Hubo un tiempo en que el río era la vida misma de la ciudad. Por sus aguas llegaban mercancías, viajeros, noticias, máquinas, libros y nuevas ideas. Desde el interior descendían productos que buscaban los mercados internacionales. Los barcos conectaban a Barranquilla con Cartagena, Santa Marta, las Antillas, Europa y otros lugares del planeta. En aquella Barranquilla el río no era un paisaje para contemplar desde un malecón. Era una infraestructura económica. Era trabajo. Era comercio. Era oportunidad. La ciudad creció con esa energía.
Llegaron comerciantes e inmigrantes. Aparecieron industrias, bancos, empresas y nuevas formas de comunicación. Barranquilla adquirió una personalidad cosmopolita que la distinguió de muchas otras ciudades colombianas. Su relación con el río y con el Caribe la puso en contacto temprano con las grandes corrientes económicas y culturales del mundo. Mientras otras ciudades colombianas estaban todavía encerradas entre montañas, Barranquilla miraba al horizonte, al mundo abierto, lejano y cerca. Quizá por eso su historia tiene algo de excepcional.
Una vista del malecón de Barranquilla al lado del rio Grande. El borde fluvial convertido en paisaje
Pero las ciudades también pueden perder la relación con aquello que les dio origen. El país cambió. Llegaron nuevas carreteras, nuevos sistemas de transporte, nuevas rutas comerciales. El ferrocarril perdió importancia, la navegación fluvial comenzó a enfrentar mayores dificultades y la sedimentación del Magdalena se convirtió en un problema cada vez más serio. El río seguía allí. Pero la ciudad y la nación comenzaron a darle poco a poco la espalda. Y entonces Barranquilla no dejó de ser una ciudad del rio, pero durante décadas dejó de vivir plenamente de cara a su matriz.
El río se convirtió para muchos en una presencia distante. Seguía siendo una referencia geográfica, pero ya no ocupaba el mismo lugar en la vida cotidiana ni en la imaginación colectiva. Y, sin embargo, los ríos tienen memoria. Hoy Barranquilla parece estar recuperándola. El Gran Malecón y la transformación del frente fluvial han devuelto a los barranquilleros una relación física y emocional con el río. Familias, caminantes, turistas y habitantes de la ciudad vuelven a acercarse a esas aguas que durante tanto tiempo estuvieron allí, presentes, pero distantes.
Es difícil no sentir algo de nostalgia ante ese reencuentro. Porque mirar el Magdalena desde Barranquilla es mirar también la historia de Colombia. Por ese mismo río viajaron durante generaciones los productos que comunicaban el interior con el Caribe. Por sus aguas llegaron las mercancías que hicieron posible buena parte del comercio exterior. Por sus puertos se conectaron las ciudades andinas con un mundo que empezaba a hacerse global. En cierto sentido, el Magdalena fue el primer gran corredor internacional de Colombia. Y Barranquilla fue su gran puerta. La puerta de oro de Colombia que se abría generosa para todos. No respiraba abolengos, traspiraba sudor y emprendimiento.
Pero la nostalgia no debería llevarnos a idealizar el pasado. El desafío no consiste en regresar a aquella Barranquilla, sino en preguntarnos qué podría ser la ciudad si volviera a aprovechar plenamente la geografía que la hizo grande. Ahí comienza el futuro. El Magdalena podría volver a ser una gran vía de transporte, pero ya no como en el siglo XIX. No se trata de recuperar una época perdida. Se trata de construir un sistema moderno en el que la navegación fluvial se conecte con carreteras, ferrocarriles, puertos, plataformas logísticas, industrias y comercio internacional. Barranquilla podría ser entonces mucho más que una ciudad frente al río. Podría ser la gran cuidad del caribe y del país.

La Cienega de Mallorquín integrada a la ciudad y a la naturaleza. Quilla, al fondo.
Podría convertirse en la gran puerta marítima de la cuenca Magdalena-Cauca. Porque lo que llega a Barranquilla no es solamente el agua del Magdalena. Llega la historia económica de una enorme parte de Colombia, un esfuerzo de titanes del agua y de los caminos. Desde las montañas del Macizo Colombiano hasta las ciudades andinas; desde el Cauca y sus grandes valles agrícolas e industriales hasta el Magdalena Medio; desde sus tributarios hasta los humedales de la Depresión Momposina, todo ese sistema termina buscando el Caribe.
Y Barranquilla está allí. En el extremo de esa inmensa arteria. Por eso su futuro no puede pensarse únicamente desde la ciudad. Hay que pensarlo desde la cuenca. La sedimentación que dificulta la navegación en el Bajo Magdalena no comienza en Barranquilla. Tiene relación con procesos que ocurren cientos de kilómetros aguas arriba. La calidad del agua que llega al Caribe tampoco es solamente un problema barranquillero. Es el resultado de lo que Colombia hace – o deja de hacer- a lo largo de toda la cuenca. El futuro de la cuenca Magdalena-Cauca es el futuro de Barranquilla y viceversa. Y también sobre su hinterland inmediato, los municipios atlanticenses del Canal del Dique muchos de ellos ahogados en la pobreza. Y anote: Barranquilla no prosperara en su máximo potencial si el resto de la costa caribe languidece.
Esto significa que el futuro de Barranquilla depende, en parte, de cómo Colombia trate al gran rio de la Magdalena desde sus nacimientos hasta su desembocadura. Y aquí aparece una oportunidad histórica. Durante mucho tiempo el país utilizó el Magdalena como una vía de comunicación, pero no logró construir una verdadera política integral de la cuenca. Se navegó el río, se explotaron sus recursos, se construyeron represas, se desarrollaron ciudades y actividades económicas en sus orillas, pero pocas veces se entendió todo aquello como un solo sistema.
Hoy podría ser diferente. El cambio climático nos obliga a mirar el agua de otra manera. Las inundaciones, las sequías, la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, la generación de energía y la seguridad de las ciudades dependen cada vez más de nuestra capacidad para comprender y gobernar las cuencas hidrográficas. Por eso la cuenca Magdalena-Cauca debe ser un gran proyecto nacional que trascienda gobiernos. Un proyecto de pais. Una política de Estado que la recupere de su avanzado deterioro ambiental.
No solamente un río que hay que dragar. No solamente una vía para transportar carga. No solamente un paisaje. Una infraestructura natural estratégica de Colombia. Y Barranquilla podría estar nuevamente en el centro de esa historia. La ciudad que nació gracias al río, que prosperó mirando al río y que durante un tiempo se alejó de él, tiene ahora la oportunidad de construir una relación nueva con sus aguas. Una relación que combine memoria y modernidad.
Que permita disfrutar el río como espacio público, pero también aprovecharlo como corredor económico. Que proteja su ecosistema, pero también facilite la navegación. Que acerque a la ciudad a sus aguas, pero también conecte esas aguas con el interior del país. Que convierta el borde fluvial en paisaje, pero que no olvide que, detrás del paisaje, existe una enorme economía nacional y gentes muchas a los que no le ha llegado la prosperidad.
Quizá esa sea la verdadera lección de Barranquilla. Las ciudades que conocen su geografía tienen más posibilidades de comprender su futuro. Barranquilla ya fue una ciudad internacional porque supo aprovechar el Magdalena. No hay ninguna razón para pensar que no pueda volver a serlo, ahora bajo las condiciones del siglo XXI. Pero esta vez el desafío es mayor. No basta con que Barranquilla vuelva al río. Colombia también tiene que volver a las aguas del gran rio que nos convoca.
Y quizá algún día, cuando los barcos vuelvan a subir con regularidad por sus aguas, cuando las ciudades ribereñas vuelvan a mirar hacia él, cuando sus humedales estén protegidos y cuando el río pueda sostener nuevamente una parte importante del comercio nacional, podamos decir que aquella vieja relación nunca desapareció del todo. Simplemente estaba esperando que el país volviera a mirar su geografía. Y en Barranquilla, junto al Caribe, ese reencuentro ya comenzó.
Fernando Guerra Rincón

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