Gustavo Petro el saliente y Abelardo el entrante no dan muestras de esa elegancia jurídica y política, que estaría más acorde con la transmisión del mando en una sociedad abierta y democrática; más bien, se enseñan los dientes como si de genuinos enemigos se tratara; de modo que el 21 de junio pasado, día del veredicto en las urnas, no quedó cerrado el combate feral, el de la competencia electoral por el poder; no dio paso al reconocimiento formal de las nuevas realidades, como reza el ideal político. Por el contrario, abrió otras “arenas” para el combate recrudecido, lo hizo así para una querella sin término, que seguramente se adherirá de manera indisociable a la pugna que ya se inaugura, entre gobierno y oposición; solo que ahora con los papeles invertidos; esto es, con una izquierda empujada a la llanura de la oposición durante los próximos cuatro años; un tiempo en el que se pondrá en juego su resistencia, la supervivencia como efectiva alternativa de poder. Un destino que la obligará a defender su carácter competitivo, el de una fuerza que representa a 12 millones 708 mil electores, el 47%. Y con cuyo debilitamiento sin embargo pareciera estar comprometido el nuevo poder en manos del presidente “ultra”, exactamente como si se tratara de una misión bíblica; eso sí, un tanto retorcida; pero santificada por pastores y politiqueros, reciclados en agentes de una postiza “contra-revolución cultural”, la que reniega de la diversidad y la tolerancia.
Una alternancia inédita en el poder
Mal precedente éste, el de la rotación en el poder, en momentos en que sobrevienen cambios de color ideológico en el control de un gobierno; y que por cierto ya no son cambios entre partidos cercanos ideológicamente hablando, casi mellizos, tal como otrora sucedía con el partido liberal y el conservador, ambos con ejércitos burocráticos compartidos; y en control de redes comunes de solidaridad tanto en el ámbito regional como en el nacional.
Hay en curso una nueva configuración, la de la competencia dominante entre la izquierda y la derecha, fuerzas relativamente parejas, cuandoquiera que se trate de una elección presidencial. Lo cual abre la posibilidad de disputas reñidas; así mismo, de derrotas cíclicas para el partido o el movimiento que se haya desgastado en la gestión y en el manejo del gobierno; sobre todo, durante el período que fenece. Es una situación que lleva al empeño por tensionar la cuerda de las contradicciones entre los contendientes; a enfatizar el discurso de la exclusión recíproca; y a ideologizar las reales diferencias. Son intentos de deslegitimación de los unos contra los otros. Que de esa manera terminan por prolongar las campañas electorales, con sus slogans, sus descalificaciones y sus narrativas elaboradas para pintar con sombríos colores al adversario, de modo de simplificar y crear identidades negativas, las que se afirman “contra” alguien, aún si no se dispone de buenas razones para ello.
Desatinos discursivos y simbólicos
En ese contexto de tirantez sin pausa, ha colapsado el “empalme,” un proceso legal, en el que el gobierno saliente informa sobre el estado de cosas en los distintos frentes de la gestión; mientras el que llega recibe la información; una función muy útil que además simboliza la estabilidad de las instituciones, más allá de los turbiones de la política; así que no importan los abismos doctrinarios entre quienes se reemplazan en el poder.
Pues bien: en esta ocasión se rompió el simbolismo de la transición pacífica entre uno y otro gobierno, aunque ambos se las arreglen indirectamente para cumplir con la información funcional; es una ruptura que por lo demás se ha producido en medio de un mar embravecido de reproches y de insultos, material combustible para una futura guerra judicial.
Desde la campaña, Abelardo (ahora públicamente secundado por un rocambolesco Carlos Alonso Lucio) ha insistido en que va a extraditar al mismísimo Gustavo Petro, el presidente que, a su turno, no reconoce la victoria electoral del ya declarado presidente electo, por estar supuestamente manchada de fraude.
Son los términos de una verdadera acrimonia política, que define por vía de exclusión mutua, la relación entre el que será presidente de extrema derecha, Abelardo de la Espriella; y el presidente que termina su período Gustavo Petro. Todo ello, como si los separara la desgarradora Grieta, la obra de la gran Doris Salcedo en la Gallery Tate. Y peor hoy, que en ese fatídico “toma y dame”, Abelardo ha dado en la flor de acusar al presidente actual de “golpista”, aunque éste haya reiterado que el 7 de agosto entregará el poder. Qué juego éste de hipérboles malnacidas, de incontinencias verbales, solo para incrementar el espíritu primario de adhesión. Harán más tóxico el debate político, con lo que no dejarán de afectar la autonomía personal, su estatuto de sujetos libres, en el caso de millones de ciudadanos que votaron en otro sentido, sin engancharse con sectarismos mandados a recoger.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: CNN en Español

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