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Colombia amenaza ruina

7 septiembre, 2026 By Jaime Acosta Puertas Leave a Comment

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“Hablar de arruinación es también considerar cómo en los procesos de daño pueden emerger capacidades que lo contrarrestan y que le oponen resistencia al vector de degradación,… que permite recomponer porque supone que otras formas de vida pueden emerger de la fractura, desde los restos y las relaciones que aquí quedan, al hacer valer lo que se alteró y al cuestionar las condiciones que dieron lugar al daño”. Laura Quintana. Desde lo arruinado. Herder. 2026  

No es únicamente la progresiva pérdida de condiciones que permiten a una sociedad reconocerse como nación y proyectarse al futuro. La ruina se construye cuando se acumulan decisiones equivocadas, desigualdades insoportables, abusos de poder, instituciones debilitadas y una economía incapaz de responder a las necesidades de la mayoría y a los sueños de alcanzar el desarrollo que otras naciones han logrado. Colombia ha llegado al límite de un modelo de exclusión, precariedad, extractivismo, atraso económico científico y tecnológico, violencia, corrupción y frustración. Hablar de la ruina no significa mirar solo lo que se destruye, sino preguntarse qué puede surgir de sus restos.

Lo que hoy es, mañana no será.

El fenómeno de El Niño que se asoma en Colombia mostrará lo que está por venir si el cambio energético no se acelera y generaliza, pues poco sirve que unos hagan la tarea y otros no. Y si, además, la sociedad reflexiona sobre la necesidad de apaciguar el consumismo y redireccionar el mundo hacia un decrecimiento que no alude a reducir el crecimiento del PIB, como el neoliberalismo delira, sino a transformar las formas de producir, consumir y relacionarnos entre humanos y con el planeta.

Lo que se requiere es un cambio en los modelos de producción y una reorientación de los esfuerzos de investigación, desarrollo e innovación entre Estado – universidad, empresa, sociedad y medio ambiente. También es necesario estimular y multiplicar las actividades culturales y recreativas y los espacios públicos, incluida la transformación de nuevas ciudades en las ciudades y de nuevos territorios en los territorios para los emigrantes que buscarán un lugar donde vivir. Por eso Milei quiere vender media Argentina a Israel, y quien sabe cómo estará de la Espriella vendiendo Colombia a Estados Unidos con el nuevo extractivismo de materiales pesados y tierras raras que deberían servir no sólo a las industrias de ellos sino también para nuestra reindustrialización. Quinientos años de extractivismo fueron demasiados. Ni uno más.

La salvación del planeta está en una apuesta por cambios globales graduales, inéditos, acelerados y sostenidos. Para eso, un gran hegemón ya no es posible: solo el trabajo de muchas naciones, tal vez de todas, en torno a unos objetivos y cambios económicos, tecnológicos, culturales, políticos y geopolíticos como jamás ha pensado y vivido la humanidad.

El fanatismo de ultraderecha en América Latina, pero también en Estados Unidos, Israel y Europa, constituyen uno de los últimos, desesperados y fatales esfuerzos por prolongar la sociedad que no debe ser, pero que la irracionalidad reciente está llevando al mundo a un futuro sin retorno. Siete países de Europa han emigrado al nuevo fascismo, y otros lo harán en pocos meses, como España y, de pronto, Francia. El culpable, el modelo en lo político, socialdemócrata; en lo económico, neoliberal; y olas de fe religiosa que censuran derechos adquiridos por la lucha de distintas e inmensas comunidades y por la educación laica.

Se requiere un mayor y mejor Estado regulador: más inteligente, innovador, sostenible, democrático y soberano; capaz de establecer alianzas entre líderes y naciones responsables —no solo con imperios en declive y devastadores—; centrado en abatir desigualdades; motivado a crear nuevos espacios de integración con otros Estados, porque las economías atrasadas, rezagadas y aisladas son inviables; ubicado en la multipolaridad; y construido desde los territorios y no solamente desde el poder central de cada país ni desde la mal llamada gobernanza global de un agresivo capitalismo neoliberal en el ocaso.

La economía debe ser otra. Los sistemas productivos deben reestructurarse y reinventarse. Serán distintos de lo que ahora son y, en los sectores más innovadores, la destrucción creativa hará desaparecer las tecnologías que están devastando el planeta y sus ecosistemas y que soportan una economía de mercado que poco ofrece para crear desarrollos disruptivos en países como Colombia.

La reindustrialización nos salva del “milagro” neoliberal

Economistas heterodoxos del primer mundo hacen recomendaciones generales para nuestros países, como Dani Rodrik, quien en la reciente Convención Bancaria 2026 dijo que la industrialización no era el futuro de Colombia, sino la agricultura, el turismo, unas pocas manufacturas y unos cuantos servicios. Esa receta fue ponderada por un conocido neoliberal de este patio trasero para atacar la reindustrialización que promovió el gobierno progresista, desconociendo que son cambios de largo plazo, y olvidándose que el neoliberalismo subordinado llegó a Colombia hace 35 años para destruir la economía, aplazar indefinidamente el desarrollo de la nación, perpetuar las desigualdades, la violencia, y escriturar la sumisión.

La reindustrialización no es un capricho de la economía de la innovación, del Estado emprendedor ni de construcciones ideológicas progresistas y democráticas. Es una obligación de países rezagados y parcialmente industrializados, como algunos latinoamericanos y otros similares o un poco más avanzados: tener espacio en la producción y en la innovación, que permitirán mitigar primero y superar después los riesgos de un colapso total por el calentamiento global derivado del consumismo compulsivo y del poder insaciable de las grandes corporaciones tecnológicas y del comercio internacional que vende productos efímeros, contaminantes, lentamente biodegradables, algunos de los cuales nunca desaparecerán y son letales para las especies.

La reindustrialización sirve para abrir paso a la reestructuración sostenible de la producción, encontrar nuevos desarrollos tecnológicos y nuevas actividades para la sociedad y los Estados, y no dejar todo en manos del mercado. El mercado como amo destruye por una ambición sin límites. Más bien, el Estado y el mercado deben equilibrar sus roles, crear conciencia colectiva, protagonismo compartido y responsabilidades propias de cada uno, para emprender acciones conjuntas en otros campos que no deben ser exclusivamente del Estado o del mercado.

Del Estado precario y cruel al Estado repensado y necesario

El Estado en extinción no es el camino. El Estado fuerte, soberano, inteligente, inventor, innovador y democrático debe ser progresista, y no socialdemócrata,  ni liberal, ni conservador ni fascista, ni republicano. Sobre el progresismo construir nuevas ideologías y proyectos políticos. Debe asumir la forma que resulte necesaria para reconstruir la sociedad ante el triple peligro del calentamiento global, el consumismo destructivo e imparable y una guerra mundial nuclear que ni ruinas dejará. Jamás la humanidad había estado amenazada por tres megapeligros. Los tres están interligados y pueden significar el fin del paso del ser humano por el universo.

Otra sociedad está en sus primeros bocetos y primeros logros, pero no sé si será realidad antes de que sea tarde, porque el rediseño de los Estados es urgente y nuevas constituciones nacionales y globales son necesarias. No veo cómo Colombia puede enfrentar y construir un futuro con las instituciones y la ideología dominante que hoy la someten. El conservatismo no desarrolló ni desarrollará la nación: los elementos fundamentales para lograrlo no están en sus contenidos y menos aún en sus acciones. El poco progreso de Colombia ha sido liberal, no conservador y menos de ultraderecha, y hacia el futuro solo cabe una esperanza: el progresismo, que debe estar en revisión permanente; si no, desaparece.

Las ideas del cambio en este camino al medio siglo no aluden a ningún tipo de comunismo obsesionado con estatizar la economía y abogar por una lucha de clases. Eso fracasó y no volverá. Porque el problema es inmensamente mayor, distinto y va por otros caminos: desarrollo económico soberano y sostenible para abatir tantas desigualdades y devastaciones nacionales y globales. El modelo de Estados Unidos se agota, el de China emerge y América Latina queda a la deriva con los nuevos gobiernos de la franquicia del neoliberalismo fundamentalista y esquizofrénico.

Esto y más constituye grandes desafíos en educación. No destruyendo los espacios en los cuales contar y enseñar historia y literatura y abrazar las artes; hacer ciencia, tecnología e innovación; darle más importancia a las ciencias sociales; la filosofía, para pensar las bases fundamentales de una nueva sociedad; poner a la psiquiatría a trabajar frente a tanta locura destructiva en los tejidos sociales; estimular los emprendimientos disruptivos en torno a la nueva economía que debe emerger; y proponer y ubicarse en una nueva geografía económica de la geopolítica global.

Se necesita otra educación: ni la anterior ni la que quieren imponer las devotas ministras del ilegítimo presidente de Colombia. Los profesores y los investigadores del futuro deben constituir una acción estratégica y prioritaria del Estado, del pensamiento progresista y del proyecto para una nueva forma de gobernar.

La salud antes de la ruina

En medio de la inevitable necesidad de repensar tantas cosas en la vida de esta nación y del globo, el sistema de salud de Colombia es una prioridad. Los servicios no eran mejores antes del gobierno progresista que acaba de irse. Hoy están peor porque los protagonistas principales, progresistas y derecha, tienen visiones opuestas para entender o no entender, ajustar o desajustar, reformar o perpetuar lo que mal venía, humanizar o deshumanizar lo que por definición es humano, y retroceder o relanzar el sistema.

Al final, la salud, con las mal llamadas aseguradoras, está en una crisis monumental, porque fue imposible concertar una reforma en el último cuatrienio. Distinta es la salud preventiva que se empezó a implementar hace dos años y que debe continuar el nuevo gobierno, si los dueños de las EPS lo autorizan.

Existen entrelazados y muy poderosos intereses políticos y empresariales detrás de cada prestadora de salud del nivel que sea, protegidos por los medios de comunicación, algunos de los cuales también hacen parte de grupos con inversiones en el sector. Entonces, se trata del más potente y complejo sistema de manejo y captura de dineros públicos. Así, el sistema de salud está en una situación que aún no alcanza la ruina, porque hay vida; entonces, siempre queda algo y sobre ese algo se debe reconstruir.

Que otros se ocupen de las incompatibilidades de la nueva ministra de salud por su reciente cargo al frente de ACEMI. Lo importante es que conoce el sistema, y debe recomponer el agotado modelo que ampara la ley 100. Hasta ahora su gestión transcurre en silencio y solo se sabe que en el presupuesto de la nación del nuevo gobierno se piden 2 billones de pesos, que debieron salir de su computadora.

El sistema no puede ser el de antes ni será el que el progresismo ha propuesto, porque las miradas son bastante distintas, aunque un modelo híbrido podría resultar mientras se generan condiciones políticas para una reforma estructural hacia un sistema de los nuevos tiempos.

Un híbrido del sistema sería una versión 2.0 de la Ley 100, en medio de la mayor crisis global del neoliberalismo, que está tomando a toda carrera medidas desesperadas para esta hora crítica de Colombia, de América Latina y de la humanidad.

El gran negocio no es la facturación de humanos agonizantes haciendo fila en urgencias para un turno en el quirófano, o enfermos archivando órdenes de citas y de exámenes de laboratorio y de imágenes; miles y miles de desacatos y de tutelas que no se cumplen y que se arruman en las memorias de los computadores de los juzgados, de las Cortes y de las EPS; y millones de copias de tutelas y de historias clínicas en papel, porque cada cuenta de cobro de los reembolsos que no pagan, debe incluir fallo de tutela e historia clínica, cuando esa información debería estar en línea en los sistemas de las EPS.

En la situación de la salud, cabe superar la discusión ideológica, o dejarla a otros, porque millones están mal protegidos. Los fundamentales sobre los que se creó la ley 100 ya no están vigentes en 2026. En 33 años la composición de la población ha variado, la longevidad también, la ciencia y la tecnología ha avanzado, la salud negocio y la salud preventiva deben reconstruir y construir espacios, y repensar sus negocios, porque a la salud no la debe obsesionar la factura puesto que lo peor que le puede suceder a una sociedad es obstinarse en obstaculizar cambios ciertos, de lo contrario deriva en algo malo, muy malo y eterno, caso de Colombia, con una genética de violencia que muta de generación en generación, que se recicla y recicla en medio de tumbas en cementerios públicos o en cementerios desconocidos, y miles de desaparecidos, mientras emergen miles de desorientados y compulsivos acumuladores y consumidores cobijados por nuevos fanatismos ideológicos y religiosos estimulados por el cambio tecnológico digital y de la IA.

Se hace un llamado a la ministra para despolitizar el sistema, porque los pacientes no tienen por qué ser víctimas de una pugna entre fuerzas políticas. Colombia no puede sumar más espacios de destrucción para su población. Ajustar o reestructurar el sistema pasa por una profunda reconversión administrativa, ética, humana, científica y tecnológica. Ojalá los protagonistas de la salud entreguen la verdad a Colombia y, si no lo hacen, al menos corrijan y hagan del sistema un instrumento de vida, no solo de negocio.

El Pacto Histórico en la encrucijada

En medio de una gran incertidumbre, es incomprensible el descontrol del Pacto Histórico para responder a una fuerza ciudadana de 12,7 millones de seguidores.

Sus “líderes” se han perdido en decisiones incomprensibles, como el desconocimiento de las nuevas tecnologías en los procesos electorales. Después del 21 de junio acabaron con la Alianza por la Vida, tanto que la Alianza Verde se fue por otro lado. Además, cinco parlamentarios del Pacto votaron a favor de Uribe para salvarlo de un proceso judicial por masacres.

Con excepción de Carolina Corcho, los demás congresistas se han convertido en espectros mientras el autoritarismo, tal vez dictadura, abruma con lo que dice y hace sobre los cadáveres de ilegales dados de baja, inaugurando tal vez otro nuevo período de violencia; guarda silencio sobre el escudo de las Américas y ni una palabra de los acuerdos con Rubio para un nuevo extractivismo. El Congreso de la República, ni las Cortes, ni los medios, ni los académicos, ni nadie, dice algo. La patria milagro de la postración.

La situación de Colombia es para construir pensamiento progresista, partido progresista, colectividades progresistas, juventudes progresistas y alianzas políticas progresistas, para una nación que necesita soñar otra sociedad posible porque luego de dos siglos de pensamiento ultraconservador nada bueno resultó, y su renacer será terrible para Colombia, sus riquezas y su gente.

El Pacto Histórico alcanzó una gran victoria, ahora atraviesa un momento de confusión, cuando Colombia es amenazada por la ruina, de cuya inflexión puede emerger otra forma de vida y de nación que va más allá de la visión de un partido político. En todo caso su responsabilidad es convocar y construir futuro, porque la ruina no significa el final, sino un punto de partida para reconstruir, como lo viene haciendo Adriana Córdoba, Gobernadora del Chocó, luego del terremoto del 10 de agosto: la ruina no solo como destrucción, sino el momento de preguntarse qué reconstruir y qué nuevo Estado construir. No olvidar: “Lo que es, mañana no será”

Jaime Acosta Puertas

 

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Dra. Carolina Corcho Mejía, Presidenta Corporación Latinoamericana Sur, Vicepresidenta Federación Médica Colombiana

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