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Política y poder, cuando la ética no basta

6 julio, 2026 By David Rico Palacio Leave a Comment

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Hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir que quien abandona lo que se hace por lo que debería hacerse aprende antes su ruina que su preservación.

Maquiavelo, El príncipe

La derrota electoral del domingo 21 de junio no puede explicarse mediante una sola causa ni puede ser atribuida únicamente a la fuerza o la capacidad del adversario. Más bien obliga a los dirigentes progresistas responsables de la campaña a mirarse a sí mismos con honestidad política.

Durante meses repetimos una idea incómoda que muchos prefirieron ignorar. Insistimos una y otra vez en la idea equivocada de una revolución ética; en que las elecciones no se ganan únicamente con superioridad moral ni con trayectorias personales ejemplares. Una campaña, y más aún presidencial, se gana construyendo fuerzas, organizando voluntades, ampliando alianzas, fijando posturas, orientando políticamente a la sociedad y disputando el sentido común realmente existente. Muy poco de todo esto hizo Iván Cepeda, que no pareció comprender plenamente la magnitud de la responsabilidad histórica que se le había encomendado.

Puede sonar exagerado afirmar que la presidencia se perdió exclusivamente por las limitaciones de la campaña, o por la negligencia de Cepeda. Es muy probable incluso que no hubiera votación suficiente para superar el fraude. En realidad, no se le acusa de haber perdido las elecciones, sino de no haber hecho lo necesario para intentar ganarla. La política no es testimonio moral sino construcción de poder.

Iván Cepeda podrá representar una trayectoria ética respetable en la vida política contemporánea del país, pero la historia política ofrece innumerables lecciones sobre la diferencia entre virtud moral y virtud política. Sin esta no habrá nunca éxito estratégico. La campaña de Cepeda, en lugar de incentivar, desmoralizó; en lugar de entusiasmar, desanimó; en lugar de movilizar, paralizó. Terminó transmitiendo una imagen monacal de excesiva austeridad, de garrafal circunspección y desmedida contención precisamente en un momento que exigía todo lo contrario: intensidad política, capacidad de confrontación y vocación de mayoría. El pueblo, desesperado, reaccionó y se organizó, se movilizó y luchó, pero Iván Cepeda no supo acompañarlo.

Quizá convenga recordar una observación fundamental de Maquiavelo en el El príncipe. Dice allí que se equivoca aquel que se imagina que el pueblo lo salvará cuando se encuentre acechado por los enemigos o los magistrados. Pero

“Si quien se apoya en el pueblo es un gobernante capaz de mandar y valeroso, que no se arredra ante las adversidades, ni omite las formas convenientes de defensa, que con su ánimo y sus instituciones mantiene a toda la población ansiosa de actuar, tal gobernante jamás se encontrará engañado por el pueblo” (p. 87).

Mientras una parte de la izquierda, unida con recato en torno a la figura de Cepeda, censuraba con pudor y castidad cualquier confrontación, las fuerzas más conservadoras comprendían perfectamente la naturaleza de lo que estaba en juego. Alrededor de Abelardo de la Espriella se alinearon sectores económicos tradicionales, viejas maquinarias regionales y expresiones políticas de la derecha más dura y reaccionaria del país que no vacilaron en emplear todos los recursos a su alcance para impedir que ganara el progresismo.

Naturalmente, Cepeda no tenía por qué reproducir prácticas cuestionables ni adoptar los métodos de sus adversarios, pero sí podía utilizar numerosos instrumentos legítimos y eficaces que simplemente despreció. Se negó a salir de su esquema tan cerrado y terminó dejando al movimiento popular desarmado frente a la ofensiva del fascismo.

Los primeros anuncios ministeriales y las primeras señales del gobierno entrante sugieren el regreso de viejas élites corruptas y de proyectos políticos que muchos colombianos consideraban superados.

Por su parte, el proceso electoral dejó abiertas profundas controversias políticas. El presidente Gustavo Petro y diversos dirigentes del Pacto Histórico han denunciado irregularidades y han cuestionado la legitimidad política del resultado electoral. Otros sectores defienden la actuación de las autoridades electorales y la validez del proceso. Lo cierto es que la discusión sobre la confianza institucional y la transparencia electoral difícilmente desaparecerá en los próximos meses.

En este escenario, Petro ha asumido un papel político que contrasta con la actitud de buena parte de la dirigencia progresista. Desde la Presidencia respondió rápidamente a las narrativas adversas, confrontó públicamente informaciones que considera falsas y buscó disputar la interpretación política del momento. La decisión de transmitir públicamente el proceso de empalme respondió precisamente a esa lógica de transparencia y confrontación política abierta que inauguró en los consejos de ministros.

Aquí vale la pena una digresión para analizar de paso esta audaz jugada política. Frente a la campaña de difamación que comenzaba a construirse alrededor del empalme, Petro escribió en X:

“Los que se retiran del empalme son los que no aguantan que se observe por toda la ciudadanía que no están preparados y que sus insultos públicos son calumnias.

Tal como indica la ley el proceso de entrega del gobierno continua (sic) ante el pueblo. Se colocarán sillas vacías en espera que quienes se robaron las elecciones lleguen a entender qué es gobernar”.

La secuencia argumentativa de su escrito es más o menos esta:

  • Existieron graves irregularidades
  • Dichas irregularidades alteraron el resultado electoral
  • El nuevo gobierno posee legalidad formal, pero carece de legitimidad política
  • Por tanto, la oposición no puede comportarse como una oposición parlamentaria ordinaria.

La ausencia del equipo de Abelardo es utilizada por Petro para construir una imagen poderosa: quien se niega a asistir al empalme es quien teme el escrutinio público. La figura de la silla vacía produce así una metáfora política eficaz, pues simboliza improvisación, incapacidad técnica, desprecio institucional, miedo y conciencia de la propia fragilidad política de la derecha.

Ahora bien, en términos estratégicos, Cepeda y Petro podrían constituir una combinación extraordinariamente eficaz si el primero se tomara en serio su papel de derrotar a la derecha. Cepeda representaría la ética de la prudencia, la moderación y el republicanismo moral; Petro, la confrontación política, la iniciativa estratégica y construcción permanente de correlaciones de fuerza.

El problema es que, por una ironía dialéctica, aquello que podría constituir una virtud termina convirtiéndose en defecto. Cepeda no pone la ética al servicio de la política, sino que transforma la política en un discurso moral. Esta es la raíz de su fracaso.

Por eso Iván Cepeda no es, ni podrá ser el jefe político de la oposición, salvo que el bloque progresista decida resignarse a cuatro años de dispersión y repliegue. La política no recompensa necesariamente a los más virtuosos ni a los más letrados. Premia a quienes logran construir la fuerza suficiente para convertir sus ideas en realidad histórica. Mientras Cepeda continúa pensando como un opositor honorable incluso después de la derrota, Petro ya actúa como el dirigente de una resistencia democrática frente al fascismo: Es el fascismo lo que viene y con el fascismo no se trata, sino que se le derrota, dijo el presidente.

Quizá la principal lección de esta terrible derrota electoral sea que la izquierda colombiana todavía no ha resuelto completamente su relación con el poder. Durante décadas aprendió a resistir, denunciar y sobrevivir, a ser oposición; pero gobernar y conservar un gobierno exigen habilidades distintas. Exigen estrategia, amplitud, vocación de poder, capacidad de mando y disposición para la disputa permanente. Esto lo comprende Petro con absoluta claridad.

Nadie gana elecciones únicamente con autoridad moral. Quien crea lo contrario es un necio que desconoce la naturaleza misma del poder. El político es, antes que nada, un actor, y lo es en el doble sentido de la palabra: porque influye en la realidad en la que interviene y porque él mismo representa un papel ante la sociedad. Su tarea consiste en transmitir ideas, símbolos y emociones capaces de movilizar voluntades colectivas.

El purismo ingenuo de Cepeda lo lleva a creer que actuar es fingir. Pero un actor no es necesariamente un fingidor. Tal vez aquí resulte pertinente recordar aquella intuición de Pessoa según la cual el poeta es un fingidor que finge tan completamente que termina sintiendo como verdadero aquello que él mismo representa.

El dirigente político comprometido con una causa justa debe actuar de tal modo que el papel que representa no sea una impostura sino el libreto que le dicta su propia vocación consciente. Solo entonces coinciden acción y convicción.

David Rico Palacio

Foto tomada de: El País

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