros presiden los ritos y les ofrecen orientación, ayuda y consuelo. Las iglesias son muchas cosas, pero son también y de una manera decisiva asociaciones y/o instituciones de ayuda mutua. De hecho, son ellas las que ofrecen la ayuda de Dios que piden los pobres en situación precaria.

La Iglesia Católica sigue siendo la más importante de todas las iglesias ahora actuantes en el país, debido al papel crucial que históricamente ha cumplido en la formación de la sociedad y del Estado colombiano.  Pero también es un hecho que su monopolio en materia religiosa no ha hecho más que deteriorarse en el último medio siglo. Las causas son numerosas y entrecruzadas y este no es evidentemente el lugar para siquiera enumerarlas a todas.  Por lo que solo me referiré a las estrategias con las que los evangelistas han logrado desafiar con tanto éxito el monopolio católico, en un ámbito o campo que ambos comparten: el religioso.

Lo que las religiones siempre han hecho, desde un punto de vista histórico, es re- ligar, es decir, volver a unir lo que se ha desunido. Así lo hizo el cristianismo primitivo ofreciendo un nuevo lazo de unión a las multitudes subyugadas o abiertamente esclavizadas por el imperio Romano, que previamente había destruido o dañado irreparablemente el haz de vínculos sociales que unían a los pueblos y las tribus vencidas, que permitían el desenvolvimiento de su vida común. El cristianismo primitivo no restauró dichos vínculos: re- ligó con unos nuevos.  Y los sacralizó, atribuyéndoles un origen divino. La escena de Moisés recibiendo de Dios en el Monte Sinaí las Tablas de la Ley es paradigmática. Con estas nuevas leyes o normas se organizaron iglesias, o sea “asambleas”, “congregaciones”, comunidades de fieles firmemente unidas por creencias, ritos, libros sagrados y códigos morales capaces de generar modos de vida alternativos a los dominantes. E incluso a los “tradicionales”, abolidos o reprimidos por el poder imperial.

Podría decirse que lo que los evangelistas han hecho en Colombia en las últimas décadas es repetir la historia del cristianismo primitivo. Ellos han desembarcado en un país católico, donde la mayoría abrumadora de la población está bautizada, identifica espontáneamente a la religión con el catolicismo, y la iglesia católica misma tiene un gran poder territorial y el control de una parte importante de los sistemas de educación y salud. El Concordato suscrito por Colombia con la Santa Sede corrobora el carácter del catolicismo como religión oficial. O, si se prefiere el matiz, como la religión estatal por excelencia.

Si el propósito del evangelismo de religar ha tenido el éxito que ha tenido es porque los lazos de unión, de vinculo social, generados por la Iglesia católica están en crisis. Ya no parecen responder satisfactoriamente, como durante tanto tiempo lo han hecho, a la situación en la que se encuentran las mayorías populares. O porcentajes significativos de las mismas. Antes mencioné el fenómeno de las inmigraciones masivas del campo a la ciudad, cuya consecuencia son esas densas aglomeraciones periféricas marcadas por toda clase de carencias económicas, sanitarias y urbanísticas. Y desde luego por la crisis de los modelos de sociabilidad tradicionales, predominantes en las comunidades campesinas y aldeanas, que genera lo que la sociología clásica llamó en su día “anomia” y que se manifiesta en la proliferación de familias disfuncionales, el alcoholismo, la drogadicción, la delincuencia y la prostitución juvenil, violencia callejera etcétera. Los mecanismos de control social con los que las comunidades campesinas y aldeanas se autorregulaban, bajo la tutela de la Iglesia católica, pierden en la ciudad buena parte de su eficacia. La escala y la naturaleza de los problemas y los desafíos son otros. Los evangelistas proponen como alternativa reconstruir o revitalizar la familia patriarcal mediante la puesta en práctica de un estricto código moral, de cuya supervisión y cumplimiento efectivo se encarga la asamblea de los fieles. Es en ellas, es ante esta instancia, donde los incrédulos o los indiferentes ratifican su conversión por medio de confesiones públicas en las que confiesan sus pecados y se comprometen a renunciar a la vida pecaminosa. Es el control social, pero de otra manera, con otros recursos ejercido por un nuevo tipo de comunidad.

Cierto, la Iglesia católica, especialmente las facciones conservadoras, defiende un código moral estricto. Pero con dos diferencias importantes con respecto a los evangelistas. La primera es que los evangelistas proponen que la familia, unida y disciplinada por la fe y el código moral, sea también una microempresa, que reciba la recompensa por su fe y su moralidad no en el Cielo prometido a los buenos creyentes, sino aquí, en la Tierra, y en términos de prosperidad económica. Ellos, tan devotos lectores de la Biblia, ignoran o simplemente pasan por alto la expulsión por Jesucristo de los comerciantes del Templo de Jerusalén. Para ellos los negocios no están reñidos con la fe: la fe, por el contrario, sirve para hacer buenos negocios. Por lo que no sorprende que para ellos los modelos a imitar no sean los santos ascéticos y anegados, sino los ministros que mediante un eficaz desempeño pastoral logran enriquecerse.

La otra diferencia importante se da en lo que, en términos tomados de Mao, podríamos definir como de “métodos y estilo de trabajo”. Los evangelistas – y sobre todo su facción más activa y dinámica – los pentecostales – ponen, el énfasis en su trabajo eclesiástico en el carisma, al contrario de la Iglesia católica, firmemente anclada en el modelo escolástico. El sacerdote católico es un maestro que educa y disciplina a los fieles. El pastor pentecostal es un creyente que destaca en el conjunto de los creyentes por su carisma, por la gracia divina que lo habilita para convocar y reunir en torno suyo a la asamblea de los creyentes. La misa oficiada por un sacerdote es una ceremonia cuidadosamente reglada y ordenada, la tumultuosa asamblea pentecostal es una ocasión para el éxtasis colectivo, las iluminaciones y las conversiones súbitas1. La repetición desaforada de la Caída en el camino de Damasco de San Pablo.

———————————————————————————————————————

  1. Yo realizo un amplio análisis de las relaciones entre carisma y experiencias extáticas colectivas en 3 capítulos de mi libro El santo, el militante, el artista, editorial Ekobios, Bogotá, 2024.

Carlos Jiménez

Foto tomada de: El País

FacebookTweetLikeShareLinkedInEmail

Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

Deja un comentario Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sur Global

El sustento material de la disputa hegemónica

6 julio, 2026 By Juan Carlos Álvarez García Cano Leave a Comment

De Cambridge Analytica al deepfake electoral: cómo las tecnologías reconfiguran la disputa política en América Latina

6 julio, 2026 By Lina Merino & Alfio Finola Leave a Comment

El ascenso de la izquierda en EE.UU.

6 julio, 2026 By Daniel Kersffeld Leave a Comment

El Sur posible

Ideas verdes

3 abril, 2019 By Carolina Corcho 2 Comments

Suscribirse a la Revista Sur

VIDEO RECOMENDADO

Fue archivado el proyecto de Ley 010 de Reforma a la Salud

https://www.sur.org.co/wp-content/uploads/2021/05/VID-20210519-WA0024.mp4

Dra. Carolina Corcho Mejía, Presidenta Corporación Latinoamericana Sur, Vicepresidenta Federación Médica Colombiana

TEMÁTICAS

  • Participación y cultura política
  • Paz, Desarrollo Social y Postconflicto
  • Jovenes
  • Victimas
  • Salud
  • Derechos humanos
  • Democracia y ciudadania
  • Ciudades Equitativas – Territorios Equitativos
  • Publicaciones

Ultimos articulos

  • Hacia el Congreso fundacional del Pacto Histórico
  • El Congreso fundacional del Pacto Histórico debe ser incluyente y democrático
  • Política y poder, cuando la ética no basta
  • Cambio de mandato en una atmósfera envenenada
  • Pluralismo territorial

Etiquetas

Acuerdo Agro Amnistia Brasil Cambio Climatico Campo Catalunya Ciencia y Tecnología Conflicto Colombia Corrupción crisis capitalismo Democracia Derechos Humanos Economía Ecuador Educación Elecciones Colombia ELN España Fast Track Iglesia Justicia Justicia de paz Medio ambiente Mineria Negociación Neoliberalismo Papa Participación Paz PND Pobreza Politica Politica EEUU protesta social reforma Reforma tributaria religión Renegociación revolucion salud Terrorismo Trump Venezuela Victimas

Apoyo SUR

Buscar

Director: Pedro Santana

 

 

 

Copyright © 2026 Todos los derechos reservados - Corporación Latinoamericana Sur ·