Hay decisiones que no son técnicas, por más que se presenten como tales. Son decisiones políticas, porque definen qué tipo de economía se quiere construir y a quién se beneficia. Mientras el Banco de la República —autónomo frente al gobierno por mandato constitucional— opera bajo un enfoque monetarista o neoclásico que sitúa al dinero en el centro del análisis y se propone el control de la inflación mediante la tasa de interés para regular la masa monetaria, el Banco Popular de China, bajo orientación gubernamental, parte de una lógica distinta: el dinero no es riqueza en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la economía física y la productividad.
Xi Jinping ha señalado de manera reiterada que el sistema financiero debe estar al servicio de la economía real[iii], principio que se refleja en el XV Plan Quinquenal[iv] al enfatizar la construcción de una estructura productiva sólida, centrada en la manufactura, la producción física y el potencial creativo de la mente humana como fuente ultima de riqueza. El plan otorga prioridad estratégica a la ciencia y la tecnología como motores del desarrollo, promoviendo lo que denomina “nuevas fuerzas productivas de calidad”. La modernización no se concibe solo como crecimiento cuantitativo, sino como un salto cualitativo basado en la innovación.
Así, se impulsan avances decisivos en sectores como semiconductores, inteligencia artificial, computación cuántica, comunicaciones 6G, biotecnología, hidrógeno y energía de fusión. En paralelo, se fortalece una industria manufacturera de alta gama, consolidando un sistema industrial moderno donde la manufactura avanzada actúa como columna vertebral de la economía nacional[v].
La reciente orientación de la política monetaria del Banco de la República representa otro enfoque: frente a una economía con debilidades estructurales, ha optado por el camino de enfriar la economía (inducir una fase recesiva) elevando las tasas de interés. El diagnóstico en el que se basó para ésta decisión es reiterado en sus análisis: la inflación proyectada se encuentra por encima de la meta, la demanda interna supera la capacidad productiva, y los riesgos fiscales aumentan. La respuesta también: encarecer el crédito, frenar el consumo y contener la inversión. Pero detrás de esa aparente racionalidad técnica hay una premisa discutible: que el problema central de la economía colombiana es el exceso de demanda y no la debilidad de su aparato productivo.
Aquí es donde el contraste con China resulta revelador.
Mientras en Colombia se suben tasas para “enfriar” la economía, el Banco Popular de China hace exactamente lo contrario: baja tasas, inyecta liquidez y dirige el crédito hacia sectores estratégicos[vi]. No se trata de una irresponsabilidad inflacionaria, como dirían algunos ortodoxos, sino de una comprensión distinta del problema económico. Para China, la prioridad no es restringir la demanda, sino expandir la capacidad productiva, fortalecer la industria, impulsar la innovación y sostener el crecimiento. De hecho, la expansión de la capacidad productiva, junto con la arraigada cultura del ahorro, hace que la preocupación central no sea contraer la demanda, sino precisamente expandirla.
En Colombia, el crédito caro aplaza inversiones, frena la modernización tecnológica, debilita el consumo y golpea especialmente a los sectores productivos: agro, industria, infraestructura. En China, el crédito barato se convierte en palanca de desarrollo: financia ciencia y tecnología, apoya pequeñas y medianas empresas, impulsa la transición energética y dinamiza el mercado interno.
Son dos visiones del papel del banco central. Una, la colombiana, lo concibe como un guardián casi exclusivo de la inflación, dispuesto a sacrificar crecimiento y empleo en nombre de la estabilidad de precios. La otra, la china, lo entiende como un instrumento activo de política económica, articulado con el desarrollo productivo y la estrategia nacional de desarrollo a largo plazo.
El problema no es solo de instrumentos, sino de diagnóstico. En Colombia, la inflación tiene un componente importante de costos: no existe una política de innovación científica y tecnológica, tenemos una infraestructura rezagada, debilidad industrial, dependencia de importaciones, y choques externos que encarecen energía e insumos. Subir tasas de interés no reduce el precio internacional del petróleo ni abarata los fertilizantes; lo que sí hace es encarecer el crédito interno y debilitar aún más la producción interna.
Es, en términos simples, tratar de apagar un incendio estructural con una herramienta diseñada para otra clase de problema.
La consecuencia es un círculo vicioso: menos crédito productivo, menor inversión, menor capacidad de producir y, paradójicamente, más presión inflacionaria en el mediano plazo. Mientras tanto, las actividades especulativas encuentran refugio en tasas altas, reforzando un modelo económico que privilegia la renta financiera sobre la producción.
China tomó otro camino: entendió que la estabilidad de precios —es decir, el control de la inflación— no se logra contrayendo la economía, sino expandiendo su capacidad productiva con una eficiencia creciente. Que la inflación se combate no controlando la demanda, sino aumentando la oferta de bienes y servicios producidos con procesos tecnológicos mejorados. Y que el crédito no es un riesgo en sí mismo, sino una herramienta cuyo efecto depende de su destino y de las condiciones en que se otorga.
Colombia enfrenta hoy una disyuntiva de fondo. Persistir en una política monetaria que enfría la economía mientras ignora sus debilidades estructurales, o avanzar hacia un enfoque donde el crédito esté al servicio de la producción, la innovación y el empleo.
Porque al final, la pregunta no es cuánto sube o baja la tasa de interés. La pregunta es mucho más profunda: ¿el sistema financiero está al servicio del desarrollo económico o la economía al servicio de la especulación del sistema financiero?
Y esa, por definición, no es una decisión técnica. Es una decisión política.
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[i] https://repositorio.banrep.gov.co/server/api/core/bitstreams/9f097207-8493-4f1e-8242-bd427b467c91/content
[ii] https://www.pbc.gov.cn/en/3688229/3688353/3688356/5624504/2026040715344299430/2026040715335817690.pdf
[iii] https://spanish.xinhuanet.com/2019-02/23/c_137844668.htm#:~:text=Xi%20Jinping%2C%20secretario%20general%20del%20Comit%C3%A9%20Central,sector%20para%20servir%20a%20la%20econom%C3%ADa%20real.
[iv] https://spanish.news.cn/20251028/262e9c1e576440a08608c355ce2d75ea/c.html
[v] https://mundoobrero.es/2025/12/02/reflexiones-sobre-el-xv-plan-quinquenal-chino-y-su-repercusion-en-el-contexto-internacional/#:~:text=El%20plan%20reafirma%20un%20%E2%80%9Cenfoque%20en%20la,y%20la%20estabilidad%20de%20la%20base%20econ%C3%B3mica.
[vi]Al cierre de 2025, la economía china registró un crecimiento del 5 %. Según el informe de política monetaria de ese año del Banco Popular de China, el agregado de financiamiento a la economía real y la masa monetaria (M2) crecieron 8,3 % y 8,5 %, respectivamente. Con tasas para préstamos corporativos y de vivienda en mínimos históricos del 3,1 %, la expansión crediticia superó en 3,3 puntos porcentuales el crecimiento del PIB. Este fenómeno confirma que, en el modelo chino, el crédito se concibe como un anticipo de riqueza futura: cuando la expansión monetaria se orienta estratégicamente hacia la economía real y la inversión innovadora, no genera presiones inflacionarias, sino que amplía la oferta mediante mejoras sustanciales en la productividad y la eficiencia sistémica.
Carlos Julio Diaz Lotero
Foto tomada de: La República

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