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Pero lo mejor que queda de este mundial es la reafirmación de que el fútbol, más allá de una disciplina deportiva, es la caja de resonancia de lo que está siendo el mundo; la manera como se desenvuelven sus formas de organización y como las sociedades integran sus logros, sus virtudes, sus taras y fracasos. Los tartufos, la geografía del poder, las desigualdades, la política, la tecnología con sus más y sus menos, el márquetin, la generalizada cultura del emprendimiento; las guerras, además de las manifestaciones racistas y de desprecio por culturas y nacionalidades, fueron el plato servido en los manteles multicolores de estadios y tribunas.
Ingenuidad, cinismo o falta de comprensión, eso de querer evitar que en el juego “se mezclaran hechos extrafutbolísticos”; de decir que se trataba solo de un evento deportivo, como se proclamó desde distintas voces, sobre todo a propósito del partido de Argentina contra Inglaterra, sin duda el de mayor relevancia en el torneo. Absurdo aquello de que estaban prohibidas las manifestaciones políticas en los estadios, que ignora la dimensión sustancialmente política de lo que cada vez menos se refiere a una confluencia de representaciones lúdicas.
Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades, como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas. La afición no solo sufre o celebra lo que ocurre en el momento de juego; con el movimiento de la pelota se afloran los resentimientos, las broncas, las diferencias y el saldo que las sociedades heredan de sus conflictos, dentro o más allá de sus fronteras.
Absurdo el tufillo de moralidad con el que quiso aureolarse la confluencia de los seleccionados, pese a que tuvo tantas manchas; una en especial, la FIFA; de quien su presidente dio el peor ejemplo al doblegarse a uno de los seres más despreciables del mundo y cuyas manos lavadas en tintas de sangre manosearon la majestuosidad del trofeo. Faltos de autoridad y prohibidos para prohibir quienes, en una decisión claramente política, obligaron a Haití a cambiar su camiseta por llevar una pequeña imagen que solo hacía alusión a su guerra de independencia. Más aún, los que prohibieron a la delegación de Irán pernoctar en el país que oficiaba como sede principal del mundial, aunque allí mismo les programaron partidos: Inglewood, California y Seattle, Washington.
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El ejemplo más ilustrativo de todo este conjunto de planos cruzados en el fútbol es el de la selección argentina, cuyo partido más significativo no fue su final contra España, sino el de la semifinal con Inglaterra, en el que se impuso por dos goles a uno. Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia, que evocaba, por un lado, el vergonzoso rezago de colonialismo que todavía persiste en América Latina, y, por otro, los luctuosos tiempos de dictadura que vivió entre los años setenta y ochenta, a la par con otros países de la región.
El presidente Javier Milei, y su canciller, Pablo Quirno, así como el presidente de la FIFA, prohibieron el ingreso de objetos y la entonación en el estadio de cánticos que evocaran el conflicto que existe entre los dos países por la propiedad de las islas Malvinas, Falklan islands para los ingleses. Se equivocaron. Imposible evitar que ese encuentro rememorara, no solo el litigio, sino la guerra que, bajo su pretexto, enfrentó a los dos países entre el dos de abril y el 14 de junio de 1982.
La tela blanca con letras negras que izaron los muchachos del equipo de Messi rechazaba la ocupación de las islas por parte de los ingleses desde hace cerca de doscientos años. Recordaba también las vidas de 649 jóvenes sacrificados durante los 74 días que duró la confrontación y que tuvo como telón de fondo las argucias de la Junta militar que desde marzo de 1976 se apoderó del gobierno. Adicionalmente, el recuerdo del, para los argentinos glorioso y para los ingleses doloroso, partido jugado en el estadio Azteca, México-1986, en el que el todo poderoso del país austral, Diego Armando Maradona, instaló los que son tal vez los dos goles más históricos del siglo XX: uno por su indiscutible calidad y otro por su, aunque cuestionable, indiscutible y apreciado valor simbólico, el de la mano de Dios.
Los militares, en su momento en cabeza de Leopoldo Fortunato Galtieri, se habían propuesto la recuperación de las islas, no propiamente con el interés de defender la soberanía nacional, sino como un grosero acto de manipulación que buscaba exaltar el patriotismo y generar un sentimiento de entusiasmo colectivo, que pusiera un velo sobre la grave crisis que vivía el país. Declive económico, protestas sociales y, sobre todo, el desprestigio interno e internacional por las graves violaciones de los derechos humanos, expresados en torturas, asesinatos, secuestros y desapariciones forzadas, cometidas por miembros del ejército, la fuerza aérea y la armada argentina.
Si el 30 de marzo de 1982 una marcha obrera de cincuenta mil personas convocada hacia Plaza de Mayo puteaba a Galtieri reclamando paz, pan y trabajo, dos días después, el 2 de abril, en esa misma plaza, banderas en mano, ese número de población se duplicaba, solo que esta vez para cantar vivas a Galtieri y a la marina argentina que iniciaba su gesta por la “recuperación” de las Islas (Guerriero, 2024).
A propósito del fútbol, en 1978, Jorge Rafael Videla, el primero en asumir el gobierno a nombre de la junta militar, con su país como sede, había utilizado el mundial para distraer al mundo y a sus propios ciudadanos de las tropelías cometidas por el régimen. Fue tal que la llegada del equipo argentino a la fase final estuvo precedida por un icónico partido contra la selección de Perú, a la que, para pasar y dejar por fuera a Brasil, Argentina tenía que ganarle por una diferencia de cuatro goles.
La diferencia no fue de cuatro sino de seis goles, marcador sobrado. Lo que más se recuerda de ese partido es que, antes de jugarse, el seleccionado de Perú recibió en el camerino la visita del dictador argentino, acompañado nada menos que del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Sobre el particular vinieron después todo tipo de versiones; difícil saber de qué fue lo que en realidad hablaron, pero fueron seis goles y Videla era Videla y Kissinger era Kissinger.
La Junta Militar se acrecentó en honores y le dijo al mundo que su país era un paraíso, una democracia sólida y que nadie como sus jugadores, era cierto, albergaban ese ímpetu y espíritu de ganadores. En ese año Argentina se coronó campeón y en las calles los gritos de celebración ahogaban los de quienes, al mismo tiempo, estaban siendo desaparecidos, tirados al mar, sometidos a torturas o asesinados en los cuarteles.
La guerra, ya se dijo, terminó el 14 de junio de 1982; un día antes la selección argentina había debutado en el ahora mundial de España, en partido que perdió contra Bélgica. Todo estaba en orden, la nueva participación mundialista hacia curso entre la exaltación del nacionalismo, el encubrimiento a los desmanes de la dictadura, los soldados que se rendían humillados a la marina británica y los cuerpos que llegaban en los ataúdes para ser entregados a sus familiares, envueltos en la bandera azul y blanco que los recordaría siempre como héroes de la patria.
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Hoy, a casi cincuenta años de su primer título mundial en 1978, cuarenta después del triunfo contra Inglaterra en 1986, que le serviría para ganar su segunda copa en final disputada contra Alemania, y campeona luego en el mundial de Catar en 2022, entre los mismos avatares del fútbol, el reclamo por la soberanía sigue siendo una lucha de diversos sectores políticos y sociales argentinos.
Esta vez con más razones, porque a la devolución de las islas se agrega lo que allí mismo ocurre en materia de explotación y aprovechamiento de sus recursos naturales, cuando empresas israelíes y británicas avanzan en la exploración de yacimientos petroleros, no obstante estar prohibido por resoluciones que sobre el litigio ha emitido la Organización de Naciones Unidas. Además, porque, mientras se jugaba el mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras, lo que llevaría a que, aparte de las tierras, fuentes de agua, yacimientos mineros o de hidrocarburos, glaciares, bosques nativos, así como los suelos quemados debido a incendios forestales, quedarían bajo su mando.
Vuelve aquí el balón y sus dominios. La prohibición a hinchas y jugadores de usar sus banderas para reclamar que “Las Malvinas son argentinas” reavivó las demandas de soberanía; tanto que alteró los nervios de los congresistas y, al menos por ahora, hizo recular a los que están dispuestos a votar a favor del proyecto. Así que, en vez de actuar como anestesiante, esta vez el fútbol sirvió para acrecentar la identidad en torno a la defensa de sus recursos y en contra de un gobierno cuyo presidente se ha mostrado más cerca de los intereses foráneos que de los de su propio país.
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Argentina no ganó el mundial, pero el fútbol como enseña sobresaliente de su historia ha servido esta vez para reafirmar que, si no un gobierno, sí hay un pueblo que no olvida que todavía pisan su suelo enclaves coloniales y que se mantiene dispuesto a plantarse para que ni se mantenga ni se extienda una situación que, avanzado más de un cuarto del nuevo siglo, indigna por su permanencia y avergüenza por su anacronismo.
Vimos pasar de todo en este mundial organizado en su mayoría por un país no futbolista: los ecos y resquemores de las guerras promovidas por algunos de los que, sin pudor, entregaron medallas y trofeos; la bandera palestina ondeada para condenar el genocidio en Gaza; la estatua humana que emulaba a Patrice Lumumba para simbolizar la lucha contra el crimen y el racismo en África. No faltaron en las tribunas las banderas de Israel, que evocaban sin ruborizarse, qué horror, a uno de los decanos del crimen en el mundo. El cambio en las reglas de juego de manera que se adaptara a las codiciosas necesidades de las marcas publicitarias. Cómo no nombrar el desfile de Trump e Infantino dirigiéndose a la tribuna de premiación coreados por una agradable melodía de chiflidos que les recordaba que en el campo de futbol son mucho menos que su arrogancia.
Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota.
Bibliografía de referencia
Galeano, Eduardo, 1995. El fútbol a sol y sombra. Tercer mundo editores.
Guerrero Leila, 2024. La otra guerra, una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas. Nuevos cuadernos de Anagrama, 4ª edición.
Valdano, Jorge, 2016. Fútbol: juego infinito. Conecta. Penguin Random House
Villoro, Juan, 2026. Los héroes numerados. Seix Barral
://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/el-ultimo-tango/
://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/la-vidriera-irrespetuosa-2/
https://www.pagina12.com.ar/2026/07/19/todo-esta-guardado-en-la-memoria/
Orlando Ortiz Medina, Economista-Magister en estudios políticos
Foto tomada de: Olé

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