Ese dato es políticamente contundente. Por primera vez en mucho tiempo, el bloque político del Cambio que aglutina al progresismo y a la izquierda se proyecta con fuerza para evitar una segunda vuelta. Nuestro deber hoy es redoblar esfuerzos para que esto suceda, pues una segunda vuelta sería el terreno en el que las élites podrían reordenar sus fichas y maniobrar para cerrarnos el paso.
Pero no podemos conformarnos únicamente con en esta lectura. Las mismas cifras que muestran una ventaja clara de Iván Cepeda también revelan algo más, y es que la derecha no está quieta. De la Espriella sube tres puntos y Paloma Valencia crece nueve, siendo esta última quien más avanza en la comparación. Estamos ante candidaturas tal vez débiles, pero con adversarios que no han sido derrotados; son fuerzas que, aunque fragmentadas, comienzan a reagruparse y a disputar el espacio político.
Este doble movimiento —consolidación del bloque del Cambio y crecimiento de la extrema derecha— define el momento actual. No es un escenario de triunfo asegurado, sino de oportunidad histórica. Y es precisamente en este tipo de circunstancias donde aparece uno de los peligros de la política electoral: cuando una victoria parece cercana se corre el riesgo de confiarse.
Las elecciones no se pierden solo por debilidad, sino también por exceso de confianza. Y en contextos como el actual, un exceso de confianza puede ser más peligroso que la propia fuerza del adversario. Porque mientras unos celebran anticipadamente, otros se organizan, movilizan y avanzan. Y la derecha lo sabe. Sabe que su principal dificultad no es solo la fragmentación de sus candidaturas, sino la existencia de una mayoría social que hoy se inclina por el cambio. Pero también sabe algo más: que esa mayoría no se traduce automáticamente en votos. Entre la intención y la acción hay una distancia que solo se supera con participación política efectiva.
Por eso, más que convencer —algo que cada vez le resulta más difícil—, la estrategia del establecimiento apunta a otra cosa: a enfriar, a desmovilizar, a sembrar la idea de que “ya todo está decidido” o, en su defecto, a saturar el ambiente con ruido, miedo y desinformación. Como no pueden ganar en el terreno de las mayorías, apuestan por reducir la participación de quienes podrían consolidarlas.
Nuestra ventaja electoral no puede diluirse, todo lo contrario, debe crecer aumentando la movilización y la participación política. Las encuestas, por sí solas, no ganan elecciones. Son herramientas de medición, no de decisión. Pueden orientar, pero no sustituyen el acto fundamental de la democracia representativa: el voto.
En este punto conviene ser claros: un 44,3 % es una cifra alta, pero no definitiva. Está cerca del umbral que permitiría una victoria en primera vuelta, pero no lo garantiza. La diferencia entre lograrlo o no puede depender de unos pocos puntos porcentuales. Y esos puntos no están en las encuestas, sino en la gente que decide si sale o no a votar.
Aquí es donde los datos se convierten en responsabilidad política. Porque si el escenario nos resulta favorable, la tarea no es relajarse, sino asegurar que esa favorabilidad se exprese plenamente en las urnas. Cada voto cuenta no como una formalidad, sino como parte integral de una correlación de fuerzas que define qué proyecto de país se impone.
Ganar en primera vuelta daría un mensaje claro y contundente, sin ambigüedades, ni rodeos, y evitaríamos las trampas y peligros posteriores que podrían poner en riesgo la elección del cambio; sería la expresión nítida de una mayoría social políticamente organizada que no solo respalda un proyecto, sino que decide blindarlo. Ganar sin necesidad de segunda vuelta significa desarticular de golpe cualquier estrategia de recomposición de la derecha; impedir sus alianzas de último momento y afirmar, con claridad incuestionable, que el país ha tomado una decisión histórica e irreversible: convertir la voluntad popular en mandato político inmediato.
Por eso, este momento político exige acción continua y escalada. Exige comprender que las encuestas muestran una posibilidad, pero no la realizan. Que la ventaja es real, pero también lo es el riesgo de perderla si no se actúa en consecuencia. La política no es un espectáculo que se observa desde la distancia, sino una práctica que se construye con decisiones y toma de partido. En sí, ya el pueblo decidió, la masa se ha reunido y se ha constituido en clase para sí misma. Los intereses que defiende son los intereses de una clase multitudinaria. Ha emprendido decididamente la lucha política de clase a clase. Nos corresponde salir masivamente y conseguir más votos para que no queden dudas.
La conclusión es tan sencilla como decisiva: si la tendencia se mantiene y se traduce en participación, la victoria en primera vuelta es alcanzable. De ahí que el llamado no pueda ser ambiguo. Es necesario salir a votar, hacerlo de manera masiva, consciente y decidida. No basta con celebrar los buenos resultados retratados en la encuesta. Hay que convertir la imagen en acción política efectiva.
La cuestión no es quién lidera hoy las encuestas y sondeos, sino quién logra convertir su liderazgo en votos reales el día de la elección. Y en esa tarea cada voto cuenta. Este no es un momento para la complacencia, sino un tiempo de trabajo, educación política y conciencia, pues la historia no la escriben las encuestas, sino los ciudadanos cuando exigen y ejercen su derecho. En esta ocasión, este ejercicio va a definir no solo un resultado electoral, sino el rumbo político, social, económico y cultural del país en los próximos años.
David Rico Palacio
Foto tomada de: Iván Cepeda Castro

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