Mientras el dólar, el FMI y el Banco Mundial sigan siendo instrumentos de la hegemonía financiera de los Estados Unidos, y las sanciones unilaterales se utilicen para someter a quienes buscan un camino propio, el viejo orden seguirá perdiendo legitimidad. En sus grietas emerge un nuevo paradigma: un mundo multipolar basado en soberanía, cooperación y desarrollo compartido. La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), los BRICS y otras articulaciones del Sur Global consolidan una arquitectura internacional alternativa. Para América Latina, esta transición no es un asunto menor: es la oportunidad de romper con cinco siglos de colonialismo, pero también el riesgo de ser arrastrada a una nueva confrontación geopolítica.
Crisis transatlantica y el retorno del «gran garrote»
La nueva doctrina de seguridad de Estados Unidos retoma la estrategia del «big stick» de Theodore Roosevelt[i]. Esta reactivación se evidencia en la constante injerencia en los asuntos internos de la región, cuyo punto de inflexión fue la invasión violatoria de la soberanía venezolana, el secuestro de su mandatario y la pretensión de administrar sus recursos petroleros bajo la figura de una alianza de países de norte y Sudamérica exportadores de petróleo “NASAPEC”[ii] (North and South American Petroleum Exporting Countries). No se trata simplemente de un cambio de régimen, sino de la materialización de una estrategia de control político y despojo directo que actualiza con el “Corolario Trump” el Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe. El telón de fondo de esta estrategia se articula en torno a dos ejes:
- La contención geopolítica: Busca expulsar la presencia de China, Rusia e Irán de la región y frenar el avance de la Franja y la Ruta (BRI) y de los BRICS. El ascenso de China, la resiliencia rusa y la consolidación de los BRICS es visto por EE.UU. como una amenaza directa a su monopolio en la toma de decisiones globales.
- La crisis fiscal y financiera: Con una deuda federal que supera los 40 billones de dólares y un tercio del presupuesto destinado al pago de intereses y gastos militares, Estados Unidos necesita asegurar el control de activos estratégicos —petróleo y minerales— para sostener su hegemonía monetaria y el petrodólar. El sistema de derivados globales, valorado en 2400 billones de dólares, representa una bomba de tiempo que solo puede apuntalarse mediante guerras, narcotráfico, y el control de los flujos de materias primas.
Sin embargo, esta apuesta por la coerción directa resulta profundamente frágil. Lejos de consolidar su dominio, está generando el efecto contrario: una creciente desconfianza hacia Washington, incluso entre sus aliados tradicionales. La historia reciente demuestra la inviabilidad de las intervenciones basadas en la fuerza bruta en un contexto donde las aspiraciones anticoloniales —que tomaron forma en Bandung (1955)— resultan hoy realizables gracias al desarrollo de China, cuya economía no ha podido ser doblegada mediante sanciones ni aranceles. En la misma línea, la resistencia rusa frente a más de treinta mil sanciones ha fortalecido su tejido industrial, y la heroica resistencia del pueblo iraní ha expuesto al imperialismo estadounidense como un tigre de papel.
El nuevo paradigma: de la confrontación a la cooperación
Frente al espejismo de la coerción, el nuevo paradigma internacional se construye sobre la base de la cooperación y el desarrollo de la economía real. Tres pilares de este nuevo orden son ya una realidad en movimiento:
- La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS):Reunida en Biskek del 31 de agosto al 1 de septiembre de 2026[iii], conmemoró su 25.º aniversario y dejó claro que la multipolaridad es «irreversible». Este foro reunió a 10 países miembros y 15 naciones observadoras, que representan el 45% de la población mundial y un cuarto del PIB global. Sus conclusiones abogan por:
- Un orden multipolar igualitario, sin medidas coercitivas unilaterales.
- Seguridad integral, con rechazo al terrorismo y la no proliferación nuclear.
- Soberanía financiera, mediante el comercio en monedas nacionales y el respaldo de la Asociación Interbancaria de la OCS.
- Integración logística, con un plan de acción 2026-2030 para potenciar infraestructura portuaria y logística en Eurasia.
- La alianza BRICS:Celebrará su próxima cumbre los días 12 y 13 de septiembre de 2026 en Nueva Delhi[iv], bajo el lema «Construir resiliencia, innovación, cooperación y sostenibilidad». En sus veinte años de existencia, el bloque busca profundizar la cooperación política, económica, financiera, científica y energética, fortaleciendo cadenas de suministro y dando mayor voz a las naciones del Sur Global en un orden internacional más representativo y equilibrado.
- El XI Foro Económico de Vladivostok:Celebrado del 1 al 4 de septiembre de 2026[v], reunió a más de 9300 participantes de 80 países para consolidar rutas comerciales alternativas a los canales tradicionales que buscan ser dominados por Occidente[vi]. Proyectos como la Ruta Marítima del Norte, el gasoducto hacia China y la modernización urbana en el Lejano Oriente ruso demuestran que la inversión en infraestructura es la verdadera moneda de cambio de este nuevo orden.
La encrucijada latinoamericana: ser tablero o ser jugador
Para Iberoamérica, esto evidencia que el desarrollo de infraestructura básica es un pilar esencial en cualquier proceso de industrialización. El megaproyecto del Ferrocarril Bioceánico —que enlazará la costa atlántica de Brasil con el puerto hub de Chancay en el Pacífico peruano— se perfila como la obra de infraestructura física más ambiciosa de Sudamérica, respaldada por acuerdos entre Brasil, Perú y China. Con una inversión estimada entre 50.000 y 100.000 millones de dólares, el proyecto va más allá del transporte de carga: su verdadero impacto transformador radica en la vertebración de un corredor de desarrollo integral que incluirá parques industriales, nodos energéticos, centros de mantenimiento de alta tecnología y ciudadelas universitarias. Este ecosistema logístico no solo recortará drásticamente los tiempos de tránsito comercial hacia Asia, sino que impulsará la industrialización in situ de materias primas, fomentará la transferencia tecnológica y consolidará un polo de desarrollo soberano conectado directamente con la cuenca del Indo-Pacífico.
¿Puede este continente, con sus propios problemas de desigualdad y pobreza, mantenerse al margen de una confrontación global que amenaza la existencia planetaria? La respuesta no es el aislamiento, sino la integración activa y soberana.
Iberoamérica debe elegir entre dos caminos:
- Ser el «patio trasero» de EE.UU.: El camino de la sumisión implica aceptar el saqueo de recursos, las sanciones unilaterales y la perpetuación de la deuda como mecanismo de control. La fragmentación política histórica —evidenciada durante la guerra de las Malvinas y la crisis de la deuda de los años ochenta— ha limitado la soberanía y la capacidad de negociación de la región.
- Ser un polo de paz y desarrollo: El camino alternativo es el que propone la encíclica Populorum Progressio («El desarrollo es el nuevo nombre de la paz»). Se trata de poner en marcha megaproyectos de integración que transformen la geografía y la economía de la región. El Corredor Bioceánico emerge como proyecto emblemático. En esta apuesta estratégica, el liderazgo de Brasil es determinante, de ahí que la victoria de Lula en los comicios presidenciales de octubre resulte un factor decisivo.
En este contexto, China ha propuesto la participación de Estados Unidos en la construcción del corredor[vii], buscando transformar la lógica de confrontación en una dinámica de cooperación estratégica. Esta iniciativa evoca la histórica colaboración pragmática entre Getúlio Vargas y Franklin D. Roosevelt. No se trata de elegir entre Washington y Pekín, sino de poner los intereses del desarrollo nacional y regional por encima de las lealtades ideológicas. La cooperación triangular (Brasil-China-EE.UU.) en infraestructura podría desactivar la crisis migratoria generando condiciones dignas de vida en los países de origen.
Hacia una arquitectura de seguridad y desarrollo para el hemisferio
Una Nueva Arquitectura Internacional de Seguridad y Desarrollo no es una utopía, sino una necesidad práctica para prevenir el colapso económico global y evitar una escalada hacia una guerra nuclear. Para que América Latina contribuya activamente a este propósito, se requieren acciones concretas en tres frentes:
- Reestructuración de la deuda y soberanía financiera: Es imprescindible romper el ciclo del sobreendeudamiento. La coordinación con el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS puede ofrecer alternativas al FMI, cuyas condicionalidades suelen traducirse en más pobreza y menos soberanía.
- Integración física y energética: El Corredor Bioceánico debe ser solo el primero de una serie de proyectos. La conexión de sistemas fluviales, ferrocarriles, carreteras, fuentes energéticas y redes eléctricas debe ser prioridad. Los mecanismos financieros multipolares (NBD) y la Franja y la Ruta se consolidan como alternativas viables.
- Unidad política y diplomacia activa: La amenaza nuclear y la crisis alimentaria requieren soluciones multilaterales. América Latina debe retomar el liderazgo en foros internacionales, abogando por un mundo libre de armas nucleares y por un sistema de comercio justo.
Conclusión: Iberoamérica ante el nuevo orden multipolar
El mundo se encamina hacia una confrontación geopolítica que ningún país de América Latina puede permitirse. La crisis del sistema atlantista y el ascenso de un orden multipolar ofrecen a Iberoamérica una oportunidad inédita. Si la región se articula en torno al desarrollo del Corredor Bioceánico y la cooperación con China —sin excluir la participación de Estados Unidos—, no solo estará construyendo infraestructura, sino tejiendo una red económica como fundamento de una paz sostenible a largo plazo. En este contexto, la visita del Papa León XIV a Perú en noviembre de 2026 —en el marco de su gira por Sudamérica junto a Uruguay y Argentina— y su llamado moral a abordar la migración mediante el desarrollo y la justicia social, pueden actuar como el catalizador necesario para superar mezquindades políticas y abrazar un proyecto común.
Solo mediante el desarrollo, según lo planteado en la Encíclica Populorum Progressio[viii], se pueden desactivar las bombas de tiempo de la deuda, la violencia, el narcotráfico, las migraciones forzadas, la desigualdad y la pobreza que amenazan al continente. América Latina cuenta con los recursos, la historia y el talento para ser protagonista de esta nueva era; solo requiere la voluntad política para dar el paso. La alternativa es permanecer como botín de guerra de imperios en declive. La elección es nuestra.
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[i] https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
[ii] NASAPEC (North and South American Petroleum Exporting Countries) se plantea como una estrategia geopolítica de Estados Unidos para reforzar su control sobre los recursos energéticos de América y consolidar un bloque petrolero regional, limitando la presencia e influencia de China, Rusia e Irán en los mercados estratégicos de petróleo y gas del hemisferio.
[iii] https://mundoglobal.org/cumbre-organizacion-cooperacion-shanghai-ocs/
[iv] https://espanol.cgtn.com/2026/09/05/ARTI1788572254703103
[v] https://actualidad.rt.com/actualidad/625120-foro-economico-oriental-2026-tiene
[vi] Entre los chokepoints o pasos estratégicos clave, en disputa o bajo la esfera de control de EE. UU. y la OTAN destacan el canal de Panamá y los estrechos de Malaca, Gibraltar y Ormuz.
[vii] https://spanish.xinhuanet.com/20251210/e2dec9c6d13b4802919c7a7d87b0ecb5/c.html
[viii] https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html
Carlos Julio Díaz Lotero
Foto tomada de: Cablenoticias

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