Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano… para siempre.
George Orwell, 1984
Nuestra sociedad enfrenta continuamente la enfermiza tentación de resolver sus conflictos mediante la exaltación permanente de la fuerza. Cuando las desigualdades se acumulan, la confianza en las instituciones disminuye y el malestar social crece, aparece con frecuencia una promesa seductora: la idea de que los problemas colectivos pueden solucionarse mediante la autoridad inflexible, el castigo ejemplar y la identificación de enemigos internos.
El fascismo no es solo una posición política de la derecha, ni simplemente una variante más agresiva del conservadurismo. Es una forma particular de organizar el miedo, de transformar el resentimiento en identidad política y de convertir la obediencia en virtud cívica. Allí donde la democracia reconoce adversarios, el fascismo fabrica enemigos; donde existe pluralismo, impone unanimidad; donde hay conflicto político, promete erradicarlo mediante la fuerza. El fascismo fomenta la obediencia mediante propaganda patriótica y la invocación de los valores tradicionales, promueve la discriminación e incluso al genocidio contra quienes se perciben como amenazas sociales.
También suele apoyarse en una retórica de decadencia y restauración, como Hacer Grande a América otra vez (Trump), o el plan Argentina grande otra vez (Miléi). Tiene la idea de que el país ha sido corrompido por adversarios internos y que solo una acción enérgica y tajante podrá devolverle su grandeza perdida. En este tipo de imaginario político propia de la derecha más radical y reaccionaria, el conflicto deja de ser una competencia entre proyectos legítimos y pasa a concebirse como una lucha existencial entre patriotas y enemigos. Por eso, el principal riesgo de esta ideología extremista consiste en que erosiona los mecanismos de control, la tolerancia al disenso y las bases mismas de la convivencia democrática.
La historia política moderna muestra que las políticas fascistas que promueve la extrema derecha suelen presentarse como una respuesta a un sentimiento de anarquía, y se representan como la mano dura que interviene para restablecer el orden. Su lenguaje es reconocible: mandato, castigo, disciplina, sometimiento, autoridad, restauración…
Ahora bien, para hacer política de mano dura prometiendo el nuevo orden es preciso que antes se haya fabricado el descontento, se haya aumentado la sensación de caos e inseguridad, y se hayan creado condiciones que modelen una percepción de vacío y anarquía. Este es el papel que con frecuencia han desempeñado determinados aparatos mediáticos. En Colombia, los medios de comunicación han sido productores sistemáticos de miedo social, han atizado la guerra y ambientado el exterminio. Hoy son parlantes que sirven de antesala del fascismo.
La política del castigo necesita primero una pedagogía del miedo. Antes de ofrecer el “nuevo orden” debe convencer a la sociedad de que vive al borde del abismo y rodeada de amenazas. Ningún proyecto autoritario prospera únicamente sobre la base de un problema real. Antes necesita fabricar la sensación de que todo se derrumba. Solo entonces la promesa de la mano dura aparece como solución providencial llena de símbolos sagrados y motivos religiosos (Abelardo de la Espriella habla de la “Patria Milagro”).
Gobernar implica ejercer poder, pero también construir legitimidad. Los proyectos autoritarios comprenden muy bien que el poder no descansa únicamente en la coerción. Necesitan producir consentimiento, moldear percepciones y organizar emociones colectivas. Para ello recurren a sofisticados sistemas de agitación y propaganda capaces de transformar el miedo y la rabia en adhesión política.
Sin embargo, ¿Puede una sociedad democrática sostenerse exclusivamente sobre la lógica del miedo y el castigo? El poder que descansa únicamente en la amenaza, el miedo o la humillación del adversario puede imponerse durante un tiempo, pero encuentra enormes dificultades para generar duradera y verdadera cohesión. Cuando la legitimidad se erosiona y el consenso desaparece, los proyectos autoritarios tienden a depender cada vez más de mecanismos de coerción, persecución y represión para conservar el poder.
La política revanchista parte de una visión particular del conflicto. No considera al adversario como un competidor legítimo dentro de una comunidad plural, sino como un obstáculo que debe ser derrotado, expulsado o reducido al silencio. En ese contexto, la deliberación pública pierde valor y la negociación aparece como signo de debilidad. La victoria deja de entenderse como administración temporal del poder y comienza a concebirse como autorización para imponer una voluntad sin límites.
En teoría, las democracias funcionan gracias a mecanismos de equilibrio, controles recíprocos y reconocimiento mutuo entre actores que discrepan profundamente. Cuando la lógica del castigo reemplaza a la lógica de la convivencia democrática, las instituciones se transforman gradualmente en instrumentos sincronizados de confrontación y atropello permanente.
La experiencia ofrece numerosos ejemplos. Movimientos y liderazgos de orientación ultrarreaccionaria han logrado movilizar importantes sectores sociales apelando al resentimiento, al temor y a la nostalgia de un orden perdido. En muchos casos, su éxito inicial se explica por una capacidad efectiva para canalizar frustraciones reales. Sin embargo, una vez en el poder, suelen enfrentar una contradicción fundamental, y es que gobernar requiere construir acuerdos, mientras que la retórica del castigo necesita enemigos permanentes y la amenaza o la aplicación constante de la violencia.
Por eso resulta importante distinguir entre autoridad y autoritarismo. Toda sociedad necesita autoridad política. Ninguna puede funcionar sin normas, instituciones y capacidad de decisión. Pero el autoritarismo aparece cuando la autoridad deja de concebirse como responsabilidad pública y comienza a entenderse como dominación sobre quienes piensan diferente. Hitler, Mossolini, Franco, Pinochet se presentaron como soluciones radicales para tiempos excepción. Ninguno de estos procesos comenzó con campos de concentración o guerras mundiales. Comenzaron con discursos sobre restauración nacional, enemigos internos, disciplina social y autoridad sin límites. El fascismo no aparece de golpe como tragedia consumada; sino que construye gradualmente como promesa de salvación.
La democracia no exige ausencia de conflicto. Al contrario, lo presupone. Lo que exige es que ese conflicto permanezca dentro de reglas compartidas y que ningún sector pretenda monopolizar la representación uniforme de la nación entera.
La pregunta no es qué tan duro parece un dirigente ni qué tan agresivo es su lenguaje. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿su concepción de la política amplía los derechos, los espacios de participación, el pluralismo y la convivencia democrática, o los reduce en nombre de la disciplina, el castigo y la revancha?
De la respuesta a esa pregunta depende el futuro que elijamos el próximo domingo.
David Rico Palacio
Foto tomada de: About Holocaust

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