Es seguro que pocos de los que acuden a la cita leyeron el libro, pero como la sentencia tiene la inteligencia y la brevedad de un apotegma, es suficiente para derivar la comprensión de la trampa que propone y que en política se conoce como “gatopardismo”: anunciar sonoras reformas políticas superficiales para satisfacer la ansiedad popular de transformaciones, sin afectar las estructuras de poder que han impedido los cambios.
La verdad es que, según la novela (y la película de Visconti de 1963, y la serie de Neflix 2025), en la Italia de 1860 todo cambió, y nada siguió como estaba.
Pues el príncipe de Salina, a quien su sobrino revolucionario quiere tranquilizar con aquella frase, comprobará que en la coyuntura creada por el ejército de Garibaldi con la unificación de Italia y la fundación de la república parlamentaria, comenzó la extinción de las relaciones señoriales de poder, siendo reemplazadas por la burguesía pueblerina enriquecida. Y en pocos años, el príncipe terminará recurriendo al prestamista que despreciaba, y reptando ante el nuevo poder para que su sobrino ambicioso trepe social y políticamente para preservar el orgullo del escudo familiar con el felino moteado.
Por contraste, aquí nada ha cambiado, y muchos quieren que todo siga como viene.
Con todo y que el proyecto progresista del gobierno de Petro sólo busca poner fin a los negocios en que una camarilla de enriquecidos convirtió los derechos de la salud y la educación de los colombianos, la derecha ha levantado una muralla para impedir la aprobación de las reformas. Se niegan a perder los grandes negocios privados que hacen desde de la administración pública que controlaron por tantas décadas. Las reformas del progresismo no proponen la transformación de las estructuras de poder que ocurrió con Garibaldi, o en 1917 en Rusia; y, sin embargo, la derecha hizo del debate electoral un campo de batalla, declarando que “por la razón o por la fuerza” impondrán a su candidato De la Espriella, y llamando la intromisión de Trump.
Y en este ambiente de crispación que prolonga la oposición irracional y pendenciera que la derecha ha hecho al gobierno de Petro, aparecen ahora los que se califican a sí mismos de “centro” (sin admitir que unos son de centro-izquierda, otros de centro-derecha, y algunos son claramente de derecha), con propuestas de maquillaje para que las reformas no se realicen, y las cosas sigan como están.
Primero fue el “Decálogo del millón de votos” que Sergio Fajardo propuso el 3 de junio a sus electores al dejarlos en libertad de votar por el candidato que recoja sus “prioridades para Colombia”; y el 9 se conocieron los “acuerdos mínimos” que en 15 puntos proponen “Treinta exministros e intelectuales (¿?) de centro para alejar al país de la polarización extrema”.
En rigor, el decálogo de Fajardo es un llamamiento a rebajar la crispación verbal en la política – y le asiste razón –, y un memorial de agravios al candidato Iván Cepeda por cuenta de su responsabilidad en el gobierno Petro; pues se opone a la convocatoria a la constituyente y exige poner fin a la paz total, principalmente. Cepeda renunció a convocar una Constituyente por fuera del Congreso y sólo como resultante de un previo acuerdo nacional. Aunque muchos pensamos que la paz total fracasó y que la contención de la delincuencia mafiosa debe reformularse, el candidato del Pacto Histórico no da señales de pensar igual.
Como sea, el decálogo de Fajardo está de acuerdo esencialmente con la plataforma de la derecha, pues con el cuento de “construir sobre lo construido”, sólo propone retoques a la salud y a la educación conservando la estructura actual de los negocios privados. Y su programa de gobierno confirma su coincidencia básica con los intereses de la derecha en los capítulos cruciales. Su programa y su decálogo son gatopardismo puro, y por ello no hay posibilidad real de hacer acuerdos, y lo sabe. Por eso habló y dio la espalda.
Y el pentadecálogo de los “acuerdos mínimos” que pretenden sacar al país de “la polarización extrema”, está elaborado contra la gestión y el estilo de gobierno del gobierno del presidente Petro. No fue elaborado para “acercar” fuerzas indecisas o independientes, sino para atajar el 21 de junio al candidato Iván Cepeda. Es el listado de reproches que el uribismo y sus agentes de la derecha en los gremios empresariales y los medios han hecho al gobierno. Basta una hojeada rápida para entenderlo.
En esa treintena de nombres que la prensa corporativa define como de “centro” a secas, figuran José Antonio Ocampo y Cecilia López (quienes siendo ministros de Hacienda y Agricultura respectivamente, se dedicaron a defender las EPSs), ministros de Pastrana y de Santos, burócratas de todos los gobiernos, empresarios, ex M-19, y hasta una excandidata a la Cámara por los residentes en el extranjero del partido de Robledo y Fajardo. Los quince puntos respaldan la fuerza política que se ha opuesto a todas las iniciativas y reformas del progresismo. Por ello los tales “acuerdos mínimos” tienen menos apariencia de imparcialidad, por ser, en realidad, el texto de la contra reforma al proyecto político de Petro, Cepeda y el Pacto Histórico.
De hecho, los firmantes hacen oposición a las reformas que intenta el progresismo, y la elegancia del lenguaje no consigue esconder su gatopardismo.
El choque de las dos posiciones será inevitable mientras no se logren las transformaciones legales mínimas que defiende el progresismo.
Y en el entretanto, ante dos elecciones tan sencillas, no se entiende que pueda existir una posición en medio de las dos contrarias sin pertenecer a ninguna, con el repetido alegato de que el progresismo y el uribismo son dos extremos políticos con los que no pueden estar de acuerdo. Porque imaginan que hay un punto de encuentro, un espacio de convivencia y de respeto en el que se puede dialogar. Mientras, la desigualdad social sigue observando un diálogo de décadas entre sordos. Donde fracasa el diálogo comienza la política de masas. Es bueno recordarlo.
Álvaro Hernández V
Foto tomada de: La Silla Vacía

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