Era uno de esos territorios expandidos por este planeta cada día más complejo y deteriorado, en que venían entregando a oscuros y mezquinos sujetos, lo que con mucho empeño habían conservado o construido generaciones enteras, dejando en pocas manos corroídas por la corrupción, el devenir de inmensas multitudes. Mientras para unos tantos era una celebración quizás a ciegas o poseídos o en trance frenético y colmada de odios viscerales, para otros era la amenaza a su entorno y de su futuro próximo.
Con shows y mucha parafernalia ostentosa, se convirtió un proceso que se esperaba de dialogo con las multitudes, en reiteradas agresiones contra quienes no concordaban con el que presentaban como el ungido y el mismo designio de una deidad toda poderosa. Era pasar de las charlas y exposiciones con sentido y respeto mutuo a la imposición grotesca de consignas dirigidas a descrestados y a obnubiladas muchedumbres. Se anunció con bombos y platillos, que ese nuevo virreinato llegaría con quienes nunca habían desplegado ni compartido poder alguno, pero terminó siendo un desfile de personajes nefastos y de muy dudosa ortografía y hasta con prontuarios por resolver, claramente implicados en momentos dolorosos de aquel pueblo que prefirió volver al pasado funesto.
Sin sentarse aún en su falso trono, ya anunciaba acciones que generaban más dudas que certezas, con unos cortesanos que parecían bufones de una corte de las tinieblas. Y por sus gestos y expresiones ya se anunciaban días no tan placenteros para quienes no obtuvieran los favores de un gobernante despótico y ostentoso. Era tanta la información encontrada que el pánico de algunos y las justificadas dudas de otros, había ido ganado fuerza en los últimos días.
La arrogancia y las mentiras a borbollones, los despliegues en los medios de la desinformación y las barrabasadas expuestas no cesaban, confiados en que esa masa de súbditos anónimos, seguía complacida con el espectáculo circense brindado. Pareciera que no hubiera fuerza alguna que detuviera esa banda de picaros disfrazada de fieras depredadoras y que el grito ahogado de cientos de miles y quizás millones, no se escuchara más allá de pasivos y resignados círculos.
La naturaleza que había comenzado a sonreír, ahora comenzaba a sentir heridas reabiertas y se llenaron de lamento sus seres que antes la colmaban de belleza y cantaban su alegría. Abrieron de nuevo la tierra para arrebatarle su sangre. Volvió a envenenarse el agua y a cortarse su fluido. El smog se confundía con las nubes y el colorido de las aves perdía su brillo natural. Las mariposas ya no revoleteaban por el temor al veneno y las abejas no pudieron seguir polinizando. Los peces ya no migraban por los ríos y los pescadores ya no tenían su sustento. Los loros no volvieron al parque y las torcazas ya no anidaban en la ciudad ni venían por su maíz o arroces a los balcones. Devastaron las selvas porque preferían los desiertos. Los habitantes de la calle más numerosos aún, cada noche dormían su hambre en andenes pestilentes. La mendicidad era la muestra fehaciente del aumento de la desigualdad, la exclusión y la pobreza extrema.
Cualquiera que perteneciera a ese territorio imaginario, no sé qué tan cerca o lejano lo queramos suponer, esperaría que después de una noche tenebrosa, llegara un radiante día. Que posteriormente a una larga pesadilla, viniera una extensa vida colmada de buen vivir y mucho júbilo, que la hermandad triunfara y no la mezquindad que conducía a una sociedad más desigual, fracturada y desequilibrada. Debe ser un sueño colectivo encontrarse con un territorio, una nación, un país donde la belleza y la vida estén al alcance de cada cual.
John Elvis Vera Suarez
Foto tomada de: Cultura Inquieta

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