Por cierto, es una operación que se inscribe en un hecho político insoslayable: la crisis y la fragmentación de los viejos partidos, los que sin embargo mantienen minorías significativas, de mucho peso electoral, con las que buscan engancharse al carro ganador y obedecer a la vez a sus pulsiones conservadoras, “residuos” las llamaría esotéricamente Pareto, frenos instintivos frente a cualquier cambio que comprometa el confort de la injusticia rampante.
La oferta de adhesiones
El Liberal, el Conservador, la U y Cambio Radical son todos ellos partidos tradicionales que se han desprendido del tronco común bipartidista, después de que éste dejara de ser hegemónico a causa de la crisis de lealtades ciudadanas que terminó por agotar esa matriz liberal-conservadora.
Tienen pasado, pero no futuro, por lo que su presente es la fragmentación; además, del divorcio con el electorado de opinión, aquél que no vota ciegamente por un partido. Convertidos en minorías, y sin que cada uno tenga conexión con la opinión independiente, se ven condenados a la penosa situación de ser solo bancadas parlamentarias, sin ambiciones históricas, maquinarias políticas parceladas, carentes de un aliento necesario para re-convertirse en un proyecto atractivo, tampoco para presentar candidatos propios, creíbles y ganadores, a la presidencia de la República.
Son partidos sin candidato y sin imaginarios cautivadores, pero eso sí con votos y bancadas, razones “poderosas” para acomodarse en la línea de alguna fórmula presidencial, la que les resulte más útil y esperanzadora en materia de gobernabilidad; esto es, en cuestión de participación en el poder burocrático, tan necesario en su reproducción como facciones partidistas, capaces de sostener sus clientelas electorales.
La fórmula Paloma/Oviedo
Es ésta la fórmula que más parece acomodarse a los intereses y a las respuestas conservadoras de los partidos del orden tradicional. Tiene fuerza electoral, al menos los tres millones de votos del uribista Centro Democrático, lo que despierta el ánimo utilitarista de los aliados potenciales. Además, se ha disfrazado como una opción centrista para sortear los miedos que provoque entre los votantes de opinión, una apuesta extremadamente conservadora y autoritaria, perfil éste que estaría representado por Uribe Vélez, la sombra inquietante que arropa a esta propuesta presidencial. Moderación circunstancial que sirve para atraer a esos cuatro partidos, expresión de un establishment caduco y mecanizado; partidos, casi facciones, que son dueños colectivamente hablando, de una votación considerable; claro, también de un descrédito no desdeñable, dos recursos contradictorios, fuerza y desencanto, que aportarán a la rancia causa de Paloma Valencia. Con el primer recurso, los votos, la propulsarán en la primera vuelta frente a Abelardo de la Espriella, su competidor en el campo de la derecha; con el segundo, el desprestigio, la atarán probablemente en sus aspiraciones finales, al identificarla con lo peor y más gastado del sistema político.
Entre votos y opinión
Aquellos cuatro partidos, preferentemente conservadores y tradicionalistas, emblemáticos del Establecimiento, tienen unos 7 millones de votos, los mismos que obtuvieron el 8 de marzo, el equivalente a un 25% del Senado que, agregados a los tres millones de Uribe Vélez, totalizarían unos 10 millones para Paloma Valencia, cifra que la aproximaría al 50%, el pase para ganar en primera vuelta.
Sin embargo, la candidata del uribismo y de la “gran consulta” aparece solo favorecida por el 20% en la última encuesta de la empresa Guarumo, porcentaje traducible en aproximadamente 4 millones 600 mil electores, muy lejos de los diez que surgen de la suma de los partidos, una diferencia grande que deja suponer la existencia de una disyunción entre votos y opinión, dos datos parcialmente distintos.
La evidencia muestra que en la elección presidencial se disocian en alto grado el voto amarrado, el de las maquinarias partidistas; y el voto de opinión, el que se basa en las calidades del candidato o del programa. Muchos votantes se “independizan”. Incluso, en el alma de una franja de ciudadanos se produce una escisión interna, quizá una esquizofrenia saludable: aunque elijan a su respectivo cacique político en el Congreso, no necesariamente apoyan al candidato presidencial defendido por esos jefes regionales o locales de la facción de sus pertenencias.
Es un fenómeno en el mundo de las actitudes electorales que permite la formación de una masa flotante de electores, la misma que puede intervenir decisivamente, inclinando en uno u otro sentido, la balanza de las decisiones en la construcción del poder y de las autoridades que lo representan.
Los vaivenes de la opinión
De acuerdo con las encuestas, Iván Cepeda oscila alrededor del 38%, muy cercano al 40% de Petro hace cuatro años. A su turno, los dos de derecha fluctúan en torno del 20% cada uno. Son mediciones que emparejan los apoyos para cada campo global, el de la derecha y el de la izquierda, cada cual con su 40%; aunque tal vez con alguna ventaja de conjunto para la derecha. Con lo cual, el partidor previsible para la segunda vuelta, en el que se alisten, de un lado Cepeda y, del otro, el ganador entre Paloma Valencia y De La Espriella, será el punto de partida para una reñida competencia en la que, ahí sí, contarán los votos del centro; nada diciplinados por supuesto, presumiblemente muy poco obedientes, respecto de las indicaciones que impartan Claudia y Fajardo, si se decidieran a hacerlo, con los costos políticos que ese hecho les acarrearía.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Multimedia Colombia

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