La repartición de cuotas
Para la conformación de su equipo ministerial, el presidente electo apeló:
- a las tradiciones de la política mecánica, a esa rutinaria distribución de cuotas de poder entre las fuerzas con cuyo apoyo contó en el curso de su aspiración presidencial. La cuota más grande le tocó, tal vez, a un fantasma en vías de resurrección, al viejo laureanismo, el de evocaciones tétricas; que ahora contará sin embargo con un liderazgo en el Senado, Enrique Gómez, cuña en favor del gobierno; así mismo, con un ministro, el de Hacienda, y con el jefe del despacho, todos de la misma familia, que es la forma como Abelardo está plasmando su devoción por Álvaro Gómez; eso sí con una parentela más retrógrada y muchísimo menos inteligente.
También le dio dos ministerios al clan Char de la Costa, una familia que mezcla poder corporativo y político, más unas redes clientelares bien tupidas. Ministerios también hubo para las iglesias cristianas, un bastión decisivo para el “tigre”, aunque él mismo se ha declarado católico, después de ateo; eso sí, ecuménico para no espantar a los evangélicos. Sin contar, por supuesto con la porción del pastel entregada más o menos corporativamente a la ACEMI, el gremio de las EPS, las empresas de la salud.
- Aparte de estas cuotas políticas, efectivamente sacó de la manga dos ministras “técnicas”, relativamente independientes y muy competentes al parecer, para darle visos de realidad a su prédica sobre los “nunca”, ambas egresadas de la Universidad Nacional; funcionarias que aportarán capacidad profesional, aunque sin ninguna influencia política.
- Finalmente, ha escogido a personajes sin representación política, pero que se acomodan al perfil del presidente; en cierte forma, son la copia acomodaticia de sus pulsiones regresivas, como sucede con la impreparada ministra de la cultura, exuribista; o con el aparentemente muy preparado ministro de Relaciones Exteriores, exfuncionario de la ONU, un reaccionario pintoresco y liviano que se reclama de la corriente de MAGA, el movimiento del presidente Trump; o como pasa con los más moderados, el abogado Cancino, de la cartera de justicia y Rodrigo Lara, a cargo del ministerio del Interior.
Este último, aunque militó en Cambio Radical, con su carga de politiquería a cuestas, hoy en día solo se representa a sí mismo; a sus ambiciones, para decirlo más exactamente; las que, siendo legítimas, representan sin embargo una suerte de “carrerismo” en política, la marca de un éxito que se quiere descubrir de antemano, sin muchas exigencias éticas o ideológicas, una condición que hace al personaje más ingrávido y adaptable a las distintas pretensiones del Tigre, a la volubilidad y el mimetismo narcisista; a todo su frívolo autoritarismo.
Los horizontes y alcances del gabinete
Al ingrávido Rodrigo le corresponderá seguramente la tarea de sostener con pulso la coalición mayoritaria en el Congreso, compuesta por los partidos de orientación conservadora; así tiene que ser, ante la necesidad de adelantar una agenda legislativa, por ahora cruda; ciertamente, sin ninguna fermentación; pero presentable en algún momento, sobre todo cuando la Corte Constitucional empiece a echar abajo los decretos con los cuales Abelardo y José Manuel Restrepo quieren gobernar.
En otro frente de alcance político, Lara tendrá que ayudarle al presidente en el trabajo de formar un partido populista de extrema-derecha, el de los “defensores por la patria”, que ahora estrena la personería jurídica concedida por el CNC. Solo que esta empresa va a tropezar, si no con la oposición abierta, al menos con una cerril competencia desde la orilla del uribismo, tendencia ésta que ya comienza a matizar su derechismo, a fin de mejor prepararse para la pelea que le espera con la derecha pura y dura, dispuesta a meterle religiosidad y un militarismo de pacotilla a la sociedad civil. Religiosidad de utilería y militarismo grotesco, serán las expresiones con las que un Abelardo teatral quiere asegurar las condiciones culturales para un régimen más autoritario; y de contera para humillar a sus ministros, obligándolos a que lo imiten como monigotes con su gestualidad postiza.
Será por supuesto una competencia cerrada entre las dos principales vertientes de la derecha que alterará, más temprano que tarde, el apoyo de Uribe Vélez al gobierno. Con lo cual, la más afectada será la gobernabilidad del Tigre, contra cuyos rugidos ya empieza a alistar su resistencia el caudillo de El Ubérrimo.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Noticiero 90 minutos

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