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Fidel y Donde Fidel: un patrimonio cultural de Cartagena

22 junio, 2026 By Fernando Guerra Rincón    Leave a Comment

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En una ciudad donde confluyen el mar Caribe, la historia colonial y las múltiples expresiones de la cultura de la Cartagena contemporánea, hay un personaje que logró convertir una pasión personal en un símbolo de identidad colectiva. Se trata de Fidel Leottau, artífice de Donde Fidel, un establecimiento que trascendió la condición de simple bar para convertirse en un referente cultural de la ciudad de todos los colombianos, amantes de las sonoridades del Caribe, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1984.

Desde 1984, a pocos pasos de la histórica Torre del Reloj, los transeúntes cartageneros y visitantes terminan arrullados con una banda sonora entre los olores del mar, que se mece a su costado, las bellezas de las murallas y el calor sofocante, a medida que se acercan a ese templo de la salsa que es Donde Fidel, que abrió sus puertas en esa esquina prodigiosa de la Cartagena colonial bajo los arcos centenarios del Portal de los dulces, viejo rincón de los abuelos.

Fidel, al frente de la nave de la música antes de la ceremonia de los sonidos en Donde Fidel. Tomado de El Universal.

Lo que comenzó como un pequeño negocio terminó, después de varias transformaciones de una idea, acicateado por varios fracasos y la tenacidad de un guerrero, fue  transmutándose, con la ayuda inconmensurable y definitiva de su entrañable María, que ya no está entre nosotros, su compañera inseparable de los últimos años, en un punto de encuentro obligado para los santones internacionales de la salsa, pegajosa, urbana-Pedro Navajas, Juanito Alimaña- y rural-El amor de mi bohío, El Carretero-, que vino allende los mares, del Caribe entrañable y con la cual quedamos prendados, para siempre, todos los latinoamericanos. Nos sentimos interpretados.

Músicos, escritores, artistas, periodistas, políticos, deportistas, visitantes de todos los continentes y sus entrañables amigos de la comarca, han pasado por sus mesas y salones atraídos por un ambiente que conserva la autenticidad de la cultura popular. Allí, la salsa encontró un hogar definitivo. Fidel comprendió tempranamente que la música no era únicamente entretenimiento, sino una forma de construir memoria e identidad, su visionaria apuesta de empresario innovador y recompensado.

El sumo sacerdote de la salsa y la empatía a la altura de sus años, en su templo. Tomado de El Universal

El éxito del establecimiento no obedeció a una fórmula empresarial convencional. Fidel entendió que la principal riqueza de Cartagena reside en su patrimonio humano y cultural, puro espíritu animal, a la manera keynesiana. Y clarividencia. Por ello, convirtió las paredes del lugar en una especie de museo de la salsa, lleno de fotografías, recuerdos y testimonios de grandes artistas latinoamericanos. La historia de Donde Fidel también refleja la profunda conexión, de siempre, de Cartagena con el mundo. La ciudad ha sido, durante siglos, un puerto de intercambio de personas, mercancías, ritmos y tradiciones, una ciudad cosmopolita de alcance global. La salsa, aunque nació como una expresión musical moderna en el Caribe y Nueva York, encontró en Cartagena un territorio fértil donde dialogó con las tradiciones locales y la herencia afrocubana.

Con el paso del tiempo, Fidel dejó de ser únicamente un empresario para convertirse en un gestor cultural. Un hibrido maravilloso. Su establecimiento pasó a formar parte de la experiencia turística de la ciudad y de la vida cotidiana de los cartageneros. Muchos de sus visitantes afirman que, conocer Cartagena, implica recorrer sus murallas, admirar su arquitectura y, al caer la tarde, detenerse a escuchar salsa en Donde Fidel y animar, después, sus noches alucinantes, donde se gestan muchos amores, se pierde la inocencia producto del embrujo de una ciudad encantadora y se alivian los desengaños inevitables. La magia de Cartagena.

Su historia demuestra que el emprendimiento cultural puede tener un impacto tan profundo como las grandes obras de infraestructura. Mientras otras inversiones transforman físicamente las ciudades, los espacios culturales cambian su alma y fortalecen su identidad. Hoy, Donde Fidel es parte del patrimonio sentimental de Cartagena, y, sin exagerar, del país. Constituye un ejemplo de cómo un proyecto nacido de la pasión individual puede convertirse en un bien colectivo.

En una época de globalización acelerada, la experiencia de Fidel Leottau deja una enseñanza valiosa: las ciudades no solo se construyen con edificios, carreteras y puertos; también se construyen con música, memoria y lugares de encuentro que preservan aquello que las hace únicas. Lo local importa. Cartagena encontró en Fidel a uno de sus más importantes guardianes culturales.

Las ciudades suelen creer que su patrimonio está hecho de murallas, plazas y monumentos. Con frecuencia olvidan que también existen personas que, sin ocupar cargos públicos, ni escribir grandes libros, terminan convirtiéndose en depositarias de una memoria colectiva. En Cartagena esa figura la encarna Fidel Leottau.

Durante años, Fidel fue presentado como el dueño de un famoso bar salsero. La descripción es cierta, pero insuficiente. Su verdadera obra consistió en algo mucho más complejo: construir una empresa cultural alrededor de la música antillana y convertirla en un símbolo de la identidad cartagenera.

No fue un músico profesional, ni un compositor, ni un cantante, ni un intelectual de la salsa, ni un gestor cultural formado en universidades. Fue un empresario intuitivo que comprendió, antes que muchos, que la salsa no era solamente un género musical, sino un lenguaje de pertenencia para una ciudad profundamente vinculada al Caribe y a su historia: Cartagena de Indias.

Mientras otros establecimientos nocturnos perseguían las modas del momento, Fidel apostó por la permanencia. Sobrevivió a la crisis de la salsa comercial, a la transformación de los gustos juveniles y a la irrupción de nuevos fenómenos musicales. Incluso cuando el reguetón se convirtió en la banda sonora predominante de buena parte de América Latina, Donde Fidel y Fidel mantuvo una identidad propia que se constituyó en un enorme éxito comercial. Algunos podrán discutir cuál es el valor artístico de los nuevos géneros. Ese no es el punto. Lo verdaderamente notable es que Fidel entendió que la salsa había dejado de ser una moda para convertirse en patrimonio. Su negocio ya no vendía únicamente música o licor; ofrecía memoria.

Desde los inicios de Donde Fidel, en el corazón de Cartagena, Fidel entendió que los músicos debían ser recibidos como protagonistas de una historia cultural que trascendía el espectáculo. Su trato sencillo y afectuoso le permitió establecer vínculos de amistad con numerosas figuras del género. Por sus salones han pasado artistas como Rafael Ithiers, Rubén Blades, Óscar D’León, Andy Montañez, Cheo Feliciano y muchos otros intérpretes, compositores y músicos vinculados a la historia de la salsa.

Pero quizá la palabra más apropiada para describir su relación con ellos no sea amistad, sino empatía. Fidel supo reconocer los sacrificios, las alegrías y las dificultades que acompañan la vida artística. Comprendió que detrás de cada canción existían historias de barrios populares, migraciones, luchas sociales y profundas raíces afrocaribeñas. Historia. Calle.

Esa empatía le permitió construir un espacio donde los artistas no eran tratados como celebridades distantes, sino como seres humanos que encontraban en Cartagena un lugar de acogida y reconocimiento. Con el tiempo, Donde Fidel se convirtió en una especie de embajada cultural de la salsa. Allí convergieron generaciones distintas, desde los maestros históricos hasta jóvenes músicos y coleccionistas, todos unidos por un lenguaje común: la música caribeña.

Por eso Donde Fidel terminó funcionando como una especie de santuario laico de la cultura caribeña. En sus paredes se acumuló la historia musical de varias generaciones. Allí conviven melómanos, artistas y sus amigos de Cartagena y el país. Más que un establecimiento comercial, el lugar se transformó en un espacio donde Cartagena podía reconocerse a sí misma.

La reciente condecoración otorgada a Fidel, por la Alcaldía de Cartagena, con motivo de sus 493 años de historia, resulta entonces muy justa y acertada, que hace justicia a un cartagenero que trasciende las murallas. No reconoce solamente al empresario exitoso ni al personaje popular. Reconoce a un hombre que ayudó a preservar una parte esencial de la memoria cultural de la ciudad. Sin embargo, todo homenaje plantea una pregunta inevitable: ¿qué ocurrirá después de Fidel?

La historia demuestra que muchas instituciones construidas alrededor de liderazgos carismáticos enfrentan dificultades cuando desaparece su fundador. En este caso, el riesgo existe. Fidel acumula 86 años de experiencia y sabiduría. Donde Fidel no es únicamente una marca. Fidel mismo fue parte fundamental de la experiencia. Su conversación, su memoria prodigiosa, su trato afable y su capacidad para hacer sentir bienvenido a cualquier visitante fueron activos tan importantes como la música que suena en el templo.

La responsabilidad que recae sobre sus herederos es enorme. No se trata solamente de administrar un negocio rentable. Se trata de custodiar un legado cultural que pertenece a toda Cartagena. La prueba definitiva llegará cuando la presencia física de Fidel ya no sea posible. Entonces se sabrá si Donde Fidel era simplemente el reflejo de una personalidad excepcional o si logró consolidarse como una verdadera institución cultural. Conservar las fotografías -un testimonio de su entronque con los grandes cultivadores del género, de sus amigos entrañables y de personajes de la vida colombiana- será relativamente fácil.

Mantener viva el alma del lugar será mucho más difícil. Porque el desafío no consiste en preservar un nombre. Consiste en preservar una forma de entender el Caribe, la música y la ciudad. Y esa tarea, quizá, será la obra más importante que todavía queda por hacer. No dudo que Lorena-la arquitecta de este éxito- y sus hermanas, sabrán responder al desafío. Gracias Fidel, amigo entrañable.

Fernando Guerra Rincón

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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