Hay momentos en la historia política en los que una organización no necesita solamente cambiar sus dirigentes, ajustar sus estatutos o resolver sus disputas internas. Necesita, antes que nada, comprender que el mundo cambió. Creo que ese es uno de los desafíos más profundos que enfrenta hoy el Pacto Histórico. Nació como instrumento político para la transformación de Colombia y logró convertir en alternativa real de poder a sectores populares, progresistas y democráticos que durante décadas permanecieron dispersos. Pero hoy existe un desfase entre la realidad que enfrentamos y la cultura política con la que intentamos responder. Mientras el mundo cambia aceleradamente, buena parte de nuestra discusión continúa atrapada en una cultura política del siglo XX: parroquiana, reactiva y concentrada en disputas por cargos, cuotas, liderazgos y pequeños espacios de poder.
El problema no es que esas disputas no existan o que carezcan de importancia. Toda organización política necesita resolver sus contradicciones, construir reglas y distribuir responsabilidades. El problema aparece cuando esas discusiones terminan convirtiéndose en el centro de la política. Porque mientras nosotros nos concentramos en quién controla una estructura, quién encabeza una lista o qué sector logra imponer una posición, Colombia y el mundo están atravesando transformaciones que modificarán profundamente la economía, la democracia, la comunicación y las relaciones sociales. Estamos intentando administrar con herramientas antiguas una realidad que ya cambió.
De la batalla cultural a la batalla cognitiva
Durante décadas, la izquierda aprendió a pensar la política alrededor de la batalla cultural y de la construcción de hegemonía. Gramsci sigue siendo fundamental para comprender cómo una sociedad construye sentido común y cómo las ideas pueden convertirse en poder político. Pero esa lectura ya no es suficiente para explicar completamente nuestro presente. La disputa ya no ocurre solamente sobre las ideas que circulan, sino también sobre las infraestructuras que determinan cuáles ideas circulan, cuáles se hacen visibles, cuáles desaparecen y cuáles consiguen movilizar emociones y comportamientos.
Los algoritmos, las redes sociales, la inteligencia artificial y el procesamiento masivo de datos están modificando la manera en que las sociedades reciben información, construyen opiniones y toman decisiones. El campo de batalla se ha ampliado. Ya no se trata únicamente de convencer a alguien de una idea, sino de intervenir sobre las condiciones en las que esa persona recibe, procesa y comparte información. La batalla cultural se ha convertido también en una batalla cognitiva.
Esto cambia radicalmente las reglas del juego político. El algoritmo puede identificar aquello que nos indigna, nos emociona o nos divide; puede segmentar audiencias y amplificar determinados contenidos hasta convertirlos en conversaciones nacionales. La capacidad de procesar millones de datos simultáneamente permite conocer patrones de comportamiento que una organización política tradicional difícilmente podría identificar por sí sola. El poder, por tanto, no está solamente en quien posee un medio de comunicación o controla una institución. También está en quien controla las infraestructuras que organizan la circulación de información.
El poder que se está construyendo
No estamos hablando de ciencia ficción. Empresas como Palantir muestran la convergencia creciente entre datos, inteligencia artificial, seguridad y poder estatal. En paralelo, determinadas corrientes intelectuales y tecnológicas asociadas a la llamada Ilustración Oscura o al pensamiento neorreaccionario han comenzado a cuestionar abiertamente la democracia y a imaginar nuevas formas de organización política alrededor de la tecnología, la jerarquía y la concentración del poder.
La discusión sobre el llamado tecnofeudalismo, desarrollada entre otros por Yanis Varoufakis, plantea otra dimensión del problema: quienes controlan las grandes plataformas, los datos y las infraestructuras digitales están acumulando una capacidad extraordinaria para organizar la economía y la vida social. Podemos discutir las categorías, cuestionar sus alcances o incluso rechazarlas, pero no podemos ignorar el fenómeno que intentan describir. Hay una nueva concentración de poder alrededor de los datos, las plataformas, la inteligencia artificial y la capacidad de procesar información.
Y aquí aparece una pregunta incómoda para quienes hacemos parte del proyecto político del cambio: ¿estamos pensando estratégicamente sobre ese nuevo poder? Mientras en algunos centros económicos y tecnológicos del mundo se está diseñando la arquitectura política, económica y tecnológica de las próximas décadas, nosotros seguimos consumiendo una parte enorme de nuestra energía en disputas internas que muchas veces tienen una escala considerablemente menor.
El problema no es solamente organizativo
Por eso considero que el problema del Pacto Histórico no es únicamente organizativo. Tampoco es exclusivamente comunicativo. Es estratégico.
Necesitamos una organización capaz de comprender simultáneamente el territorio físico y el territorio digital; una organización que forme cuadros políticos en inteligencia artificial, análisis de datos, comunicación y nuevas tecnologías; que produzca conocimiento, detecte tendencias, combata la desinformación y construya capacidades propias. No podemos continuar reaccionando después de que una mentira se vuelve viral, después de que una narrativa se instala o después de que nuestros adversarios ya han definido la conversación pública. Una fuerza política que pretende transformar una sociedad necesita recuperar la capacidad de anticipar.
Esto no significa abandonar nuestras luchas históricas. Significa actualizarlas. La defensa de la democracia, la justicia social, la soberanía y la transformación de Colombia exige comprender que el poder está migrando hacia nuevas infraestructuras. La pregunta ya no es solamente quién controla una fábrica, un medio de comunicación o una institución. También debemos preguntarnos quién controla los datos, la nube, los modelos de inteligencia artificial, las plataformas y los sistemas que determinan qué información recibe una sociedad.
Colombia no puede llegar tarde
Este desafío tampoco pertenece exclusivamente a las grandes potencias. Colombia ya está entrando en esa discusión. La inteligencia artificial, las redes sociales, la publicidad política digital, la manipulación de información y el uso de datos están comenzando a transformar nuestras propias dinámicas electorales y democráticas. El país tendrá que discutir cómo proteger sus procesos democráticos frente a estas nuevas realidades, pero una organización política que aspire a conducir el cambio no puede esperar a que las instituciones resuelvan por ella el desafío.
Tenemos que formar una nueva generación de dirigentes que comprenda tanto la realidad territorial como la revolución tecnológica. Tenemos que aprender a leer los datos sin reducir la política a los datos; utilizar inteligencia artificial sin convertirla en sustituto del pensamiento político; desarrollar comunicación digital sin confundirla con propaganda; y construir herramientas tecnológicas que estén al servicio de la democracia y no de la manipulación.
Pasar de la crítica a la acción
Por eso la discusión que debemos abrir dentro del Pacto Histórico no puede reducirse a cómo reorganizar nuestras estructuras. Tenemos que actualizar nuestra concepción del poder. Necesitamos una organización popular, territorial, democrática, científica y tecnológica, capaz de disputar simultáneamente las calles, las instituciones, las ideas, las redes, los datos y el sentido común.
El Pacto Histórico tiene que dejar de mirar permanentemente hacia adentro y volver a mirar hacia afuera. Tiene que preguntarse menos quién tiene la razón dentro de la organización y más qué necesita Colombia de nosotros. Porque mientras discutimos pequeñas cuotas de poder, la sociedad enfrenta desigualdad, violencia, crisis climática, transformaciones productivas y una revolución tecnológica que modificará profundamente el trabajo y las relaciones sociales.
No podemos ganar el siglo XXI con una cultura política del siglo XX
Tal vez el problema no sea que hayamos perdido el rumbo. Tal vez el problema sea que seguimos utilizando el mapa de un mundo que ya dejó de existir. Y si el Pacto Histórico quiere seguir siendo el instrumento político de la transformación de Colombia, tiene que comprender que la próxima disputa no será solamente electoral, institucional o cultural.
Será también tecnológica, será informativa, será territorial, será económica, será cognitiva. Y frente a ella no basta con denunciar, indignarse o reorganizar las cuotas internas. Hay que estudiar, hay que anticipar, hay que construir, hay que actuar. Porque si otros ya están construyendo las tecnologías que definirán el poder del futuro, nuestra responsabilidad histórica es construir las herramientas con las que el pueblo pueda disputar ese futuro.
Volver a la gente
Pero hay algo que no podemos perder de vista en medio de esta transformación. Si la política del futuro exige comprender la inteligencia artificial, los datos y las nuevas infraestructuras digitales, también exige recuperar algo que ninguna tecnología puede reemplazar: la capacidad de encontrarnos con la gente. Existe el riesgo de que, fascinados por las nuevas herramientas, terminemos creyendo que la política puede reducirse a métricas, algoritmos, segmentaciones y estrategias digitales. No es así. La política sigue ocurriendo en el barrio, en la vereda, en la universidad, en el sindicato, en la organización social, en la conversación cotidiana y en la capacidad de mirar a los ojos a quien piensa distinto.
Necesitamos, al mismo tiempo, sofisticar nuestras herramientas y recuperar la sensatez de hacer política con seres humanos. Volver a escuchar antes de responder, a deliberar antes de reaccionar, a organizar antes de publicar y a construir confianza antes de pedir votos. La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor una sociedad, pero no puede sustituir nuestra responsabilidad de comprenderla directamente. Si queremos disputar el futuro tecnológico, debemos evitar que la tecnología nos aleje de aquello que da sentido a la política: la gente, sus problemas, sus esperanzas y su capacidad de organizarse colectivamente.
El desafío de la democracia interna
Y quizá, por eso, el primer desafío estratégico del Pacto Histórico no sea solamente definir qué piensa sobre el mundo que viene, sino construir democráticamente la organización capaz de enfrentarlo. Una afiliación masiva, una convocatoria democrática, la elección transparente de delegados y la realización de un verdadero Congreso Democrático no son asuntos secundarios ni meramente estatutarios: son la condición política para que el Pacto pueda renovarse, producir pensamiento colectivo y dotarse de las capacidades que exige el siglo XXI. Si triunfan los aparatos, las cuotas y las lógicas de poder cerrado, difícilmente podremos construir equipos capaces de disputar la conversación pública, comprender las nuevas tecnologías, analizar datos, enfrentar la desinformación o transformar el sentido común en favor de un proyecto de país.
Pero si logramos democratizar profundamente la organización, incorporar masivamente al pueblo a sus decisiones y convertir el Congreso en un espacio real de deliberación y construcción colectiva, podremos discutir no solamente quiénes somos, sino qué sociedad queremos construir y qué herramientas necesitamos para hacerlo. La democratización, entonces, no es el punto final de nuestra reorganización: es el punto de partida para pensar estratégicamente el futuro. Porque solo un partido abierto, democrático, popular y capaz de producir conocimiento podrá estar a la altura de una época en la que también se disputa el poder sobre la información, la tecnología, la inteligencia y el futuro.
Giovanny Abadía
Foto tomada de: Sinergia Comunica

Un militante político no puede reducirse a una membresia inscrita en una plataforma para contar sus miembros. Menos si no existe la organización partidaria o estructuras que le garanticen sus derechos democráticos donde se concreten su particpación, deliberación y toma de decisiones. La verticalidad absoluta o casi absoluta en la definición de la política partidaria y su quehacer en la vida nacional reducen al militante en sujeto marginal sin voz y sin reconocimiento. Por tanto, sometido a las cúpulas portadoras de la “verdad”. A la manera de los partidos tradicionales: jefes que dirigen, mandan.y tienen la última palabra. Casualmente, eso es la que está primando con los llamados cómites provisionales que operan (cuando funcionan) aislados de las bases. Estamos frente a un partido movimiento que no se mueve hacia adentro ni hacia afuera. A no ser por los escandalos en los medios de comunicación como los acontecimientos recientes. Se apresura la asamblea, pero nisiquiera existe un medio comunicación propio donde se den a conocer las propuestas a discuitir, mucho menos un plan organizado de debate y consolidación de propuestas en los terriotorios. Si no hay acceso a la información para su analisis y comprensión, ¿de qué democracia se habla? Terminan elegidos como delegados los mismos con las mismas que se pegan a las posiciones de sus jefes que los promueven. Entonces, el asunto no estriba solamente en que debemos construir un partido movimiento, sino también cómo lo construimos con participación democrática de su militancia y simpatizantes mediante un plan nacional que organice el debate.